Cultura
Lunes 25 de Diciembre de 2017

"Con la actual gestión municipal, la cultura cayó a pique y está derrocada"

Llegó a la escultura desde la artesanía –de la cual no reniega–, y desde niño sintió la atracción por "la destrucción para la construcción"

Es músico autodidacta –siendo niño construyó su primera "guitarra"–, escultor –en lo cual sí cursó estudios académicos más allá de su innata capacidad manual– y asume las dos disciplinas con una actitud entusiasta aunque con la primera –reconoce– que la creatividad tiene mayor fluidez. Francisco Mateos destaca el actual año como de grandes concreciones personales y describe un panorama desolador de la cultura en la capital provincial.

Del centro a las quintas
—¿Dónde naciste?
—En Paraná y llegué justo con el verano, el 21 de diciembre –una tortura para mi madre.
—¿En qué barrio viviste?
—En ese momento, en el barrio La Base, ya que mi viejo era militar –fotógrafo de la Fuerza Aérea. Después fue a hacer una residencia al exterior y nos fuimos durante dos años, volvimos a la casa de mi abuela –en calle Tejeiro Martínez–, falleció al año y nos quedamos ahí hasta que yo tuve ocho años –cuando vinimos acá, al Paracao. Fue un momento muy difícil para mi vieja –en la época de Alfonsín– y tuvo que vender una cantidad de herramientas importadas, del taller de mi viejo, porque necesitaba terminar la casa.
—¿Recordás la zona de la Base y cuando viviste en el exterior?
—No, solo tengo fotos.
—¿Cuál es el primer lugar que recordás de la infancia?
—La casa de mi abuela –a partir de los 4 o 5 años– y luego acá –a partir de 1988.
—¿Cómo era el lugar de la casa de tu abuela por entonces?
—Hermoso, por la arboleda, con frutos marrones y un olor muy particular. Buena gente y buenos vecinos, pero las experiencias más lindas son de acá, porque allá era todo asfalto y gente, mientras que acá estaban mis primos. Todo era calle de tierra –salvo Lebensohn– y zona de quintas.
—¿Sufriste el cambio?
—Lo sufrí y lo disfruté. Mis primos siempre vivieron acá y eran más "salvajes" que yo. Andaban en pata por encima de la broza caliente mientras que yo iba en puntitas de pies (risas). Jugábamos carreras con cubiertas, y subirme a los árboles era toda una travesía –mientras que ellos eran unos gatos. Fue hermoso porque hice muchos más vínculos y muchos de mis amigos son del barrio.
—¿Todavía había quintas cuando llegaron?
—No tantas, pero de Báez hacia allá, sí. Íbamos a "los perales" –donde había un centro de boys scouts– a jugar a la pelota y se llamaba así por una arboleda de perales. La urbanización Los Álamos no existía; había cañaverales de donde sacábamos para hacer cañas; íbamos en bicicleta a Las Piedras, mientras que ahora... está complicado para ir hasta allá... (risas).
—Sí, hay que sobrevivir. ¿Otro lugar de referencia?
—La plaza de acá a la vuelta (su domicilio es en calle Pedro Balcar) era donde nos reuníamos.
—¿Qué visión te hiciste del centro, teniendo en cuenta que venías de allí?
—No lo analicé pero siempre me resultó lejos, por la movilidad, el colectivo, los horarios y el hecho de que de noche no podías volver –lo cual todavía continúa. Pero la tranquilidad que tenés acá es un panorama distinto.
—¿Había un límite de la zona que no podías trasponer?
—Más o menos; mi vieja siempre fue bastante libre porque sabía que estaba con mis primos y otros amigos. Había lugares como la parte más alejada de Santa Lucía que era complicada, aunque en mi época se podía andar en bicicleta mucho más relajado. Hoy está complicado.
—¿Travesuras?
—¡Uf, tantas (risas)! Escaparme con mis primos, sin permiso. Cuando comencé a hacer mis cosas, me corté, pero tampoco hice grandes cagadas.
—¿Hubo lecturas que fueron influyentes?
—No fui de leer mucho, salvo por compromiso, aunque en mi casa hay una biblioteca enorme.
—¿De quién era?
—Por el lado de mi viejo.
—¿No te atraía explorarla?
—No, he leído un poco de grande.
—¿Cuándo comenzó la gran reconfiguración urbanística de esta zona?
—Fue gradual, cuando tenía 16 años; comenzó a crecer de a poco y fue cambiando el paisaje. Antes nos conocíamos todos y hubo gente nueva. Igualmente, antes mirabas y veías la lejanía, lo cual se fue poblando de casas y más casas. Se perdió la parte más interesante, la Naturaleza.
—¿Qué actividad laboral desarrollaba tu mamá?
—Ama de casa.
—¿Desarrollaste alguna afición regularmente?
—Nunca fui muy bueno para los deportes, pero hice Pakua –con mi primo–, vóley, jugué mucho y me gustaba el fútbol, e hice remo en el Rowing, y lo volví a hacer de grande.

