Domingo 05 de Octubre de 2014
Carlos Saboldelli/ Especial para UNO
csaboldelli@hotmail.com
Antonia Alvarisqueta, vecina. Claro que nada parece decir ese nombre ni apellido, y por cierto que ninguno ha de tener mentas de aquella mujer. Por cierto que bien justificado está ya que hablamos de una persona que vivía en la ciudad pero por el año 1852, antes y después también. Y quizás podría ser una anónima más, en esa aldea de casa bajas de la zona alta. Ocurre que el preciso día del 8 de agosto de 1852, la paja del techo de su vivienda comenzó a arder. Lejos de las pasiones y cerca del verdadero fuego, aquella paja se encendía. ¿Qué podría haber sucedido? Una serie de fuegos artificiales, bombas de estruendo y petardos reventaban en la zona central, festejando y anunciando nada menos que la inauguración del Teatro 3 de Febrero. Así lo describe una antigua crónica de aquellos años, dando cuenta del evento de apertura.
Por supuesto que el nombre es la rémora de la gloriosa Batalla de Caseros, en donde las fuerzas encabezadas por el entrerriano general Justo José de Urquiza derrotaron a las tropas de Juan Manuel de Rosas; claro que todo eso es otra historia aunque hay que decir que entre los vítores y los humores de la victoria el afán progresista del general Urquiza revolucionó la arquitectura y fachada de Paraná. Y entre tantas obras, el Teatro con su porte magnífico y el esplendor de sus tablas, destinado a las emociones, los llantos y las risas de miles de actores, compañías y públicos que con el tiempo dejarían sus estelas en las graderías y camarines. Y esa noche inaugural hubo más de 900 espectadores, una pieza dramática y una vecina con su casa incendiada.
Con el tiempo se presentaron allí grandes obras líricas, extensas piezas de dramaturgia, bellísimas comedias y hasta algún espectáculo circense también. Ni mencionar el hecho sustantivo que significó la elevación a Capital Nacional de esta misma ciudad.
Belleza, maravilla de la naturaleza y de la autoctonía: el escenario era de madera, y estas eran de lapachos, quebrachos y urundayes de los montes entrerrianos. Hermosos diseños, maderas majestuosas.
No sé si decir que “sufrió” o apenas que “tuvo”, pero en varias oportunidades las remociones, refacciones y reparaciones del Teatro “3 de Febrero” han realzado y también modificado su estética y comodidad.
Hermosa historia la del Teatro: ese mismo que es una maravilla cuando uno mira al techo; un asombro cuando las obras se representan en su escenario y una sensación de plenitud al observarlo en silencio, vacío, impenitente y poderoso. Sus pasillos tienen algunas viejas marquesinas que ilustran sus anécdotas, y detrás del telón sobreviven muchos carteles de antiguas obras. Pienso que si hubiera fantasmas (como en todos los teatros) estos deben ser felices allí.
Otra visión administradora
Pero la historia no es esta sino una parecida, o mejor dicho estrictamente vinculada. Porque más allá de las maravillas de las tablas y las escenas, como todo organismo precisa de una gestión y una dirección. Y es así que allá por fines del año 1928 y preliminares del ‘29 el intendente de Paraná Don Guillermo Palma tiene una visión administradora del Coliseo local: la privatización del escenario y del edificio.
Efectivamente, entonado por la idea y convencido del ineludible beneficio del método a utilizar envía inmediatamente un proyecto de ordenanza al Consejo Deliberante para su tratamiento. Entre las presuntas bondades que enuncia y las diferentes modalidades convencionales, aparecen varios puntos de interés:
1) La cesión del Teatro 3 de Febrero sería gratuita, sin costos para el empresario. Solo pagaría la luz consumida durante los eventos y no el resto.
2) A cambio de ello, los adjudicatarios debían ceder 40 (si, cuarenta) entradas para los niños de los asilos, siempre en las funciones de matinée.
3) Debían realizar por lo menos 60 funciones al año, nocturnas y matinée.
4) Los días 3 de Febrero, el 25 de Mayo y el 9 de Julio todas las funciones serían gratuitas, en adhesión a las fiestas conmemoradas.
5) El empresario usará el teatro para cualquier espectáculo permitido por las leyes, salvo el caso del box cuya realización queda absolutamente prohibida.
Eso sí, el Municipio se reservaba la facultad de regular el precio de las entradas. Y el monto y aumento de esas tarifas sería monitoreado por la administración comunal.
En fin, el proyecto por cierto que fue aprobado sin objeciones de ninguna especie y la adjudicación recayó en los reconocidos Sres. Fidel Córdoba (h) y Salvador G. Salvidea. Suenan tan extraños ya como el de la propia Antonia Alvarisqueta (la vecina incendiada) pero parece ser que se trataba de personas de reconocida militancia comercial y desempeño en el mundo del espectáculo. Empresarios acabados y de éxito reconocido, como aún se presentan muchos.
