Hoy por Hoy
Lunes 18 de Septiembre de 2017

Amor a la grieta

La grieta en nuestros suelos es un llamado, una invitación, o mejor un trino en primavera tajando el silencio. La grieta es una melodía.

Allí el suelo que parece tan compacto se abre al sol, al cielo, a su origen.

El polvo que estaba arriba se hunde y, con la primera lluvia, los sedimentos que esperaban abajo brotan a la superficie. La grieta es el jubileo.

No es el relato del jubileo, no es la intención: es el acto, un estado permanente, una respiración.

Nuestros suelos llamados vertisoles, revolcados, invertidos, son arcillas finas que pueden expresar sus formas más bellas en las manos del alfarero. En las manos de la naturaleza se manifiestan en las grietas.

Claro, su ritmo es el de la Pachamama, sin apuros, y en decibeles fuera de nuestros registros, quizá.

La seca y la lluvia son como la diástole y la sístole de nuestras gredas, si vemos en el suelo lo que es: un corazón. Por el cielo circula un torrente de aire, agua, semillas, sueños, amores, voces, y es en la grieta donde se consuma la simbiosis.

Si la Pachamama tiene un punto de expresión es la grieta, por allí se ofrece a la fecundidad, por allí sus mensajes, que dicen jubileo.

El suelo no es ni bueno ni malo, ni mejor ni peor, es sencillamente lo que es. Aquí se expresa de una manera, allá de otra, y en conjunto lo que manda es la armonía que apreciamos mejor a la distancia.

Ese equilibrio tiene vida y muerte. Solo la mirada muy focalizada nos puede engañar y atormentar. La mirada integral va por las honduras donde fluye la vida y acontece la historia.

Una mirada profunda no reniega de la grieta. Solo una mirada de cuenca, holística, permite ver en la grieta una bisagra, un punto de articulación, de encuentro. Fuente y no división.

La milenaria rueda de mate es una grieta que se abre entre los muros, entre las personas, entre los tiempos, entre los estados, entre las especies. Un vaso comunicante. La rueda de mate nos libera de la cárcel del individuo, del nombre, de la fama, del partido; nos libera de narcisismos varios que el sistema cultiva.

En la prensa, por caso, se nos suele exigir una firma, y hasta una fea fotito, para hacernos cargo de lo que decimos y ese trámite suele llenarnos la cabeza de humo. Y bien: nada como la rueda de mate para curarnos de vanidades. Ahí tomamos conciencia: somos con el otro. Somos persona cuando nos complementamos con un par, cuando nos disolvemos en la biodiversidad.

La gauchada está en la grieta, no en el sistema. La comunidad está en la grieta, el individuo en el sistema.

En este sistema estamos como impelidos a vivir mejor, a ganar, a imponernos, a progresar. La grieta, en cambio, llama a vivir bien y convivir, compartir, escucharnos, estar. Con Juanele diremos que el mismo río es una grieta vital que nos atraviesa.

Pero volvamos a nuestro suelo gredoso: ¿qué vemos en la grieta, sino una penetración del cielo? ¿Por qué ese miedo al lecho nupcial que es la grieta?

Estamos hablando de la grieta milenaria de este suelo, no de esas falsas grietas donde los poderosos simulan sus riñas.

En estos días se habla más de eso, es cierto: de un tajo entre facciones bien dispuestas a sacar el puñal.

Esa grieta funciona como un yoyó. Los dos discos enfrentados tienen un eje que los fija. La grieta parece separarlos, pero están unidos. Allí manda un hilo, del que depende el sube y baja de ambas caras. Es un juego. No son las caras las que juegan sino el que maneja el hilo.

Cuando éramos gurisitos jugábamos en el tajamar. Las sequías dejaban al descubierto el lecho, con una red de grietas.

Por ahí andaban a sus anchas unas pequeñas ranitas para protegerse de la intemperie. Lo que parecía un desierto partido contenía en el fondo un mar de anguilas.

Grietas son amores. En las grietas, en la cuenca de las grietas, canta la Pachamama.


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