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Selección de nuevos cuentos

Selección de nuevos cuentos: El incendio María

Selección de nuevos cuentos. Convocatoria conjunta de Editorial Municipal Paraná, CGE, Facultad de Humanidades UADER, UNO y El Once. Hoy escribe María Emilia Chiappesoni

Jueves 15 de Abril de 2021

Cuando tenía 4 años, mi papá me regaló un ganso bebé. Supongo que el regalo era fácil de elegir porque en el fondo de mi casa teníamos un gallinero. Mi padre no hacía grandes regalos pero sí sabía contagiar el gusto por los bichos; un gusto algo versátil porque después te los hacía comer, o eso intentaba.

Con mi hermana lo bautizamos “Cuico”, que era un poco la traducción de lo que escuchábamos del pico del animal bebé.

Mi hermana y yo jugábamos y también cuidábamos de él. Lo cierto es que mi madre estaba entrenándonos en las tareas “femeninas” del hogar y habíamos comenzado a practicarlas. Cuico era la excusa perfecta: no solamente éramos amas de casa, también niñas madres de un ganso bebé.

Recuerdo que era mediado de noviembre porque el calor resultaba agobiante con bocanadas de aire provocadas por algunas lluvias. Nos preparábamos para asistir a la fiesta de mi jardín. Mi madre terminó de vestirme y me pidió que llevara a Cuico al gallinero. Lo busqué en cada una de las habitaciones de la casa pero no lo encontré. Después revisé el patio y también el gallinero, pero tampoco estaba ahí.

Me invadió la desesperación. Cuico no estaba. Y mi padre nos apuraba desde el auto.

— ¡Deja ese bicho, seguro que se fue al gallinero! ¡Dale, mujer, que vamos a llegar tarde, por el amor de Dios!

Mi madre, mi hermana y yo no respondimos nada y seguimos buscando a Cuico.

¿Para qué me había regalado un ganso bebé si ahora no importaba lo que sentíamos? ¿O era Cuico una “cosa” para pasar el tiempo de la infancia entretenidas y no molestar a los adultos?

Por fin escuché mi nombre en la voz materna, un poco asustada, un poco aliviada. Corrí hasta el lavadero y ahí estaban los dos. Ella lo secaba con un trapo y lo mecía como a un niño recién nacido. Cuico parecía muerto. Se había caído en el pozo de agua que tenía el lavadero, un pozo pequeño justo a su medida, con una tapa de chapa que no estaba atornillada. Las condiciones de esa casa eran precarias pero las reglas de convivencia permitían seguir viviendo a pesar de los posibles riesgos. Pero Cuico no entendía de reglas.

— ¡Lo encontramos! Traeme el secador de pelos que está en mi pieza—, me dijo mi madre.

Las lágrimas no me dejaban ver el camino que hice corriendo tan rápido como pude. Preparamos todo el equipo estético–médico y lo revivimos. Lo dejamos en una cajita en la cocina; estaba muy débil y apenas respiraba pero yo estaba segura de que se iba a poner bien.

Cuando volvimos Cuico andaba gritando por toda la casa, parecía que ensayaba su grito y levantaba la cabeza para que le resonara más fuerte en su pequeño cuerpo. Estaba feliz. Le puse unas pulseras de collar en su cuello y nos quedamos jugando hasta tarde.

La vida con Cuico era perfecta. Frente a mi casa había un gran terreno baldío.

La urbanización todavía no era un objetivo para esa zona de Crespo. La gran manzana de enfrente estaba llena de paraísos con los pastos bien altos. A lo lejos se podía ver la fábrica de Sagemüller, que poco tiempo después iba a ser el escenario del incendio más grande que había visto a mi corta edad, del cual hablaría todo el pueblo y con el que soñaría durante algunas noches.

En el monte de enfrente conocí al Viejo Garrapatas, un hombre que andaba a caballo y llevaba con él una bolsa arpillera.

Mi mamá decía que el Viejo Garrapatas era un linyera del pueblo, sin familia, que vivía de changas y de la ayuda de la gente. Creo que a esa edad asociaba la palabra “linyera” con las personas que usan ropa sucia y con un gesto despectivo que le añaden los adultos. Y el Viejo Garrapatas vestía ropa sucia y con olor a tierra y pasto, ese olor que la gente del campo solamente tiene, parecido al olor de mi abuelo. Este detalle fue el que lo volvió familiar.

