Teatro
Jueves 15 de Marzo de 2018

Dos hermanas reformulando sus lazos fraternos en un pasado demasiado presente

El miércoles se presentó la obra teatral "Elsa y Anita", de Soledad González, dirigida por Daniela Osella y Gabriela Trevisani

Ir a ver teatro es una experiencia que ejercita el rol del espectador. A diferencia de la televisión, donde el punto de atención está previamente determinado y dirigido, en la sala teatral quien observa es quién decide dónde dirigir la atención: a los actores y actrices, al resto del público y sus reacciones, a algún rincón de la sala o de la escena. El teatro ofrece otros recursos y despierta otras sensaciones. Nos empuja a interpretar.
Este miércoles tuvo lugar la segunda fecha de la Fiesta Provincial de Teatro - Entre Ríos 2018, que hasta mañana sábado ofrece cuatro funciones diarias en Paraná. La segunda función de la jornada tuvo lugar en una repleta Sala Metamorfosis, donde se presentó la obra Elsa y Anita, de Soledad González, dirigida por Daniela Osella y Gabriela Trevisani.
Marisa Grassi y Romina Fuentes le dieron vida a dos hermanas –Elsa y Anita, respectivamente– que buscan respuestas entre un laberinto de cajas vacías en una casa a orillas del mar, deshabitada y lúgubre, llenas de fantasmas y de recuerdos punzantes.
La obra está contada en clave absurdo, pero con una marcada búsqueda poética que dispara hacia el infinito el proceso de semiosis en los espectadores. Las actrices lograron desplegar –con certera precisión– diferentes recursos y juegos teatrales, con intervalos de comedia física y otros de profunda reflexión. Es que las distintas aristas que componen la trama son más que trágicas, por eso en esta puesta se suceden pasos de comedia para desdramatizar la densidad de tópicos como la muerte, la eutanasia, el duelo.
En el centenar de cajas –que las hermanas desordenaban, se arrojaban y colocaban entre sí a manera de muro– no había más que restos de arena, una metáfora del vacío, de la herida que las escinde y une a la vez. Ambas están en diferentes planos de existencia, pero se encuentran en el recuerdo de un padre y una madre que están muertos, pero cuya presencia es algo más que tácita.
La interacción entre ellas tiene una raíz más profunda que las meras anécdotas que intercambian; las cajas vacías que movían de un lado a otro –y de manera impulsiva– contenían mucho más que aire. Cada palabra tenía una carga esencial necesaria para el juego de teatro en el que se acababa convirtiendo.
El tiempo y el espacio eran aquí relativos. Es por eso que un final sin desenlace es la inquietante salida única para una historia que no tiene cierre; la de estas hermanas en su intento por reformular sus lazos fraternos.

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