Destruir y construir
—¿Otros juegos?
—Jugábamos mucho a la bolita. A los 16 años comencé a hacer música –aunque a los 13 había querido aprender con un bajo de un amigo– y a los 11 construí una especie de guitarra –porque tenía la necesidad de hacer ruido. Mi primer bajo me lo compré a los 15 años, trabajando en una empresa de mi tío.
—¿Cuál fue la primera actividad y a la que más te dedicaste?
—La primera experiencia fue la destrucción para la construcción, porque siempre fui muy curioso y me intrigaba lo que había adentro, por ejemplo, de un televisor viejo. También armaba casas con restos de cosas y había un vínculo con lo manual y arte.
—¿Esa capacidad te fluía naturalmente?
—Sí; con un primo mío construimos con cajas, una especie de hotel, con el detalle de habitaciones y ascensor.
—¿Qué más construiste?
—¡Cantidad de cosas, con las cuales jugaba! Era la satisfacción de hacerlo y mostrarlo. Cuando comencé a hacer mis primeras tallas –a los 15 años– eran guitarras chiquitas. La primera vez que agarré las herramientas de mi viejo para tallar –a quien le gustaba mucho la carpintería– me corté.
—¿Lo sentías como una vocación?
—Totalmente; hasta mi vieja pensó que estudiara Ingeniería, pero con el tiempo las cosas se dieron vuelta, comencé estudiando Hotelería –porque era una carrera en auge, con posibilidades importantes y mi hermano trabajaba en Córdoba, donde se dictaba. A los cuatro meses me di cuenta que no sirvo para la parte contable –aunque manejo mis números. Estudié algo de sonido en Buenos Aires aunque no logré entrar a la carrera, volví, hice cursos de fotografía y sonido, y trabajé un tiempo en cocina en el sur –mientras que a la par hacía algunas cosas en madera, para regalar. Cuando volví, me dediqué de lleno a la artesanía, y apareció un cliente –hoy un amigo–, quien quería que le enseñara a hacer máscaras con palma de palmera. Lo tuve un año y me di cuenta que era la posibilidad de comenzar a estudiar la carrera, así que me inscribí en Arte.
—¿Tu papá te enseñó algo del oficio de carpintería?
—No, porque cuando falleció tenía tres años. Exploraba con las herramientas y era un audaz –incluso con cuestiones de electricidad (risas) y de sonido.

La búsqueda de lo artístico
—¿Qué materias te gustaban?
—Música y Plástica, las artes. Cuando comencé a estudiar Gastronomía me di cuenta que también había un vínculo con lo artístico porque hay una alquimia y una estética. A los ocho años había aprendido a hacer tortas fritas, porque la veía a mi vieja.
—¿Eras buen alumno?
—No (risas); era vago, no me gustaba la lectura y me distraía enseguida. La hice renegar mucho a mi vieja.
—¿La música estaba presente en tu casa?
—Vino de la mano de mi hermano, cuando me encontré con un montón de discos y casetes que me abrieron esa puerta. A los 8 años me ponía los auriculares y The yellow submarine, y viajaba durante 40 minutos. Luego fue el encuentro con un gran amigo de la escuela, quien me llevó por el camino musical y me mostró Rolling Stone, The Velvet Underground, Pink Floyd... y me pareció más interesante que lo que escuchaba mi hermano.
—¿Lo asociabas con tu futuro profesional?
—Siempre viví con esa utopía, aunque no por el triunfar y la fama, sino por hacer lo que uno ama y sentirse pleno. Lo hacía y lo hago por placer. Ahora no estoy tan loco, pero hace 25 años me decías "vamos a ensayar" y yo dejaba todo –aunque estuviera con una chica o en un asado–. Es la mejor experiencia, aunque ahora pienso un poco más.
—¿Siempre con el mismo instrumento?
—No, arranqué con el bajo, dejé y me puse a tocar la guitarra –por curiosidad en torno a los solfeos, y las armonías–; estaba en un momento muy creativo y era una máquina de producir –incluso en el baño–.
—¿Con qué te conectaste?
—Escuchaba mucho U2, me gustaba la simpleza y la cantidad de efectos que usaba el guitarrista (The Edge); además siempre escuché mucho a The Cure y pop. Formamos una banda (Ummo) con unos amigos y fue una experiencia única, porque pensaba el tema, llegaba y el bajista, el guitarrista y el baterista comenzaban a tocarlo. Estábamos conectados y era mágico, porque la canción salía igual. Era gracioso porque nunca tocábamos las mismas canciones, porque producíamos mucho y nos aburríamos de los temas viejos.
—¿Qué falló para consolidarse?
—No había tantos espacios ni tampoco nos movimos muchos, lo cual fue un error. Pero fue gratificante por el proceso creativo.
—¿Cuánto tiempo mantuvieron la banda?
—¡Un montón! Comenzamos en 1999 y fueron cinco años, porque comenzaron a cambiar la vida de todos. Hice un impase, me junté con otra gente a hacer a música –pero no supimos mantener los proyectos– y luego sentí la necesidad de cantar –con un amigo que toca el bajo y otro que es baterista. Tocamos un tiempo, nos separamos, me encontré con un amigo de aquella banda y fue reencontrarme con el primer amor, al tocar el bajo, y siento que con Madame Hyde estoy en mi mejor momento musical.
—¿Siempre han ido a la par lo musical y la escultura?
—Sí, se retroalimentan.

