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El voto como cuestión de fe

..." Creer que el país va a cambiar de rumbo porque el dólar se mantiene estable, justamente en el mes previo a las elecciones, es medio inocentón..."

Jueves 18 de Julio de 2019

En Argentina no parece ser muy difícil darle sentido a una campaña presidencial, debe ser porque los argentinos somos fáciles de convencer. Creer que el país va a cambiar de rumbo porque el dólar se mantiene estable, justamente en el mes previo a las elecciones, es medio inocentón.

Claro que nunca fuimos muy profundos a la hora de elegir presidentes. A favor nuestro podríamos decir que tampoco nunca tuvimos grandes estadistas en el menú de ofertas electorales. De hecho, las elecciones presidenciales en Argentina generalmente no se ganan, sino que, casi siempre, las pierde el sector que está en el gobierno.

Menem no ganó porque fuera brillante, las perdió el radicalismo gobernante de Alfonsín que impulsaba a Eduardo Angeloz en medio de una de las peores crisis económicas del país. Tampoco fue De la Rúa el estadista arrollador que se pretendía, Menem y su séquito terminaron siendo insostenibles para la mayoría. Lo mismo sucedió con Néstor Kirchner. Entre un desconocido de Santa Cruz, la Argentina prendida fuego de la Alianza, y que vuelva Carlos, no había muchas dudas.

La llegada de Cristina Fernández fue una reelección dentro del plan Kirchner de 12 años, y el advenimiento de Macri no obedece, precisamente, a que el hijo de Franco representara las respuestas que pedía la República. La verdad, mal que les pese a muchos, es que la gente no quiso seguir con un modelo del que se cansó, por eso pensó que lo que vendría sería mejor, y cambió.

Ahora estamos frente a una nueva instancia decisiva. Por un lado, la continuidad de un modelo que en cuatro años hundió la economía del país y exhibe como único eje de campaña que sus adversarios son peores.

Por el otro una campaña sin más propuestas que exhibir el desastre que ha hecho Cambiemos al frente de la administración del país.

Nuevamente nadie se presenta como alternativa superadora y de desarrollo.

Los convencidos no necesitan argumentos, su lado de la grieta les resulta cada vez más cómodo. Nada los moverá de allí. A los demás no les resulta tan fácil.

Están los del voto vergonzante, esos que votaron y ganaron pero después se comieron el sapo ante las pruebas de su error irremediable.

Vuelven a aparecer los del voto venganza, los que esperaron 12 años para tomar revancha, y los que se vienen aguantando cuatro años esperando su oportunidad.

Pero también están los que todavía creen. Esos que, efectivamente, piensan que lo que viene puede ser mejor. Ese voto es pura fe. No tienen mucha argumentación concreta para respaldar su decisión, tampoco quieren hacerlo. No les importan los índices de inflación y pobreza, ni las denuncias ante la Justicia. Solo tienen fe en que esto puede mejorar. Y se inclinan hacia uno u otro lado.

Todas las encuestas indican que ese sector de votantes, los que no se consideran en ningún lado de la grieta y no tienen definido aún su voto, serán los que decidan el destino de la próxima administración nacional.

En la Argentina de la fe, otra vez estamos en manos de Dios.

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