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Vivir para contarla: la época más oscura de los Rolling Stones

La banda acaba de reeditar en un box set de lujo "Goats Head Soup", el álbum que contiene "Angie". El disco se grabó en una etapa difícil.

Domingo 13 de Septiembre de 2020

Carolina Taffoni

ctaffoni@lacapital.com.a

La pandemia del coronavirus no detuvo a los Rolling Stones. Por supuesto que tuvieron que suspender los shows que tenían programados para este año en EE.UU., pero el grupo se mantuvo activo. Mick Jagger y compañía lanzaron un nuevo tema grabado durante la cuarentena, acaban de abrir su propia tienda de merchandising oficial en Londres, y lo mejor: se dieron el gusto de reeditar con toda la pompa uno de sus discos más cuestionados, Goats Head Soup, de 1973.

El álbum acaba de salir en un box set de lujo que suma rarezas, demos, remezclas y material en vivo de la gira de presentación del 73. Y los Stones hasta lanzaron videos de los bonus tracks (de los temas Criss Cross y Scarlet), como si se tratara de canciones nuevas.

Sopa de cabeza de cabra -como se lo conoció en Argentina durante los años 70 y 80- se hizo célebre por un “pequeño” detalle: es el álbum que contiene Angie, la balada más famosa de los Stones y uno de los mayores hits de su historia. Pero así y todo, y pese a que vendió muy bien en su época, el disco fue vapuleado por los críticos y fue concebido en una época muy difícil de la carrera del grupo, una etapa oscura marcada por las adicciones y el final de una era dorada.

Hace 47 años, el 31 de agosto de 1973, cuando el LP se editó, la prensa no se calló nada. Los críticos en general lo calificaron con adjetivos como “flojo” e “insípido”. Dave Marsh, de la revista Rolling Stone, lo describió como “un error, un revoltijo”. Nick Kent, del New Musical Express, dijo que Angie era “atroz”. Y Lester Bangs, una de las plumas más filosas de la historia del rock, escribió: “Hay un aire de tristeza en los Stones de ahora, porque es como que equivalen a un enorme ‘qué importa’”.

Nadie puede decir que los Stones hayan sido unos protegidos de los críticos. Ni en esa época ni nunca. Pero esas líneas de Lester Bangs resuenan hoy tan dolorosas como certeras.

Para entender por qué Goats Head Soup fue así de castigado es pertinente ponerlo en contexto: el disco se editó sólo un año después de Exile On Main Street, el LP doble considerado por algunos críticos e historiadores como lo mejor de la carrera del grupo. Es más, Exile... terminó de coronar un período absolutamente iluminado en el cual los Stones editaron al hilo Beggars Banquet (68), Let It Bleed (69) y Sticky Fingers (71), una seguidilla de cuatro discos excelentes, clásicos imbatibles. Desde las alturas de Exile On Main Street sólo quedaba caer. Y a Goats Head Soup le tocó la peor parte. Después vinieron otros dos trabajos con altibajos, It’s Only Rock & Roll (74) y Black And Blue (76), hasta que la banda emergió con el gran Some Girls (78).

Hace apenas unas semanas, el mismo Jagger comentó sobre Goats...: “Para mucha gente no es un disco tan apreciado como Exile On Main Street. Y supongo que me cuento entre esa gente”, remató con sorna.

Distancia y adicciones

Los diferentes estilos de vida de los integrantes de la banda y los problemas de adicción de Richards, más el comprensible desgaste después de una década de carrera, determinaron el clima de inestabilidad que afectaba a los Stones en la época de Goats Head Soup. Además, tras años de colaboración muy estrecha, Mick y Keith empezaron a componer por separado, porque vivían en distintos países.

En la época de Exile... sus Majestades Satánicas vivían en el sur de Francia, en donde se habían instalado por las deudas que tenían con el fisco británico. Pero Richards tuvo que huir de su mansión en Villefranche-sur-Mer después de que lo arrestaran por posesión de drogas. A EE.UU. no podía entrar y a Inglaterra tampoco podía volver.

El álbum finalmente se grabó en los estudios Dynamic Rounds de Kingston, Jamaica. La antigua colonia británica era una especie de refugio para Richards, que debía sortear todos los tentáculos de la ley internacional. Además al guitarrista le gustaba el reggae y estaba enamorado de la cultura de la isla. Jamaica era un paraíso de sol y mar turquesa, pero los Stones estaban más cerca de un infierno. Richards y su inseparable compañera Anita Pallenberg estaban enganchados a la heroína y la cocaína.