El encanto de equivocarse
—¿Cómo te aproximaste formalmente a la escultura?
—Surgió cuando comencé a estudiar la carrera, porque fue un contacto más profundo, ya que hasta el momento no había hecho nada, sino que era utilitario o decorativo. Con la artesanía iba a las ferias, era muy interesante y fue una transición, no reniego de eso, al contrario, todavía las hago.
—¿Qué te aportó la artesanía como escultor?
—No lo sé; la artesanía me ayudó a potenciar el oficio de trabajar con un material y vincularme con la madera. Tengo una búsqueda que no está definida, y busco constantemente cosas y conceptos.
—¿Por qué elegiste escultura?
—En primer año de Artes Visuales hacés taller de escultura, cerámica, pintura y grabado, y en segundo año tenés que elegir la orientación. Iba a elegir cerámica pero dos amigos me invitaron a formar parte de un grupo para participar en la Bienal de Resistencia –con el premio Desafío– en la cual se convoca a todas las universidades de arte del país. Así que me inscribí en escultura y fue una buena decisión.
—¿Cómo te sentiste a medida que incorporaste la técnica?
—Siento que tengo más naturalidad en la música que en la escultura, ya que en ésta, muchas veces, me esfuerzo más que lo "natural". Mientras que en la música, fluyo. Me compré una mandolina, no tenía idea de cómo se tocaba pero la agarré y salió una melodía –al igual que con el saxo. Es algo más espontáneo y no tengo formación académica. También he tenido momentos de lucidez con la escultura –como la serie de La hoja.
—¿Cómo fue?
—En la plaza Alvear –en otoño– observé cómo caían las hojas y fue algo mágico. Las miré en el suelo y tenían el movimiento con el cual trabajo, así que las tomé y comencé a dibujar. Luego auné el concepto del ciclo de la vida.
—¿Siempre dibujás antes?
—Sí; por eso te digo que no es tan natural y que me siento más estructurado. Si voy a usar un tronco o un pedazo de madera, lo encierro en el dibujo, mientras que tengo amigos y conocidos que agarran el tronco, comienzan a cortar con la motosierra y de pronto aparece una forma. La única que hice así fue este año –en Gualeguay–, llegué, elegí un tronco y no dibujé nada.
—¿Qué se hace con el "error"?
—Siempre hay error; creo que es acierto y nunca lo veo como tal. Me encanta equivocarme porque me hace trabajar la mente y visualizo la solución. El problema es cuando presentás un proyecto concreto.
—¿Cuál fue la primera obra con la cual te sentiste conforme?
—La de las hojas, por mi visión interior de búsqueda y renovación constante.
—¿Te has enojado con alguna en particular y con la escultura en general?
—Sí (risas), varias veces, con las dos. Pero no le doy lugar porque la mayoría de las esculturas que hago son en simposios, encuentros o concursos. Me enojo cuando termina el evento, ya que tengo un compromiso conmigo y con la organización.
—¿Qué es lo que más te enoja?
—He tenido momentos en que el material no ha sido favorable, por su deterioro, o se me han roto las herramientas. Son cosas que tienen solución.
—¿Tuviste un formador o referente que fue influyente?
—Uno no; siempre sentí atracción por la forma del arte primitivo y de los pueblos originarios, por la síntesis. La capacidad de contar mucho, con poco, de lo mínimo a la máxima expresión. Este año en Edolo –Italia– en el Lignum Summer Art (en el cual participó)– mandaron una temática que era "soñar o vivir del sueño", para la cual había que inspirarse en un artista, escritor o poema. En el primer boceto que mandé –que no me gustó– me inspiré en El Principito, e hice un niño con un pie en un planeta y el otro en el aire, con cuatro pájaros que simbolizaban sus sueños. Luego le sumé lo del arte primitivo, que ha sido inspiración de grandes artistas como Henry Moore, (Constantin) Brâncui y (Alberto) Giacometti (ver Datos) –que también son referentes para mí.

