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La tía Zaida y el Antoñico

Sábado 21 de Diciembre de 2019

Crecí con la anécdota familiar que, de bebé, tomaba tres litros de leche por día. Mi familia vivía en calle Libertad al final y la leche se la compraban a un señor que tenía una vaca del otro lado del arroyo. “Un día a tu tía Zaida casi se la llevó el Antoñico”, era la frase. Había llovido y el cauce estaba crecido, pero la tía era porfiada o quería mucho a su sobrina nieta, y allá fue a buscar la leche. Al regreso, “por no largar las botellas”, estuvo a punto de perecer. El agua le llegaba a la cintura, corría con fuerza y la arrastró. Afortunadamente para ella, la familia y mi conciencia, alguien la ayudó a salir, y vivió con gran salud hasta los 94 años.

Ese hilo de agua que hoy vemos pasar lleno bolsas, botellas de plásticos y heladeras en desuso, antaño fue un arroyo bello y cristalino, con la vegetación propia de los cursos de agua de las lomadas entrerrianas. Multiplicaba su caudal con las lluvias y el agua que iba colectando a lo largo de sus casi 7 kilómetros de pendientes naturales hacia el río Paraná, como lo sigue haciendo hoy, en parte a cielo abierto, en parte entubado.

Entubar y construir sobre éste y otros arroyos de Paraná fue uno de los grandes yerros de varias generaciones de urbanistas que relacionaron el “progreso” con el cemento. La ciudad se fue desarrollando y construyendo sobre las cuencas de arroyos como el Antoñico, La Santiagueña, Las Viejas, Colorado y Las Tunas. Y hoy los terrenos escurren hacia el río Paraná por esos recorridos que viven debajo del hormigón y del asfalto. Como espectros, los arroyos se liberan de sus tumbas con el agua de lluvia. El afán de ganar terreno también mató los orígenes de lagunas y vertientes. Estas fueron drenadas o rellenadas; sus recorridos modificados, sus pendientes y entornos naturales aniquilados, con las consecuencias a la vista. Cuando el agua viene tupida del cielo, con voracidad, el arroyo busca la pendiente natural a gran velocidad. La vegetación que antes absorbía las precipitaciones, ya no está. El agua encauza por tubos estrechos y desborda sobre puentes y calles. A este “progreso” de cemento y arroyos presos, tan alejado del tratamiento del agua de las grandes capitales del mundo, se suma la barbarie humana de la basura y una nefasta sucesión de gestiones ineptas y sin visión de futuro.

Cinco años después de la recordada hazaña de la tía Zaida, en Estocolmo se realizaba la Primera Cumbre de la Tierra en la que científicos y ambientalistas empezaban a hablar de “cambio climático”. Casi medio siglo después, ante desgracias como la de Fiorella Furlán, tenemos que seguir escuchando a funcionarios decir que las “copiosas lluvias desbordan cualquier obra o previsibilidad”.

Si en los años 70 ya se preveían estas catástrofes climáticas ¿no hubo casi cinco décadas para proyectar, costear y ejecutar las obras necesarias para evitarlas? ¿Ni tiempo para desarraigar a las familias que construyeron sus viviendas y sus vidas en las márgenes de esos arroyos, y a las que cada año hay que asistir con costos que, sumados en el tiempo, bien podrían financiar terrenos y urbanizaciones más dignas? Hace 50 años que se escriben ríos de tinta sobre las consecuencias del cambio climático en el mundo. A nivel local hubo estudios que anticiparon el avance de los arroyos sobre las urbanizaciones. Y aun así burócratas precarios siguen permitiendo y legalizando construcciones a la vera de los arroyos.

Otro capítulo lo merecen los paranaenses que, a pesar de estar conmovidos por el triste final de Fiorella, siguen tirando su mugre en cualquier tiempo y forma, alimentando basurales que van a dar al río por el entramado de arroyos como el Antoñico; que en un pasado no tan remoto, la tía Zaida supo que debía respetar y dejar correr libre.

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