Cine
Martes 31 de Octubre de 2017

"Uno puede no cambiar el mundo pero siempre hay que intentarlo"

Entrevista. En la película "Te esperaré" Darío Grandinetti aborda la persecución de las utopías y de la relación íntima y política de un padre con su hijo. El actor reproduce el dolor y el horror que desató la dictadura en miles de argentinos

Darío Grandinetti es el hijo de un militante revolucionario desaparecido con resquemores y cuentas pendientes en Te esperaré, el filme de Alberto Lecchi que se estrena el jueves y que parte del retrato de la relación padre-hijo de dos generaciones para hablar de las heridas abiertas de la historia reciente argentina así como de la persistencia del odio, del miedo y la intolerancia.
Con Te esperaré, el director de cintas como El juego de Arcibel o El frasco propone un thriller en el que se pone de manifiesto el alcance del dolor y el horror producidos durante la última dictadura cívico-militar y a su vez se ponen de relieve los efectos que tuvieron los caminos emprendidos por los desaparecidos en sus familiares y seres queridos.
Grandinetti es Ariel Creu, un arquitecto argentino casado con Laura (Inés Estévez) y padre de Federico (Juan Grandinetti, hijo de Darío), al que el hallazgo de los restos de sus padres desaparecidos y la aparición del escritor español Juan Benítez (Juan Echanove), que escribe sobre su padre, le despiertan traumas sepultados durante años.
Hugo Arana, Jorge Marrale, la española Blanca Jara y Ana Celentano completan el elenco de la cinta. La vida de Miguel Creu, una suerte de "Che" Guevara que participó de distintas insurgencias revolucionarias en el siglo XX y encontró su final a manos de la dictadura, es conocida a partir de la reconstrucción en clave de novela histórica elaborada por Benítez.
La aparición del escritor en Buenos Aires y su intento de contactarse con la familia Creu no solo motorizará una serie de descubrimientos sino que abrirá una hendija en la relación entre Ariel y Federico por la insistencia del más joven por conocer la historia de su abuelo, que su padre prefiere olvidar. Sentado en un salón alfombrado de un hotel del barrio porteño de Congreso, Grandinetti conversó con Télam acerca de la necesidad de películas de esta temática, de los ideales de quienes se alzaron contra la dictadura militar y la experiencia de trabajar con su hijo en la ficción.
—¿Qué te atrajo de la propuesta de Lecchi?
—Laburo con Lecchi hace mucho y sabe que si me llama yo estoy. A mí me interesa hablar de lo que habla la película, porque si no, pareciera que lo que pasó fue el producto de algún trasnochado que mandó a veinte pibes a la calle a luchar por la libertad. Me gusta que se personalice a través de esta familia, me parece que es enriquecedor porque habla de lo que sigue ocurriendo, de las consecuencias que todavía hoy mucha gente sigue sufriendo. La gente como el personaje que hago, que duda, que no sabe, que tiene rollos porque claro, se cargó vidas esa lucha y dejó ausencias.
—Te parece entonces que este tipo de películas son necesarias.
—Sí, claro, y ojalá se hagan más, independientemente de la suerte que corran y lo bien que te salgan. Me gusta que la historia esté contada a través de un personaje de ficción, de alguien que no vemos y con el imaginario que eso genera. Un especie de "Che" Guevara impoluto, crear la imagen de un hombre por encima de la media.
—La película habla de Miguel Creu, un hombre desaparecido que tuvo una vida de lucha armada en distintos puntos del planeta en el siglo XX. ¿Qué contribución hace la película al debate actual acerca de los militantes de los 70?
—Es muy difícil hablar tantos años después del marco en el que mucha gente pensaba que la lucha armada era inevitable. Nosotros no vivimos el bombardeo de Plaza de Mayo en 1955, pero esa generación sí o lo tuvo muy cercano. Era un mensaje que decía "si querés hacer política te van a matar" ¿y entonces qué hacías? Te preparabas para eso. ¿De qué manera podrían haberlo hecho si no era así? ¿A lo Gandhi? Por supuesto que hoy, a la distancia, no hay ninguna organización que se lo plantee.
—¿Cómo conectaste con tu personaje, Ariel, un hijo de desaparecidos en el difícil momento en el que le devuelven los restos de sus padres después de 40 años?
— Hay mucho material escrito y publicado de gente que ha vivido eso. Pero no encontraba algo como lo que le pasa a Ariel, que siempre supo quién era su padre, conocía toda la historia, y tiene un reproche, un reclamo personal con él. Admirándolo, pero a la vez recriminándole la ausencia. Cuando armaba el personaje pensaba en que si sus padres no hubieran desaparecido, seguramente Ariel hubiese entrado en la lucha armada. Tal vez un poco más tarde, pero claro, el dolor, la muerte, le provocaron ese rechazo, ese reproche.
—Y ante el daño ocasionado a esa generación que representa Ariel, con el dolor que lo lleva a querer olvidar, el personaje de su hijo Federico aparece para destapar, volver a poner el tema sobre la mesa.
—Es lo que pasa, es lo que está pasando. No nos queda otra que confiar en que los que vienen logren lo que nosotros no hemos podido. Creo que a través del personaje de Juan está representada esa necesidad de saber, de que no nos vuelvan a engañar, despojados de muchos temores.
—¿Cuánto allanó el camino para componer a ese padre e hijo el hecho de trabajar con Juan?
—Muchísimo, no solo porque sea mi hijo sino porque ya hemos trabajado juntos. En teatro, todos los días en el escenario, es del mismo modo que me allanó a mí para las escenas con Marrale o con Juan Echanove. Nos conocemos, somos amigos de la vida, hemos trabajado, nos conocemos hasta la memoria emotiva del otro. Entonces la relación ya estaba hecha.
—¿Algo de su propia relación se traduce, se filtra en Ariel y Federico?
—Sí, la preocupación, el cuidado, el no estar de acuerdo, la rebeldía de él. Es algo que nos ocurre y no era ajeno. En ese sentido se dio naturalmente, sobre todo si uno está de acuerdo con que su hijo sea actor.
—¿Fue un rollo para vos en algún momento?
—No para nada. Es curioso que al principio cada vez que lo convocaban para trabajar conmigo primero me lo consultaban a mí. Yo disfruto trabajar con mis tres hijos (Laura y Laia también son actrices), trabajé con todos. La paso muy bien, nos divertimos y además pensamos parecido del oficio.
—¿Cómo ves sus carreras?
— Mis tres hijos están mucho más preparados de lo que yo lo estaba a sus edades. Yo no tenía toda la información que ellos tienen ni la capacidad de aplicarla. Ellos han estudiado mucho, cosa que yo no hice. Están muy preparados. Lo único que me preocupaba era el agobio que trae el oficio por la incertidumbre, por la autoexigencia, por sobrellevar la exposición de un escenario o delante de una cámara, pero ya no; ellos ya saben.
—Hay una frase de la película que dice "a la larga los buenos siempre ganan, aunque parezca que perdieron". ¿El padre de Ariel dejó algo a pesar de las derrotas y de que haya dejado huérfano a su hijo?
—Creo que sí, porque si no sería como aceptar que el paso por la vida de las personas no sirve para nada. Todos morimos y por lo tanto todas las batallas que llevamos adelante en nuestra vida terminan perdiéndose con nuestra muerte. Pero hay otros que toman la posta. Uno puede no cambiar el mundo pero no tiene que dejar de intentarlo. Si no tenemos el deseo de cambiar las cosas, de intentar convencer al otro con la palabra, ¿qué hacemos?

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