¿Crisis del transporte o política?

Viernes 02 de Agosto de 2019

“Que pidan lo que quieran los paranaenses seguro que hasta les lavan los bondis. No más de 200 personas éramos que llegaron a manifestarse hasta la Casa de Gobierno. El resto nada. Pagarán lo que les digan”, escribió Juan Carlos en el muro de Facebook de UNO y se replicó en el Buzón de Mensajes de UNO. Muy real lo que dice el lector. En Paraná la sociedad está sedada ¿Alguien se imagina qué hubiese pasado si el transporte público parase seis días en Buenos Aires?

Cambiemos logró hacerle creer a la gente que todo era regalado por los subsidios, beneficio que mantiene en la Ciudad de Buenos Aires donde los servicios públicos son más baratos. Buses Paraná, el consorcio que reúne a las empresas Ersa Urbano SA y Transporte Mariano Moreno SRL, pretendía elevar el precio del boleto a 40 pesos (ayer actores de este sainete trágico y patético “tiraron” un valor de 60 pesos). Sin embargo la suba será más atenuada: el boleto general pasó de 22,80 a unos 29 pesos. La maniobra se llama “generar un colchón”. Se repite incesantemente con la suba de los combustibles: suben de manera exorbitante, y las bajas –de centavos– son “difundidas” como logros de gobiernos entreguistas.

No puede ser que nos metan la mano en el bolsillo cada vez que quieran y que todo se justifique. Ahora, además de aumentar el precio del boleto pretenden modificar las frecuencias y reducir el número de unidades. Una vez los concejales le tendrían que decir no a los empresarios y el intendente Sergio Varisco ponerse al frente y defender el bolsillo de los usuarios que en dos oportunidades lo eligieron, y si bien ahora le dieron la espalda para su continuidad, todavía los representa. Hay que interpelar a los empresarios que durante muchos años recibieron suculentos subsidios ¿Qué hicieron con la plata? El servicio nunca fue bueno ni con los peronistas ni con los radicales. Siempre las personas que usan el colectivo han tenido que padecerlo. Las garitas no están en condiciones, las demoras son eternas. Jamás nadie se les plantó a los empresarios. Si a ellos no les sirve, que se vayan. Es simple. Nadie mantiene un negocio por amor. Si a fin de mes las cuentas no cierran, se bajan las persianas ¿No será que los empresarios siempre quieren ser socios del Estado en las muy buenas, nunca en las buenas? Lo que está en crisis en Paraná son las convicciones de quienes son elegidos para llevar adelante los destinos de la ciudad. No es casualidad, como señalé antes, que el servicio sea malo y ninguna gestión le haya puesto el cascabel al gato. La crisis de representatividad se profundiza porque se trata de un servicio en el que claramente el negocio no es la venta de boletos. De ahí que nunca hubo una legítima preocupación de los empresarios en mejorarlo. El negocio son los millonarios subsidios que el Estado le “cede” al sector más prebendario del área servicios. A aquella situación “intrínseca” a la clase política paranaense (después hay quienes se asombran de que Concordia defina los destinos políticos de la capital provincial) se suma el ADN de la gestión de Cambiemos: beneficiar a los “empresarios” y perjudicar a los trabajadores. Solo en el contexto de políticas netamente neoliberales es posible que los ciudadanos –trabajadores ocupados y desocupados, estudiantes de los todos los niveles, jubilados y hombres y mujeres “de a pie”– sean rehenes de la voracidad, la gula y el desprecio que expresan –en función del resultado de tantas negociaciones que siempre terminaron con aquel enorme colectivo “empernado”– el tándem empresarios-funcionarios-políticos.

No voy a cargar las tintas sobre el sector político, porque hay quienes hacen honor a esa humanitaria y noble actividad del hombre. Sí lo voy a hacer sobre la denominada clase empresaria: son cobardes que no arriesgan nada, que generan sus ganancias del sufrimiento de los trabajadores y no cumplen con el requisito empresario de que para ganar hay que invertir y arriesgar. Y si se pierde, se pierde. Como en cualquier país del mundo. Como cualquier trabajador que sale todos los días y no sabe, en tiempos de “descontratación” si va a volver a su casa siendo un trabajador en blanco pero cobrando un sueldo que está por debajo de la canasta de la pobreza. Tampoco voy a sugerir que hay que fijarse a la hora de votar. Sí voy a instar a que, cualquiera sea el gobernante, los ciudadanos le exijamos que se ponga, al menos por una vez, nuestra camiseta.