Hoy por Hoy
Martes 15 de Mayo de 2018

Dos de monarcas y una de coachs

En el Discurso del Rey, la película de Tom Hooper, se reflejan las instancias en las que el fonoaudiólogo australiano Lionel Logue (interpretado por Geoffrey Rush) prepara al rey Eduardo de Inglaterra (encarnado por Colin Firth) para superar su tartamudez y hacer frente a un discurso crucial para el pueblo británico, próximo a entrar en conflicto con la Alemania nazi, en el inicio de la Segunda Guerra Mundial.


Logue enseña a relajar los músculos, a controlar la respiración y, sobre todo, a adquirir confianza al flamante monarca, cuya coronación había sido fortuita, debido a la renuncia de su hermano mayor, quien ascendido como Eduardo VIII, había abdicado para casarse con una plebeya norteamericana. Eduardo, el papá de la reina Isabel, ya convertido en el rey Jorge VI, logra dar en la radio, un discurso correcto y fluido que le devuelve la confianza, para luego salir a saludar al balcón, como un verdadero líder. El hecho histórico ocurrió en 1939 y, luego de eso, el pueblo inglés marchó a la guerra.


No es una novedad. Donde falta la capacidad, el liderazgo natural y la vocación política surge algún gurú que le saca agua a las piedras en pos de un determinado objetivo.


Por estos días se habla mucho de coaching. Los coachs se autodefinen como profesionales que ayudan a las personas a alcanzar metas extraordinarias utilizando el lenguaje, la emocionalidad y la corporalidad. Sus alumnos ("coachees"), aprenden que el lenguaje "construye realidades", que el manejo de las emociones "diseña estados emotivos acordes a los resultados que se buscan lograr" y que las posturas corporales pueden ensayarse para generar impresiones positivas. En una palabra, se enseña a impostar movimientos, emociones y reacciones; a disimular falencias, a falsear hechos mediante el lenguaje, a ponerle una máscara a la naturalidad. En el barrio le dicen "mentir".


El coaching es -por estos días- lo que el marketing fue a los 90, una disciplina al servicio de la lógica occidental y capitalista.


Esta moda que fascina a los CEOs llegó para quedarse y se afianza. Basta googlear la palabra "coaching" para que salten alrededor de 633.000 resultados de cursos y promesas milagrosas de un mejor futuro laboral y social. Lo mismo ocurre al poner en el buscador "marketing político" los resultados superan ampliamente el millón, y sólo en búsquedas en español.


El coaching se aplica en muchos sectores pero el que más auge tiene es el que practican sectores políticos y empresarios.


Parece que el modelo del militante con un carrera ascendente hecha desde las bases ya no cotiza. Uno puede llegar a un cargo de importancia desde la más balbuceante ignorancia si tiene un buen asesor en marketing o si cambió apropiadamente de look -ortodoncias incluidas- porque al fin y al cabo, la imagen que se proyecta es más importante que cualquier capacidad, curriculum o trayectoria.


Al presidente, sin ir más lejos, ya no le bastan las mentiras sembradas por Jaime Durán Barba y las clases posturales y de fonoaudiología de la licenciada Micaela Méndez. Ahora contrató a la coach Isabelle Anderson para que lo ayude a "generar discursos potentes y creíbles", aplicando su famosa técnica de los seis pasos.


Es que los últimos mensajes presidenciales -el de Vaca Muerta anunciando el aumento de las tarifas, y en el que anunció la vuelta al Fondo, lejos de calmar las aguas, dejaron bastante inquietos a los mercados, aunque hayan estado milimétricamente calculados y ensayados.


Se apuesta ahora a los seis pasos de Anderson, basados en técnicas teatrales para impostar tonos y actitudes. Está claro que el presidente necesitará mentir con mayor efectividad a la hora de trasmitir al pueblo las medidas de ajuste que irá dictando el Fondo Monetario Internacional (FMI).


Los discursos de frases huecas, las consignas de autoayuda, los globos de colores, los retiros espirituales, las puestas en escena de "cercanía", los "timbrazos" producidos y la revolución de la alegría, están cada vez más lejos del Juan Pueblo que afronta tarifazos, inflación, paritarias vergonzozas, despidos.


Para cerrar la reflexión hay otra historia de monarcas que viene al caso, la del cuento de Andersen (vaya similitud fonética la de los apellidos!!!). El relato comienza cuando dos pillos estafadores llegan a un reino y embaucan a su soberano ofreciéndole un traje maravilloso, invisible para todos los incapaces. El rey ve la oportunidad de deshacerse de los ministros inútiles pero cuando le presentan el traje, es él mismo el que no logra verlo. En el final del cuento, el rey termina paseándose desnudo frente a su pueblo con tal de no reconocer su propia incapacidad.


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