Sábado 24 de Agosto de 2019
Encontramos la casa enseguida. Desde afuera se escucha el piano: Franco Broggi, un joven y talentoso intérprete, está terminando de tocar una obra (¿una sonata de Liszt?). Nos recibe la maestra: “¿Podemos aguardar a que Franco termine antes de comenzar la entrevista? Es que está tan concentrado que no quiero interrumpirlo”, nos pregunta Graciela Reca, maestra de maestros, elegida nada menos que por Martha Argerich para acompañarla al piano durante su última gira por la Argentina. Gran pianista y docente, que el 10 de septiembre en Buenos Aires va a recibir el Diploma al Mérito en la categoría Pedagogo que otorga la prestigiosa Fundación Konex. No nos molesta acceder a su pedido.
A los pocos minutos, el alumno concluye su interpretación y pasamos a la sala, amplia y luminosa, con dos pianos ubicados en el centro. Conversamos unos minutos mientras esperamos a Marcela Martínez, su antigua alumna, otra gran referente del piano que ahora reside en Miami y ofrece conciertos en distintas partes del mundo.
El motivo de la entrevista: ambas darán un recital de piano a cuatro manos el jueves, a las 21, en el Teatro Municipal 3 de Febrero, una cita imperdible en la que abordarán obras de Beethoven, Schubert, Dvorák, Ravel, Brahms y Piazzolla.
Llega Marcela, apurada y sonriente; nos presentamos y comenzamos a conversar.
—Vayamos un poco al pasado ¿Qué recuerdan de las épocas de alumna-maestra en la Escuela de Música?
—MM: ¿Qué te puedo decir? Fue de las experiencias más lindas que he tenido en mi vida. De hecho, a partir de ahí decidí lo que quería hacer el resto de mi vida.
—GR: Yo te puedo decir que ese grupo (al que pertenecía Marcela), esa camada era muy especial. Fijate que era un grupo de gente muy dotada, como me está pasando en este momento, eran pocos los que tocaban re-feo. Han pasado los años, se han ido a distintas partes del mundo y hasta hoy sigue una amistad hermosa.
—Si no me equivoco, de esa camada también salió Carlos Aguirre, entre otros…
—MM: ¡Sí, sí! Pero él era un poco más grande, ya estaba en la universidad y al poco tiempo se fue a vivir afuera.
—GR: También estaban Ezequiel Spucches, Horacio Medina, Celina y Matilde Federik. Era un grupo hermoso.
—¿Y esta es la primera vez que van a tocar juntas ustedes?
—MM: Hemos tocado hace mucho, en un recital de profesores y alumnos en la Escuela de Música. Y hace como cuatro años yo le dije a ella que quería que hiciéramos algo juntas, pero por esas cosas de la vida no lo pudimos concretar hasta ahora.
—¿Y por qué decidieron hacer piano a cuatro manos y no dúo de pianos?
—GR: El problema para hacer un dúo de pianos en Paraná es dónde encontrás una sala que tenga dos pianos. Acá, de casualidad hay un piano en el Teatro, es un Steinway y pertenece a la Asociación Mariano Moreno. Es increíble que un teatro centenario, con una acústica hermosa, no tenga un piano. El que estaba antes, el Kawai, es de la Orquesta Sinfónica, pero se lo llevó a La Vieja Usina, que es el lugar donde ensaya. Y no creo que lo vuelvan a llevar al Teatro, ya que movilizar un piano no es fácil y no es conveniente para el instrumento.
—¿Y el repertorio para piano a cuatro manos presenta más dificultades que el repertorio para dúo de pianos?
—GR: En realidad, creo que la dificultad de la obra reside en la responsabilidad que le ponga quien la toca.
—MM: Cuando uno toma esto como profesión, es como cualquier otro trabajo. O eres un buen profesional o no lo eres. Obvio que hay obras más difíciles que otras, pero en vez de pensar en eso, a la hora de armar el repertorio tratamos de armar un programa que al público le guste, que sea ameno, variado, fácil y bonito para escuchar.
—GR: No son obras largas porque hay que tocar para la gente; si no no tiene mucho sentido. Y como decía Marcela, es muy variado, pasamos por casi todos los períodos de la música para piano.
