Domingo 19 de Mayo de 2013
Ramiro Ortiz
ortiz.ramiro@diariouno.net.ar
El miércoles, pasadas las 4 de la madrugada, sonó el despertador. Juan José Campanella despegó sus párpados y comenzó un día que, por inusual que parezca, no difiere tanto del ritmo de trabajo que sostiene desde hace años. Fue a Aeroparque, se subió al avión y, alrededor de las 8 ya estaba en Mendoza. Llegó, de buen humor, sonriente, cálido. Habló en un exclusivo encuentro tecnológico, no sabe muy bien de qué; simplemente contestaba las preguntas que le hacían. Y a las 12 en punto del mediodía ya estaba en el Aeropuerto local esperando el vuelo que dos horas después lo acercaría nuevamente a las oficinas porteñas en las que sin descanso ultima cada plano de su próxima película, la animada Metegol.
En cada uno de sus trabajos brota con naturalidad su sensibilidad y sentido del humor. Su mirada tan humana que recorre la argentinidad y la trasciende para producir empatía inmediata a nivel mundial (por algo ha recibido premios como el Goya o el Oscar).
El tipo, con la humildad de los grandes, se toma sus pausas pero es el primero en romper el hielo, en hacerle sentir al otro que él no es ningún Dios entronizado por la maquinaria hollywoodense. No, al contrario, puede ser tu primo, tío, vecino, compadre, alguien que te conoce desde hace tiempo y no te juzga. Te acepta. Y así, mientras se come un lomo en la espera del check-in, se dispone a charlar de lo que quieras.
Del mundo del cine al de la televisión, y de ahí al teatro. Juan José Campanella yuga sin parar. Su ojo ha supervisado series como Dr. House, La ley y el orden y ahora lo nuevo de los productores de Breaking Bad.
El Oscar no fue suficiente y exploró el mundo de la animación con la inminente Metegol. Al mismo tiempo se introdujo por completo en otra tira, El hombre de tu vida. Ahora, con actores como Eduardo Blanco y Luis Brandoni, va a debutar en la dirección teatral con Parque Lezama, obra que él adaptó y que es su preferida desde que la vio en los '80 en Broadway. ¿Qué más se le puede ocurrir? Veamos.
–Siempre vas incursionando en nuevos mundos, ¿en qué otro mundo te gustaría meterte más adelante?
–La verdad es que me estoy quedando sin mundos. Me gustaría meterme en el mundo del descanso. Desde que oí lo del año sabático fue un concepto que me interesó mucho y nunca se me dio (ríe). En realidad ahora que me lo podría tomar estoy trabajando más que nunca. La verdad, le estás preguntando a alguien que acaba de desayunar opíparamente qué quiere para la cena. Estoy muy cansado. En los últimos años tuve dos vacaciones de 20 días, nada más. Hay algo en lo que quiero trabajar pero será después de la obra de teatro que se estrena en agosto. Me gustaría tomarme un tiempito para escribir, pero tranquilo, no a ritmo de entrega. Esperemos que me pueda tomar seis meses con ese ritmo. Será un largometraje, pero con actores en vivo, no animado, me gustaría hacer algo con Guillermo Francella. Nos quedó más trabajo pendiente.
–Tenés varios actores fetiche, ¿cómo son esas relaciones?
–Con Guillermo pegamos muy buena onda en El secreto de sus ojos y después con El hombre de tu vida se afirmó. Es un actor que todavía puede dar muchísimo más. Con Ricardo (Darín) me llevo espectacular y seguro que vamos a volver a trabajar juntos. Pero se establece una caja de resonancia que así como a Ricardo le conviene trabajar con otros directores, porque le hacen tocar otra música, uno también necesita trabajar con otros actores, para escribir otro diálogo, ¿viste?... Viene bien...
–Pero siempre habrá recaídas...
–Sí. El actor es un tipo que interpreta lo que uno dice, habla por uno. Tiene que haber una gran comunicación.
–Un entendimiento...