La falta de conexión entre los Stones se iba a sentir en el álbum, que resultó tan variado como desparejo. Es tentador calificar a Goats Head Soup de decadente y hedonista, pero casi cinco décadas después, y a la luz de lo que pasó en esos años, su tristeza es palpable. El arranque con Dancing With Mr D ya hablaba de la muerte sin nombrarla. Y aunque los Stones ya habían escrito canciones sobre el tema en discos anteriores, aquí se siente más cercano. Este fue un período muy complejo de transitar: problemas de adicción, la Policía siempre encima, juicios, clínicas de rehabilitación.

Hace dos semanas, a propósito de la reedición de Goats Head Soup, Richards también recordó: “En aquellos años estaba acostumbrado a trabajar bajo una nube de opresión y fatalidad, pero le daba para adelante. Lo esperanzador de Goats... fue que la banda se mantuvo unida y se las arregló para sobrevivir. Pero tuvimos que aprenderlo sobre la marcha”, señaló con gran honestidad. Tal vez por eso este relanzamiento del álbum se siente como una suerte de revancha. Es la revancha de haber sobrevivido para contarlo.

La reedición de Goats Head Soup tiene formatos para todos los gustos: desde un CD doble hasta un box set súper deluxe que incluye cuatro vinilos o CD, un libro de 120 páginas con fotos y tres textos sobre el álbum, más las reproducciones de cuatro pósters de la gira de 1973. Además de las rarezas, demos y remixes, la edición de lujo trae la grabación de un show en Bruselas, Bélgica, en octubre del 73. El box set cuesta aproximadamente 125 dólares, pero para el bolsillo argentino el pack entero con 37 canciones está disponible en Spotify.

Hay tres temas inéditos (Criss Cross, Scarlet y All The Rage) que, si bien fueron lanzados con videos y mucha publicidad, no son realmente interesantes. Scarlet es el más pintoresco porque ahí suena la guitarra del gran Jimmy Page. De Scarlet se hicieron dos remixes que tampoco aportan mucho: uno a cargo de The War on Drugs (la banda liderada por Adam Granduciel) y otro mezclado por The Killers y el productor Jacques Lu Cont.

Lo más jugoso entre los bonus tracks se encuentra en las versiones alternativas. Está la emotiva versión de 100 Years Ago con Jagger sólo al piano, las versiones instrumentales de Dancing With Mr D y Heartbreaker, y una mezcla diferente de Hide Your Love.

La historia de “Angie”

Los Stones tienen tremendas baladas como As Tears Goes By, Ruby Tuesday, Wild Horses o You Can’t Always Get What You Want, pero la popularidad de Angie es indiscutible. El tema se convirtió en un clásico incluso para un público que nunca había escuchado a la banda. En su época los críticos la tildaron de “almibarada”, algo que poco le importó a los compradores de discos. El single fue número cinco en el ránking de Gran Bretaña y número uno en Estados Unidos, Australia, Francia y Canadá. En Argentina es un claro favorito, y eso se notó cada vez que los Stones la han tocado en vivo en Buenos Aires.

Siempre han circulado todo tipo de leyendas sobre quién es la protagonista “real” de la canción. En principio se creía que estaba dedicada a la primera esposa de David Bowie, Angela Angie Barnett, que era muy cercana a Jagger. Sin embargo, la balada no surgió del cantante sino de Keith Richards, que la empezó a escribir cuando estaba internado en una clínica de rehabilitación en Suiza. En su autobiografía Vida, Richards contó que, después de pasar unos días de abstinencia horribles, empezó a sentirse mejor y pudo volver a tocar la guitarra.

“Me senté en la cama y escribí Angie en una tarde. Empecé a cantar: ‘Angie, Angie’. No era sobre nadie en particular. No era más que un nombre, podía haber sido ‘ooooh, Diana’”, relató en su libro. Casualmente, horas después, su mujer Anita Pallenberg iba a dar a luz a la primera hija del matrimonio, que terminó llamándose Angela. “Ibamos a llamarla Dandelion”, contó Keith. “Pero le pusimos Angela de segundo nombre porque nació en un hospital católico, y ahí insistieron que se añadiera también un nombre como es debido”, escribió en su autobiografía.

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