—Me gustó el concepto de tocar para que toda la gente disfrute.
—GR: Es que hay una tendencia a hacer los programas más cortos, porque no todo el público que va a un concierto es súper entendido, hay muchos que incluso van por primera vez. Estando una vez en el Teatro Colón, que siempre está lleno, yo miraba a la gente y notaba que todos estaban distraídos, mirando la hora, leyendo el programa, viendo cuántos movimientos faltaban para que termine. Yo misma estaba aburrida y era Lang Lang el que estaba tocando, no cualquiera. Pero había elegido una sonata póstuma de Schubert, que es larguísima. Tiene unas frases hermosas, pero no resuelve, sigue divagando… Uno de los más grandes pianistas del mundo, Vladimir Horowitz, dijo que en sus últimos años desistió de tocar esas largas sonatonas para elegir tocar para la gente.
—Sobre todo en estas épocas en que el público escasea.
—GR: Claro, hay que atraerlo. Incluso, en muchos países de Europa he visto que se hacen grandes conciertos al aire libre. Y van a tocar virtuosos, ya sean cantantes líricos, solistas de violonchelo, acompañados por orquestas sinfónicas. Y no se limitan al repertorio académico, hacen también otro tipo de música. Por ejemplo, el tenor Jonas Kaufmann, que debe ser uno de los más grandes cantantes de ópera del momento, ha hecho un espectáculo en el que cantaba también canciones del musical La Novicia Rebelde. Y ahí engancha a otro público.
—Y en tu caso Marcela, viviendo en Miami, ¿cómo ves el panorama musical allá?
—MM: Esto que menciona Graciela se hace mucho, hay mucha movida en ese sentido. Sobre todo en el verano, donde en medio de algún bosque o parque ponen una plataforma con un instrumento para que todo el mundo pueda tocar. Y es un poco volver a la época de Beethoven, porque la gente va a hacer un picnic y escuchar música, llevan canastos con comida, vino y pasan la tarde así, es hermoso, en el medio del verde. Como era antes. Y también tocan orquestas o grandes solistas. Es necesario seguir estos ejemplos volviendo a la base y así atraer a la gente.
Una confesión tardía
En un momento de la charla, Marcela trae a colación un recuerdo: “Graciela ha sido una segunda madre para mí. Yo empecé piano como un instrumento complementario; tenía 7 años. Por orden del médico mi mamá me había inscripto en la Escuela de Música para que hiciera danzas, porque yo tenía pie plano. Y en esa época, para hacer danzas había que estudiar piano. Y cuando iba al segundo año, Graciela habló con mi mamá para que me comprara uno, porque ya había vislumbrado mi perfil, que lo mío era el piano, no la danza. Pero hasta tercero iba a practicar en lo de una amiga, porque no tenía piano. Iba los miércoles a las 8, desayunábamos, jugábamos un buen rato y después su mamá me mandaba a estudiar, porque si no me la hubiera pasado vagando. Y yo así terminaba estudiando una hora semanal de las tres que me mandaba Graciela”.
La maestra la mira con sorpresa y se agarra la cabeza: “¡Mirá de lo que me vengo a enterar, si yo hubiera sabido..! Pensar que a los 14 ganó su primer concurso y a los 25 ya tocó en el Teatro Colón el 3° Concierto de Prokofiev con la Filarmónica, ¡qué hermoso fue eso!
—Y vos la seguías de cerca…
—GR: ¡Obvio que estaba allá! Ahora trato de no ir a los conciertos de mis alumnos, porque sufro mucho. Se sufre porque una conoce todo lo que hacen sus alumnos y cuando en el concierto hacen algo distinto a lo que hicieron en la clase, una se pregunta ‘¿ay, qué estará por pasar ahora?’, y en vez de disfrutar, sufre. Pero la gente tiene que saber que alguna nota que no va es algo que le pasa a todos los grandes pianistas, sin excepción, y eso no hace mella a la interpretación. Hay gente que va a escuchar y luego señalar ‘ay, se equivocó en tres notas, en cinco, en diez’, y piensan que con esos comentarios demuestran que saben más que el resto. Hay que ir a disfrutar de la música, no a pescar notas.
Entradas
Las localidades están a la venta en la boletería del Teatro. Los estudiantes ingresan gratis.