–Más que entendimiento, es como que piense lo mismo. No que entienda lo que yo quiero decir, que es distinto de lo que piensa él. Tiene que pensar lo mismo. Mejor si también nace de él. Eso me pasa con actores como Ricardo (Darín), Eduardo
(Blanco), Guillermo (Francella), (Luis) Brandoni... Con Brandoni trabajé por primera vez en El hombre de tu vida y fue un boom para mí, es un tipo que agarra un texto y tiene unas pausas, un manejo que lo ves y decís “qué hijo de...”, es un genio, sabe dónde está el chiste, el énfasis pequeño, es un capo. En el caso de mujeres, con Mercedes
Morán, Valeria Bertucelli, Claudia Fontán...
–¿Cuál es la historia del proyecto teatral que se viene?
–Yo empecé escribiendo teatro en el ’82. Me gustó siempre. Nunca había dirigido, me daba un poco de miedo. Y esta es la mejor obra que vi en mi vida. La vi en el ’88, en Estados Unidos, desde entonces que la quiero hacer. Y la adapté. Es americana, pero la adapté a la Argentina. El nombre original es Yo no soy Rappaport, transcurre en el
Central Park, pero desde que la vi pensé que era mucho más Buenos Aires que otra cosa, por la sensibilidad del autor. Es una obra muy de mi estilo, me encantó, es emocionante, graciosa, la vi cuatro veces en Broadway, soy fanático. Y ahora tuve la oportunidad. Después de tres años trabajando en algo altamente tecnológico, quería ir a algo que no tenga nada de tecnología.
–¿Le perdiste el miedo al teatro?
–No, todavía me da mucho miedo. Con Metegol un poco también era una cuestión de tecnología que te lleva a aprender. Tener que leer libros nuevos... Ya en El secreto... empecé con eso, porque la quise compaginar yo para meter un poco más los pies en el barro. Y después Metegol es todo tecnología nueva y estuvo bueno porque es otra manera de ver la actuación y de ver todo.
El paso fugaz por Mendoza del realizador de El hijo de la novia fue a raíz de una charla en un encuentro de líderes y gurúes tecnológicos. Si bien está claro que Campanella tiene con qué pararse frente a un grupo de empresarios ávidos por escuchar las reflexiones de uno de los pocos argentinos galardonados con un premio de la Academia, también da lugar al interrogante:
–¿Te sentís un líder o un gurú?
–Mirá, dirigiendo una película tenés que dirigir un equipo numeroso. En una película normal son 60 o 70 personas, en ésta (por Metegol) son 300. No sé si es líder en el sentido de hacerlos saltar por un acantilado, pero sí en que hay que manejar personalidades fuertes, en eso sí tengo experiencia. Metegol fue complicado porque fueron 300 personas acostumbradas al trabajo individualista –viste que el de animación es un tipo acostumbrado a laburar en pelotas en su casa a las cuatro de la mañana–, de golpe en una industria, en un lugar lleno de computadoras, respetando un horario y eso... Hubo momentos de gran tensión. A mí me internaron. Primera vez en mi vida que me internan desde que me sacaron las amígdalas, cuando tenía cinco años. Tuve una gastritis que era casi una úlcera.
–Por eso te vendrían bien unas vacaciones, y eso que al verte alzar el Oscar uno te imagina tirado panza arriba en una isla paradisíaca...
–Después de recibir el Oscar, al día siguiente volví a trabajar, a filmar Dr. House y a devolverles el traje, que me lo habían prestado ellos. La citación era a las 6 de la mañana, fui con el Oscar en una bolsa de GAP para mostrárselos... ¡Porque no te dan ni una caja con el Oscar para llevarlo! (ríe). Me parece una falla tremenda. Es un coso que pesa como seis kilos, ¡es pesadísimo! Está hecho del metal más pesado que encontraron. No es que sea valioso, es solamente pesado. Esas cosas yanquis que cuando lo levantás decís: “¡Puta, qué premio importante!”. Y si te fijás, mucha gente comenta cuando se lo dan: “¡Qué pesado que es!”. Eso hice, volví a trabajar y seguí con un capítulo de House.
