Sábado 31 de Diciembre de 2022
Autodidacta y creativo, es así como se lo puede definir a Nito Varisco, un escultor en madera de Paraná que hace aproximadamente 68 años desarrolla su “don”, como él lo indica. A su primera obra, en este material tan noble, la realizó cuando tenía apenas 15 años de edad. Esa pieza fue el rostro de un aborigen, la cual aún conserva en su casa pero que muchos años estuvo en las manos de su mamá como un obsequio de su parte.
Actualmente, Varisco tiene 79 años y en su hogar guarda algunas de las esculturas que con tanto amor y dedicación ha desarrollado a lo largo de su vida. Asimismo, aún tiene algunos proyectos en mente: continuar con la escritura de su segundo libro y avanzar en una obra en alto relieve (técnica escultórica donde se talla sobre una superficie, en este caso madera, de modo que sólo se esculpe la figura causando una impresión de que la figura se encuentre empotrada).
Aromito de la Dulce Flor (2013) fue su primer libro, en el cual reunió cuentos y poesías. Si bien en los últimos años estuvo más abocado a escribir su segundo libro, en una entrevista con Escenario, Varisco hizo un repaso de lo que ha sido su recorrido como escultor y las piezas que más significado han tenido.
“Mis esculturas nacieron de haber desarrollado de alguna manera un ‘don’”, sostuvo al inicio de la conversación y rememoró los tiempos en que tuvo los primeros indicios de que su camino iba a estar entrelazado con el arte: “Estuve en la Marina dos años y en un momento, cuando esperaba para lavar la ropa, cortaba la barra de jabón en cuatro partes y a una de ellas comencé a tallarla. Entonces el jefe del grupo me vio y me pidió que tallara la cara de sus mellizos en un jabón con la referencia de una fotografía y de hecho lo hice, y el resultado fue muy semejante”. En ese tiempo, era un pre adolescente de 12 años pero ya demostraba importantes habilidades.
Con el paso de los años, Varisco pudo acceder a la educación y posteriormente a los 23 años comenzó a trabajar para el Ministerio de Salud de la provincia. Al unísono realizaba sus obras, y con la ganancia por la venta de las piezas pudo construir su propia casa.
Variso comentó que hay obras suyas hasta en Europa y que vendió un número importante de esculturas de la imagen de Cristo y de la virgen.
También hubo un tiempo en el que tallaba todo tipo de aves sobre la hoja de la palmera Washingtonia.
La pieza más significativa y que más provoca admiración para Varisco es la silueta de una mujer de una altura prominente de aproximadamente 1,60 metros. “Esta obra me trajo mucha satisfacción y me dieron un premio”, referenció , y agregó: “Me llevó seis meses realizarla y nació de un árbol”.
Debido a que tenía que distribuir su tiempo entre el trabajo y el arte, el escultor muchas veces tallaba por la noche y se extendía hasta la madrugada. Y así, llevaba a su mesa de trabajo troncos enteros de madera.
Nunca estudió artes pero con herramientas como formones o gubias, el artista casi octogenario talló un sinnúmero de figuras de las más diversas y variadas, sin encasillarse en un estilo.
Entre las obras que se encuentran dispuestas en el living de su casa está la imagen del niño por nacer con nueve meses de gestación, y algunos cuadros de sobre relieve en madera.
Tras ser consultado sobre por qué encontraba allí su pasión, Varsico afirmó: “Uno es artista no por satisfacer el ego, sino por una necesidad de que lo quieran”. Y es así que por cada obra ha recibido una muestra de gratitud, afecto y/o reconocimiento.
De hecho, hace algunas semanas el escultor donó al Santuario La Loma la figura de la virgen María. Pero esta obra guarda detrás una historia muy significativa para el autor.
La materia prima para Varisco fue la madera (cedro) de una mesa que ha pasado de generación en generación y que cabe la posibilidad de que haya llegado al país en el siglo XIX.
Sobre la historia que reviste la obra de la virgen, Varisco recordó: “Era madera de cedro de una mesa de mi bisabuelo. Él había venido de Italia, en el barco, posiblemente trajo la mesa allí. Salió de Génova en 1883 y con esa mesa presente en su casa ya en Argentina crió a sus hijos, y el hijo de él -que sería mi abuelo- heredó dicha mesa, la cual fue parte de la crianza de mi papá. Con este mobiliario en mi hogar mi padre me crió a mí, luego la recibí como regalo e hice lo propio en mi casa con mi familia”.
Luego, la mesa se rompió y finalizó su periodo de vida útil.
Es allí cuando el escultor pensó en realizar una obra en algún momento pero que tuviera un significado valioso para la familia. “Dado que somos muy creyentes, se me ocurrió hacer la imagen de la virgen María, la madre de todos.Esto fue en 1997”, sostuvo.
La obra estuvo muchísimos años en su casa hasta que su hermano le sugirió que la regalara. Es así que 25 años después de su creación, se acercó una fiel seguidora la Virgen de Schoenstatt (Mater) interesada en la obra del escultor paranaense para la capillita.
Finalmente, el artista donó la imagen al Santuario de Schoenstatt.
Este acto es también una muestra de su fe inquebrantable, en la cual se ha refugiado durante su vida y más aún en los últimos años. Si bien está jubilado por sus 32 años de servicio en la cartera sanitaria entrerriana, su tiempo está destinado casi de manera exclusiva al cuidado de su esposa que sufrió hace cinco años un ACV y permanece con secuelas irreversibles, producto de dicho accidente. Es así que Varisco espera para ella un lugar en el hospital Fidanza para que reciba todos los cuidados y la atención que requiere.
En el tintero, el artista y escritor tiene pendientes dos proyectos: uno es su próximo libro, y otro es una obra en alto relieve de la imagen de un caballo, los cuales espera poder concretar prontamente.