Sábado 02 de Enero de 2021
El 1° de enero El Templo del Libro celebró su 84° aniversario, manteniéndose como la librería en actividad más antigua de la capital entrerriana. “En los registros de la Municipalidad figura que comenzó su actividad el 1° de enero de 1937. Yo estoy a cargo de la librería desde que falleció mi papá, en el año 1969, pero trabajaba ahí desde antes. Desde los 8 años yo repartía libros por el barrio. Yo digo que nací ahí y ahí voy a morir”, comentó a Escenario Pedro Demonte, tras recibir el Premio Proscenio otorgado por UNO de Entre Ríos.
El Premio Proscenio es una distinción especial con la que UNO reconoce la labor de quienes no necesariamente están en el centro de la escena, pero cuya labor no sólo tiene valor artístico, sino también un importante valor social e histórico. Definitivamente, El Templo del Libro ha sido un faro de la cultura durante más de ocho décadas y tres generaciones.
Demonte, que a sus 75 años es uno de los últimos libreros “viejos” de la ciudad, recordó que cuando era niño Paraná contaba con unas 20 librerías, cuando hoy apenas subsisten cinco: “Lamentablemente fueron desapareciendo, como Fénix, La Cultura, La Cueva de Oro, entre tantas otras. Después había una que se llamaba La Casa del Contador, aunque era más papelería que librería. Y hoy en día esa confusión de etiquetas permanece, porque hay muchísimos negocios donde uno ve el cartel que dice ‘librería’, pero no se venden libros, sino artículos de oficina y papelería. Nosotros siempre fuimos librería y papelería”.
Sin embargo, al pasar por la tradicional esquina de Uruguay y San Juan, uno ve los anaqueles repletos de libros, desde clásicos hasta autores noveles; géneros como la novela, la poesía, el cómic y hasta los recetarios conviven en El Templo del Libro, donde –entre exhibidos y guardados en el depósito– hay alrededor de 30.000 tomos.
Antes de abrir sus puertas, Pedro Demonte –padre– concibió esta librería llevando algunos pocos ejemplares en un portafolios: “Mi papá era contador y trabajaba como bibliotecario en el Instituto del Profesorado, ahí todos le consultaban, profesores, alumnos. Se dio cuenta de que no había quién les vendiera libros, entonces empezó a traer libros desde Francia y con una valija visitaba a docentes que conocía y les vendía los libros que necesitaba”.
Cuando el negocio comenzó a crecer, Don Pedro decidió que era hora de abrir un local. Fue entonces que su padre –el abuelo del actual dueño– le cedió el lugar donde tenía otro negocio, de un rubro totalmente diferente: una pajarería.
Precisamente, durante la segunda mitad de la década de 1930, cuando se inauguró El Templo del Libro, fue la denominada Edad de Oro de la industria editorial nacional. De hecho, Argentina llegó a liderar el mercado hispanoparlante, siendo reconocida la contribución de los exiliados españoles establecidos en el país tras la Guerra Civil Española, que jugaron un papel determinante en el desarrollo de la industria editorial local. El negocio de Don Pedro Demonte floreció y se expandió, sin embargo vinieron tiempos difíciles, constantes crisis económicas, la aparición de nuevas tecnologías que pondrían en jaque a la vieja buena costumbre de leer un tomo físico. Pero la pequeña librería familiar se las ingenió para mantener sus puertas abiertas. “Hemos pasado tiempos más buenos que otros, pero nos sorprendió que durante la pandemia nos fue bastante bien, dentro de todo, no sé si porque la gente se ha quedado en casa y muchos ocuparon su tiempo leyendo más. Lo que se está vendiendo mucho en este momento son los comics y el manga, que es el comic japonés y se empieza a leer de atrás para adelante: eso se vende mucho. Yo trato de estar actualizado, ver lo que me piden los clientes, pero no podría trabajar como lo hago si no fuera por mi señora y mi hijo, gracias a ellos tengo dos manos derechas”, rió Don Pedro.
Consultado sobre cómo ha logrado mantenerse en el rubro durante tantas décadas, el librero no lo dudó: “Creo que la clave es trabajar con honestidad, honradez, eficiencia. Es un rubro muy hermoso y atrapa a quienes sentimos un verdadero amor por los libros. Yo soy técnico mecánico, pero elegí ser librero. No es lo mismo vender libros, que ser librero; es algo que se lleva de alma. Y hoy soy el más viejo de Paraná, aunque a veces me cueste creerlo”, dijo.