–¿Te planteaste si sos un adicto al trabajo?
–Sí, me lo planteé. Pero creo que es más la mentalidad del freelance o de haber pasado hambre y falta de laburo. Se necesitan muchos años de estabilidad hasta que uno empieza a decir no. Siempre dije no a cosas que no me gustaban. Pero si me ofrecen cuatro cosas que me gustan tiendo a agarrar las cuatro, y después muero. Por eso ahora quiero parar un poco.
No es Pixar, no es Disney… es el Metegol de Campanella
Recién llega y ya se va. ¿Por qué tanto apuro? ¿Es necesario? ¿No podría tomarse un día, un mísero día, para disfrutar de la provincia a un ritmo menos estresante? No. Campanella tiene que volver a reunirse, tomar decisiones, cerrar etapas en la cinta de animación digital Metegol. Bajo su dirección, la película infantil y familiar en 3D se iba a estrenar el próximo mes, fecha que fue postergada al 11 de julio porque todavía no está terminada.
–¿Metegol no está lista?
–No, no. Estamos cerrando la animación. Está casi ahí, pero no.
–¿En qué etapa está?
–En la de ir cerrando planos y renderizando. Que es puro poder de computadora pero por ahí como las computadoras se mandan metidas de pata hay que volver a ver cada
cosa.
–¿El estreno sigue siendo en junio?
–No, ya no. Lo pasamos para el 11 de julio. No se movió tanto. Hay que ver si llegamos, pero está muy jorobado.
–¿Desde el 2008 estás con este proyecto?
–Desde 2007 en realidad. Y a full desde junio de 2010.
–¿El guión lo trabajaron entre los cuatro?
–Claro, Gastón Gorali, Axel Kuschevatzky, Eduardo Sacheri y yo. Con Axel trabajamos más la historia y el guión fue con Eduardo y Gastón.
–¿Cómo es la relación con el cuento de Fontanarrosa?
–Si conocés el cuento ves que tiene cero historia. El cuento es más que nada la inspiración y el espíritu, y el humor ese muy de él.
–¿Es habitual para vos escribir un guión “a seis manos”?
–Sí, Luna de Avellaneda fue a seis manos, Vientos de agua fue a 10 manos, porque éramos cinco. Es más, en lo que no tengo experiencia es en trabajar a dos manos, yo solo.
–¿Por qué elegiste el metegol para narrar una historia?
–Fue aprovechar este personaje de un juego que quedó en la historia, y esperemos que vuelva –y por ahí con la película vuelve, qué sé yo–, se fue tejiendo una historia que tiene que ver con lo generacional, con padres e hijos, con la amistad, con un montón de temas más profundos a raíz de la historia de este juego que ya poca gente juega.
–¿Su identificación con la Argentina puede limitar el alcance de la película?
–No, creo que hay más gente que juega al fútbol o al metegol que gente que haya cometido un asesinato, y bueno, El secreto de sus ojos anduvo bien... (ríe) Las emociones son lo universal, y tampoco es que es un juego desconocido, no creo que sea una limitación.
–¿Cómo fue el proceso de grabación de las voces con los actores y la animación?
–Generalmente en una película de animación viene Tom Hanks, se sienta frente al micrófono, lee todo lo suyo, dos días, se va. Después viene el otro, lo mismo. Y así. Nosotros no tenemos experiencia en esa manera de trabajar, ni como actores ni como directores. Además yo tenía un elenco de gente muy graciosa, con mucho humor, mucha impronta propia (N. de la R.: se refiere a Pablo Rago, Miguel Ángel Rodríguez, Fabián Gianola, Horacio Fontova, Diego Ramos y Coco Silly, entre otros de los que pasaron por el casting). Y la dinámica era importante.
–¿Por eso hicieron como un metegol gigante?