De egoísmo y envidia
—¿Es el año con el mejor balance?
—Sí fue un año exitoso a nivel profesional porque fui a Francia a un festival internacional, luego en Italia –donde hice una hoja que tuvo mucha aceptación y se vendió–, luego a Suiza –donde también vendí la obra– y en Italia salí segundo en el campeonato y cuarto en el Mundial. Llevé cosas para vender y me fue bien.
—¿Por qué la escultura no tiene una difusión y aceptación similar a otras artes como sucede con la literatura y la pintura?
—Generalmente...
—¿No hay una cultura de la escultura?
—Exactamente, no quería ser redundante pero es eso, o del consumo de escultura. Por lo general cuando decís que sos artista la gente piensa que pintás. Está en un segundo plano en términos de mercado. Tal vez, también, tiene que ver con una cuestión de espacio tridimensional, porque implica ocupar un sector de la casa, mientras que el cuadro, llegás y lo colgás.
—¿Qué desarrollo y promoción hay en la región?
—Tengo clientes ocasionales, no fijos; aparece un loco que quiere algo y lo hago. Dejé de hacer ferias pero si alguien me encarga algo, lo sigo haciendo. No hago la producción que hacía antes para las ferias.
—¿Se puede considerar que hay un colectivo de escultores?
—No me gusta hablar de colectivo porque puedo herir susceptibilidades. El colectivo artístico es complicado acá, en la China y en cualquier lado, porque generalmente no son todos muy amigos – aunque trato de llevarme bien con todo el mundo–. Hay mucho ego y envidia, y es un déficit. En la música eso no pasa, es un ambiente más fraterno, nos hacemos el aguante, si no tenés batería o un equipo, te lo prestan... Es un arte muy solitario y a veces estás una semana en el taller sin salir.
—¿Hay espacios suficientes?
—Los espacios están y hay posibilidades, pero el sol no sale para todos y depende de qué lado te acuestes. Nunca fui de acostarme para un lado o para el otro, sino que voy para adelante. Si puedo encontrar alguien que me apoye, bárbaro, y si no, tengo que seguir. Le he pedido ayuda a la gestión pasada y a la actual, y ninguna me dio bola, sino que lo hice solo y me tuve que mover como pude. En 2015 la empresa Stihl me dio una mano para un viaje que hice. Con la gestión actual, la cultura está derrocada, a pique, y ojalá toque fondo así nos volvemos a levantar pronto. Aunque está siendo una caída bastante larga; lo veo desde afuera porque no estoy en un circuito cultural. Hay un millón de falencias y cerraron un montón de espacios de la anterior gestión –que habrá hecho bien o mal. Hay que valorarlo más allá de que todos hacen y harán cagadas, porque el que viene no es mejor que el otro. Paraná siempre ha tenido una identidad cultural chata y no se observa un despertar.
—¿Cómo sobrellevás eso al volver de un viaje?
—Este año fue difícil y no me resulta fácil. Por momentos caigo en baches y me replanteo qué estoy haciendo y hasta cuándo, pero siempre hay alguien que te trae a la tierra y te dice que el problema no sos vos sino el lugar. También hay posibilidades acá, no las descarto, pero hay un camino largo para que cambie. Como capital de provincia, no le tocamos el culo a nadie; es trabajo de todos para que cambie y hay que hacer muchas cosas –más allá de que resulte complicado. Las generaciones nuevas harán mucho de lo que yo esperaba cambiar, hay que apostarle a esa gente. Si seguimos cerrando el culo o la cabeza, esa gente se acostumbrará a eso.