Un restaurant en el Teatro y más
Pero ya, aquellos hombres de inmediato pusieron énfasis, proyectos y manos a la obra en refacciones y adecuaciones para una mejor prestación de sus servicios. Y vale la pena transcribir la noticia, de imperdible contenido y que permite un ejercicio en nuestras mentes si tratamos de imaginar aquella escena. Dice el Texto:
Otras mejoras en el Teatro 3 de Febrero - La Empresa Córdoba-Salvides, de nuestro Coliseo, ha subalquilado el señor Manuel Agra el Foyer instalado en el primer piso, para el año 1929. El nuevo arrendatario instalará un petit- restaurant nocturno, además del habitual servicio de bar, que permanecerá abierto todos los días. Tendrá, pues, el público en general y la gente de teatro un bien atendido servicio a la minuta. La platea ha sido aumentada con 41 butacas más. Para su habilitación se han demolido los palcos bajos que daban al frente. El total de butacas alcanza 301. En las refacciones que se vienen efectuando, podemos destacar la limpieza y pintura general del interior de nuestro teatro. Los camarines, “toilettes” par señoras, secretaría, boletería, etc. Han cambiado en algo su faz poco limpia.
Hay matices aquí. Pensar un restaurant en el foyer, o cocinas mientras las obras se desempeñan parece poco usual o de un gusto regular. Pero vaya uno a saber el cometido de aquel emprendimiento y los estudios de mercado cultural que llevaron a los empresarios a apostar a esta modalidad. De la misma manera, la demolición de palcos y adecuación de las tertulias, dejando en el olvido un sala diferente a la actual. Un sinfín de novedades de infraestructura, pensada por sujetos que tenían (más allá de los juicios de valor) un deseo de ganancias y de rindes financieros.
Finalmente, el día viernes 3 de mayo de 1929 se Inaugura la Temporada Oficial. El programa era una gala lírica y nada menos que repletos de ópera: ese día 3 Otello, el día 4 Rigoletto; el día 5 Carmen y Tosca (al matinée). Un programa de deleite y elevación asegurada. Eso si, el abono para las tres funciones era de 75 pesos para los palcos bajos y 15 la platea. Si alguien no se lo quería perder pero no contaba con el capital suficiente, la tertulia más económica se cotizó a sólo 6 pesos.
¿Cuantas cosas habrán quedado?
El paso del tiempo y de la historia todo lo puede, lo reconoce y lo deja vislumbrar más allá de las anécdotas. La privatización o arrendamiento (como se decía en la época) ha castigado como figura jurídica y económica a la realidad de nuestro país, en situaciones muy diversas pero sobre todo lamentablemente trágicas. La verdad, son sustantivos que no me gustan. Y el hecho histórico es que el 3 de Febrero ha sido y debe ser para todos aquellos que quieran llegar a él, a las artes, a los espectáculos y a las músicas inspiradas de majestuosas orquestas. Reconocer en la actual arquitectura alguna señal de aquellos tiempos sería casi una arqueología, después de los años y de los ingenieros. Y puede hasta ser cierto que no eran necesarias algunas butacas o palcos, y qué duda cabe si ante la hermosura de la estética inevitable de su conformación la razón parece ineludible. La experiencia privatizadora no se mantuvo en el tiempo, fue una muesca en la historia del coliseo.
El cielo, más allá del paraíso
Hace muy poco (en una alarde de sensibilidad increíble y contagiosa) fue restaurada la parte más alta, allí en el cielo mismo, en la cúpula del teatro. Para llegar a ese sitio, hay que subir las amplias escalinatas del frente, las interminables escaleras hacia el paraíso y luego, una fina escalinata de hierro muy antiguo pero forjado. En ese sitio recóndito, apartado, alto y cálido un grupo de bailarines demostraron su destreza y prestancia interpretando obras de folclore, tal como fuera previsto allá en el Siglo XIX.
Desde el escenario, se pudo observar todo a través de modernas técnicas de transmisión por video. Y aunque las cámaras no pudieron revelarlo, estoy seguro que en los rincones restaurados aquellos mismos fantasmas de la época del General Urquiza y de la vecina Alvarisqueta habrán dejado escapar una mueca extraña de soberbia, satisfacción y centenario placer por el arte.
El entorno de la noticia
Teatros, actores y otros desacatados melancólicos integra una serie realizada en exclusiva para UNO a partir de la documentación obrante en diferentes reservorios (Archivo General de la Nación, Biblioteca Nacional de la República Argentina, Archivo General de la Provincia de Entre Ríos, Archivo Histórico Patrimonial de Valparaíso y otros). La imagen del Teatro está tomada del Libro de Ofelia Sors Paraná, dos Siglos de Evolución Urbana.