Una tarde estábamos con Cuico jugando en el monte y escuchamos que el andar de un caballo se acercaba. Era el Viejo que venía a presentarse. Tenía un ojo dañado, supongo que lo había perdido. Un sombrero y un pañuelo al cuello escondían su vejez y le regalaban un porte de paisano. Nos contó de su familia, de sus nietos, de sus peleas y amigos. Nos hablaba como si entendiéramos de la gravedad de los sucesos. Yo, apenas una niña, solamente pensaba en subirme a su caballo.

Una siesta, mientras mi familia dormía, me escapé con Cuico de mi casa y nos cruzamos a jugar al monte. El viejo Garrapatas que andaba por ahí, se nos unió en la travesía. Paseamos toda la tarde a caballo, Cuico, el Viejo y yo. No recuerdo de qué hablamos, pero recuerdo ese día como uno, especial. Tenía amigos y estábamos comenzando a disfrutar la vida, más allá de mi familia.

—Me parece que se te van a enojar, mija— me dijo el Viejo Garrapatas mirando a mi madre que estaba parada en la puerta de mi casa.

El Viejo Garrapatas me acercó hasta allí. Cuico y yo arriba del caballo y él caminando al costado. Me bajó y le dijo a mi madre:

—No se enoje tanto con la gurisa, estábamos paseando con el caballo.

Mi madre no le respondió y en tramos a mi casa. Recuerdo que lo miré y se sacó el sombrero para saludarme. Cuico extendió su cuello sobre el mío como acurrucándose.

En mi infancia no se explicaba demasiado los “por qué” de las decisiones. La orden fue clara: una niña no puede ser amiga de un hombre viejo y linyera.

Pero ¿es posible romper una amistad y salir sanos de eso?

Un domingo de otoño me levanté y me vestí rápido para ir a buscar a Cuico al gallinero. El ganso ya era un animal grande pero conservaba las mismas mañas con las que había sido criado.

Cuico no estaba en el gallinero, tampoco en el patio. Crucé al monte pero era imposible que estuviera allí. Cuico no cruzaba solo. Le pedí a mi mamá que me ayudase a buscarlo y esta vez no pudo porque estaba maquillándose para ir a la Iglesia.

—Arreglate que en un rato viene tu padre y sabés que no nos espera— dijo ella con una voz firme.

Algo estaba pasando, lo presentía, un aire espeso nos envolvía. Dejé que la mañana continuara con su itinerario. Decidí ver cómo ese aire viscoso se sostenía durante el domingo y lo marchitaba.

Cuando llegó la tarde, mi padre me dijo que tenía un regalo. Era un pollito. Lo levanté mientras me preguntaba por qué la llegada de otro animal era motivo de celebración cuando nadie se había preocupado por la desaparición de Cuico.

—¿Dónde está Cuico, pá? Vos sabés…

Afirmando su autoridad, levantó su mirada sobre mi cabeza y corriendo la incomodidad que le generaba mi cara me dijo:

—Se lo dimos al Viejo Garrapatas. Los linyeras no tienen para comer. Ayer pasó por casa y nos pidió comida.

Las palabras que continuaron saliendo de su boca no las recuerdo, no las quiero recordar. Elijo no recordarlas.

Algo se incendió antes de que empezara la escuela primaria. Algo aprendí del amor y del dolor. Algo se quemó y se quedó en mí para siempre.

Ojalá Cuico y el Viejo Garrapatas se hayan hecho amigos.

María Emilia chiappesoni

Nací en La Plata, pero viví mi infancia y adolescencia en la ciudad de Crespo, Entre Ríos. Estudié Profesorado en Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional de Entre Ríos. Actualmente me encuentro cursando la Licenciatura en Educación. Soy trabajadora de la educación, me desempeño como docente en el nivel secundario, superior y formo parte del Plan E.N.I.A.

Selección de nuevos cuentos Convocatoria conjunta de Editorial Municipal Paraná, CGE, Facultad de Humanidades de Uader, Diario UNO y El Once.

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