Teatro
Miércoles 18 de Octubre de 2017

"Hoy se abusa de la democracia para matar a personas"

Nicolas Stemann pone en el ojo de la polémica teatral el regreso del fascismo y el fanatismo islámico

En la pieza Nathan!?, el director alemán Nicolas Stemann confronta ideales de tolerancia religiosa enarbolados por su compatriota Gotthold Ephraim Lessing en Nathan el Sabio, una obra de 1779, a través de textos sobre la violencia escritos en la actualidad por la Premio Nobel de Literatura Elfriede Jelinek, convencido de que "la literatura precisa enfrentarse con la realidad y molestar".

Stemann también es músico y trabaja desde hace tiempo con la escritora austríaca. Nathan!?, montada en Sala Martín Coronado del Teatro San Martín de Buenos Aires, que se vio dentro del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA). Télam conversó con el director sobre las huellas de la literatura en sus creaciones.

— ¿Por qué eligió a Lessing para su puesta?
—Nathan el Sabio probablemente sea la obra germana más importante sobre la tolerancia, "la" pieza de la Ilustración en Alemania durante el siglo XVIII. La idea es confrontarla con la realidad de nuestros tiempos marcados por violentos ataques del islamismo y agresiones de la guerra por el petróleo; se lucha en esas causas mientras se gesta un nuevo fascismo en Europa y América, algo relevante.

—¿En su opinión, la puesta teatral, especialmente el tramo del cruce con Jelinek, puede considerarse una crítica a la idea de "tolerancia" en la sociedad, que es diferente a la de "respeto"?
—Es verdad, hoy se abusa del concepto "tolerancia" para maquillar desigualdades y masivas injusticias en favor de los poderosos. En este caso, el "respeto" demandaría un esfuerzo mayor y un cambio efectivo de la realidad material. Los pensamientos de Nathan sobre la hermandad humana son bellos y no hay nada para criticar, pero podemos preguntarnos porqué no funcionan. Ya Lessing para crear este ideal debió abolir una historia de amor en la pieza y terminó convirtiendo a la pareja en "hermanitos". En nombre de la idea de tolerancia, el escritor aniquiló a Eros. Hoy se abusa de valores como la "democracia" para matar a millones de personas. Necesitamos permanecer escépticos frente a las grandes ideas: permanecer cuestionando para conseguir rescatarlas y evitar que las sigan contaminando. Si no lo hacemos, no vamos a sobrevivir.

—¿Cierta poesía parece signar el planteo dramático?
— Claro. La poesía es una fuente de conocimiento y los textos antiguos de algún modo la llevan dentro, porque ayuda a descubrir cómo algunos pensamientos ya fueron pensados mucho tiempo atrás: vale la pena dar un vistazo a los clásicos para ver qué tipo de respuesta todavía pueden darnos.

—¿Un cruce entre la literatura clásica y la contemporánea?
—Una suerte de energía se genera al combinar los tiempos modernos con los escritos clásicos, pero no en el sentido de pretender que todo sigue un cauce de normalidad y repetición del equilibrio, sino como fuerza de choque. La literatura siempre necesita ser confrontada con la realidad, aunque lo literario la moleste, es como un electroshock: una tremenda interferencia junto al deseo de alcanzar un tiempo tranquilo y pacífico.

—¿Sus creaciones no parecen serenas?
—No, mi producción no busca el relax: no hay nada tranquilizador ni calmo allá afuera. Si creamos una forma de literatura o de teatro para eso, termina por transformarse en algo que tampoco lo es. Intento crear poesía, más allá de todo el lío: ¿puede ser diferente de lo que en realidad es? Y entonces, ¿por qué no sucede? Este es mi impacto utópico, el arte está para eso.

—¿Cómo fue el proceso de combinar dos lenguajes musicales, el de Elfriede Jelinek y el suyo en Nathan!??
—La música es la base de lo que hago. Mi primera experiencia en los escenarios fue de joven mientras cantaba o tocaba en bandas. Desde entonces me fui desarrollando cada vez más en el teatro, pero armo shows desde ese idioma. Pienso que trabajo mucho más a partir de andamiajes musicales que con los específicos de la dramaturgia, como la psicología de los personajes o la trama. En este punto tengo bastante en común con Jelinek y su literatura, que también sigue la estructura musical del lenguaje. Hoy todo lo que sucede en escena implica música: una palabra, el silencio, el ruido. Cuando lo entendés, se despierta una tremenda libertad para el teatro que no respeta la lógica cotidiana de "este personaje hará en tal momento tal cosa", es solo la fuerza enorme de las melodías.

—¿Cómo se incorpora la musicalidad de la literatura de Jelinek?
—Sobre esa mixtura puedo decir que ella escribió el texto especialmente para la producción: tomó citas de la pieza de Lessing y las reescribió: eligió ciertas frases y las trabajó como si fueran variaciones musicales, trocitos de literatura para jugar, los dio vuelta y los contrastó con las imágenes de hoy hasta llevarnos a aterrizar en el ataque al parisino al teatro Bataclan en 2015.

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