–Claro, yo sé dirigir una escena así, no de la otra manera. Entonces hicimos un estudio y durante dos semanas fuimos grabando e hicimos toda la película, los filmamos con dos cámaras y ese video fue la referencia para la animación. Así se fue haciendo todo y uno de los elementos que usamos para la línea de cinco del medio campo, que se pasan gran parte de la película en el caño del metegol, fue un caño gigante con arneses y los tipos estaban todos atados ahí.
–Gastón (Gorali) decía que una semana de laburo daba como resultado tres segundos de animación...
–Y no siempre. El objetivo, que pocas veces se cumplió, era que cada animador tenía que animar cuatro segundos por semana. Algunos lo pasaban y otros se quedaban en 10 segundos por mes. La peli dura 94 minutos. Y los cuatro segundos eran por personaje... si es un plano con tres personajes, sonás.
El cineasta también opina sobre la política argentina
“En realidad yo firmé un contrato de exclusividad con mi Twitter para hablar de política, porque si no uno se mete en muchos quilombos”, advierte el cineasta Juan José Campanella cuando ve venir la pregunta. Pero luego, ante la propuesta temática que incluye los comentarios de Darín sobre el patrimonio de la familia Kirchner, su apoyo al actor a través de tuits, la reacción del oficialismo y, como contracara, el gran impulso que el Estado nacional le está brindando a la producción audiovisual del país, Campanella baja la guardia y dice: “El hecho de que uno tenga que estar pensando que por expresar una opinión se puede meter en un quilombo ya te está dando una pauta de que no estamos en un momento normal. Hay una maquinaria gubernamental que usa dinero estatal para hacer un escarnio de cualquiera que haga una crítica, por mínima que sea.
Yo además he sufrido mucho la crítica y he aprendido que con los críticos lo que hay que hacer es no contestarles, nunca. Todo el mundo tiene derecho a criticar y mucho más a la persona que realmente afecta el dinero que yo pongo de mi bolsillo, que es el dinero de los impuestos, y afecta mi vida directamente. Eso por un lado.
–¿Y por el otro?
–Lo de la producción audiovisual es un tema muy complejo. Me consta que Liliana Mazure (la presidenta del INCAA) trata de hacer cosas interesantes. También me consta que hay muchas internas dentro de la cosa. Esto excede el alcance de la nota y de Twitter. Por eso tampoco opino mucho de eso, todos tienen un poco de razón. Creo que la producción audiovisual se tiene que incentivar, que tenemos mucho talento, pero si el objetivo es otro que no sea el arte... no sé. La Ley de Medios si bien yo la defendí en su momento e incluso hice una defensa en el Congreso, con la parte que respecta al cine, la reglamentación y lo que ocurrió realmente ha sido muy perjudicial para el cine.
–¿Por qué?
–Porque resulta que en la reglamentación, que era una trampa que yo no sabía (uno piensa que la ley es la ley, pero después viene la reglamentación, que ni se vota, ni se discute, ni nada, sino que la hacen un par de tipos en una habitación), todo lo que yo fui a defender en el Congreso no está. Además sacó un mínimo que no recuerdo si es del 25 o del 35 por ciento del fondo de fomento cinematográfico para la producción de televisión. Entonces empezás a pensar... –duda–. Es complejo... Todas las partes que hacen al cine estamos más o menos de acuerdo con que se filme mucho, que se filme todo lo que quieran. En lo que no estamos de acuerdo es en qué se tiene que filmar. En qué se tiene que usar la plata estatal que hay para filmar, que es muy distinto.
Y ahí empiezan las peleas. ¿La plata estatal se debe utilizar en algo que es artístico y que no es comercial, es decir remplazar donde la plata comercial no iría? ¿O, la plata estatal se tiene que utilizar en algo que genere industria y trabajo? Las dos partes tienen algo de razón. Y son posiciones irreconciliables en cuanto tratás de que sea un poco para cada uno.
Fuente: Diario UNO Mendoza