Datos
Henry Moore es un escultor inglés conocido por sus esculturas abstractas de bronce y mármol que pueden ser contempladas en numerosos lugares del mundo como obras de arte público.
Desarrolló un estilo propio, influido por varios artistas renacentistas y góticos tales como Miguel Ángel, Giotto y Giovanni Pisano, así como por la cultura tolteca-maya.
Fue una de las figuras artísticas más conocidas de su época, siendo considerado "la voz oficial de la escultura británica".
· Constantin Brâncui fue un importante escultor, pintor y fotógrafo rumano,1 considerado pionero del arte moderno. Sus obras se encuentran en museos de Francia, Estados Unidos, Rumania y Australia.
· Aunque de origen rumano, se desarrolló y se dio a conocer en París. Está considerado como uno de los grandes escultores del siglo XX. Su obra ha influido en nuevos conceptos de la forma en escultura, pintura y diseño industrial.
· En mayo de 2017, una escultura de bronce, La muse endormie (1913), que pertenecía a una colección privada de París, fue subastada por 51,8 millones de euros por la casa Christie's en Nueva York.
· La obra escultórica de Alberto Giacometti se encuentra entre una de las más originales del siglo XX, y es fácilmente reconocible por sus largas representaciones de la forma humana, así como por los trazos en sus dibujos y pinturas.
· En febrero de 2010, su escultura "El hombre que camina" fue subastada por Sotheby's, en Londres, por 65 millones de libras esterlinas (74,2 millones de euros, 104,3 millones de dólares), cifra que superó el récord mundial hasta entonces de una obra de arte vendida en una subasta.

El duende de la entrada de El Bosque Tallado
El Bosque Tallado se encuentra a escasos kilómetros de El Bolsón –Río Negro, en una de las laderas del cerro Piltriquitron, a 1.500 metros sobre el nivel del mar– y fue una iniciativa de un grupo de artistas de dicha localidad, lograda a partir de las lengas que se salvaron de un devastador fuego de 1982. Sintieron la necesidad de no dejar morir esas piezas de madera y con esfuerzo y decisión organizaron encuentros nacionales de talla de madera en el sitio para “revivir el espíritu indomable de la tierra”. Mateos cuenta su experiencia de participación en un hecho cultural de originales características, por ser un museo a cielo abierto.
—¿Cómo fue que trabajaste en El Bosque Tallado?
—Fue reloco porque viene desde 2008 –cuando no hacía escultura–. Ese año fui con mi primo a hacer feria (de artesanías) en la Plaza Pagano y los días libres hacíamos turismo. Subimos a unos cerros, no pudimos subir a El Bosque pero le dije a mi primo que “algún día vendría con un hacha o una motosierra”, y se rió. En 2012 voy a un concurso en Chaco y encuentro a dos escultores que habían sido parte de uno de los simposios que se hacen en El Bosque. Les cuento la anécdota, me dicen que hable con Marcelo (López; artesano-escultor), le escribo y le muestro alguno de mis trabajos. Un cliente me pide un duende, se lo hago, pongo la foto en Facebook, la ve Marcelo, le encantó, me dice que estaban buscando un duende para un logo y me pregunta si me animaba a hacerlo. Fui y me tocó un tronco de unos 2,50 metros, y compartí trabajo con Mario Morasán –de Concepción del Uruguay– y otros escultores. ¡Fue genial porque vivimos una semana en la montaña! Laburaba todo el día, desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche.
—¿Qué tiempo te demandó la obra completa?
—Una semana.
—¿Te gustó?
—Sí, sí, es uno de los laburos que más me gustó hacer, también por el contexto –que me ayudó un montón–. Me encantó la experiencia en el lugar y que los organizadores me propusieran emplazarlo en la entrada del bosque –donde está el cartel y todos se toman fotos–.
—¿Cómo influye lo de que se haga y quede expuesta en ese entorno, al aire libre?
—No sé… lo vivo desde la magia de que a veces me llegan fotos con el duende tapado con nieve… me da satisfacción.
—¿Lo has “visitado”?
—Sí, y le cuento cosas que son mías y de él (risas). Volví en enero de 2016, cuando me convocaron para hacer restauración de algunas de las 56 obras –que estaban en estado crítico y con piezas faltantes.
¿Qué tenés expuesto actualmente en Paraná?
—En el Salón Provincial del Museo de Bellas Artes hay una obra que pertenece a la serie y se llama Hoja de vida 7.

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