Miradas
Jueves 19 de Julio de 2018

El guión del pintoresquismo de la pobreza

El árbol del "pintoresquismo villero" siempre tapa el bosque de los que se niegan a ver. La pobreza está mal, es injusticia social.

Antropólogos, sociólogos y, últimamente, políticos y economistas se han dedicado a "romantizar la pobreza" con cierta condescendecia. Los medios se han hecho eco de la tendencia al calor de cierta preferencia y demanda del público por las historias de vida. Así, es muy común ver destacada la conmovedora foto de la niña que vive en la calle y hace la tarea bajo la lluvia, o el gurí que camina kilómetros para ir a la escuela, o el abuelo que sigue trabajando a pesar de la edad.
Se argumenta que mostrar ejemplos es lo que se busca; pero lo cierto es que, detrás de cada relato, hay uno o varios derechos vulnerados y un Estado ausente o negligente.
En épocas de ajuste, desocupación y despidos masivos, el rebusque está a la orden del día y conforman excelentes piezas de fruición para una clase media y media alta que las disfruta desde la comodidad de un living calefaccionado, en un HD de 50 pulgadas.
También está en alza el emprendedurismo que, muchas veces, esconde subempleo; o el trabajo informal que se ahorra salarios y seguridad social. El Estado puede ponerle un chaleco fluo a un "trapito", decir que es un trabajador e incorporarlo a sus mendaces estadísticas. Pero la de "cuidacoches" sigue siendo una changa, no un trabajo formal.
La pasión emprendedora y cuentapropista, incentivada desde el Estado con pequeños microcréditos y modestas capacitaciones, no deja de alejar a un potencial obrero de la seguridad de un empleo formal y del acceso a posibilidades muy alejadas de la condición de monotributista. La idea ingenua de la libertad de ser el propio jefe, muchas veces, esconde la incapacidad del Estado para resolver el problema del empleo. Esto es la generación de condiciones para la creación de puestos de trabajo reales y estables en el ámbito privado.
Y así se va glorificando la pobreza. Con orgullosas reivindicaciones desde la villa, con discursos casi pastorales que esconden claudicaciones de movilidad social frente a una realidad que aplasta y somete. Cuántas veces, en esas historias de vida, se ha reivindicado la humildad del pobre que acepta su condición agachando la cabeza con resignación cristiana –porque si algo debe agradecerle el Capitalismo a la Iglesia, es la evangelización de la miseria–.
El árbol del "pintoresquismo villero" siempre tapa el bosque de los que se niegan a ver. La pobreza está mal, es injusticia social. Al andar la ciudad la realidad golpea en pleno rostro. En cada esquina hay alguien vendiendo algo, tratando de sobrevivir. No se trata de contenidos mediáticos, son familias pasándola mal.
Que una niña haga los deberes en la calle, donde vive, seguramente se debe a una cadena de incumplimientos de los deberes de funcionarios públicos, de gestiones corruptas, de peculados, de indiferencia social; que un chico deba caminar kilómetros para ir a la escuela es ausencia o negligencia del Estado; que un abuelo deba trabajar para "aumentar" la jubilación y, así llegar a fin de mes y poder comprar los remedios, es una flagrante vulneración de derechos adquiridos. Y, para los creyentes, todo esto debería ser pecado, así como debería serlo acallar conciencias con limosnas.
Romantizar la pobreza, al igual que el discurso de la meritocracia, es una estafa de la cultura elitista y una herramienta, hasta el momento eficaz, de las clases conservadoras para perennizar su poder. Mientras haya clases bajas, se mantendrán arriba, como predadores en la cadena alimenticia. Y la voluntad política de "hacer algo" continuará ausente o será solo discursiva postulando descaradamente la "Pobreza Cero" como si ya el eslogan mismo no fuese una burla siniestra.

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