Escenario
Lunes 30 de Julio de 2018

Barboza: "No me quedé en lo que sabía, siempre busqué y escuché otras cosas"

El destacado acordeonista vuelve a Paraná en el marco de los festejos por sus 80 años de vida. Se presentará junto al Chango Spasiuk

"Debo decir que yo nací escuchando chamamé estando en el vientre de mi mamá. Ella me contaba que cuando mi papá y sus compañeros estaban tocando, ella tenía que salir un rato a la calle porque yo me movía muchísimo, pateaba. Entonces, cuando salí a la vida, salí ya siendo músico. Lo único que sé hacer es tocar; por eso la mejor manera de festejar 80 años de la vida que Dios me ha permitido vivir, es tomar mi acordeón y hacer música", afirma Raúl Barboza, gran acordeonista al que se le debe la difusión del chamamé a escala mundial.
El intérprete se presentará en Paraná el viernes, a las 21, en el Teatro Municipal 3 de Febrero. Y estará acompañado por los músicos Roy Valenzuela (bajo), Nardo González (guitarra) y Marcos Villalba (percusión). Además, contará con la presencia escénica de un invitado muy especial, nada menos que el Chango Spasiuk
Son pocas las personalidades de la música argentina que pudieron unir la condición de ser un clásico del género al que pertenecen y al mismo tiempo rumbear por nuevas búsquedas sin perder su esencia. Barboza se transformó a lo largo de estos últimos 35 años en el principal difusor del chamamé a nivel mundial.
Dueño de una voz profunda y serena, el artista dialogó con Escenario emanando la sabiduría que supo cultivar con paciencia, meditando sus palabras como medita cada nota que hace brotar de su acordeón. Consultado sobre el recital que ofrecerá en la capital entrerriana, afirmó: "Nunca preparamos con demasiada antelación los conciertos, tenemos un repertorio extenso y hay distintos temas en tonos mayores y tonos menores, hay chamamés, rasguidos dobles, valseados. De los tradicionales y de los que yo he compuesto desde mi juventud, y los que he creado en Europa, en mi ausencia de la Argentina, a los que he ido nombrando según mi estado de ánimo, a veces con ganas de volver a estar acá sin dejar la Francia, sentir los olores, los calores, lo colores. El idioma, la música que hay en Argentina. Nosotros improvisamos mucho, no hacemos repertorios especiales porque los que van a escucharnos en cada lugar son personas, con espíritu y necesidad de escuchar música. Queremos hacer música bella y que llegue al corazón".

La voz de la experiencia
A sus jóvenes 80 años, Barboza sigue interpretando su música con la frescura de antaño, pero con una impronta madura, meditada, sin intenciones de desplegar el virtuosismo y la velocidad que anhelan exhibir los músicos jóvenes.
"Pienso que todos los instrumentistas intentamos en los inicios encontrar una personalidad, luego uno va intentando encontrar nuevos colores y formas, y a medida que uno va escuchando a otros intérpretes siempre hay sugerencias sonoras, rítmicas y uno aprende a matizar, a utilizar las síncopas, los silencios y también comienza a modelar su personalidad. Pero eso se hace en etapas porque los avatares de la vida influyen en un individuo y en su forma de ver y andar por la vida. Desde que comencé a tocar hasta el día de hoy he vivido varias décadas, y en esas décadas hice viajes por la Argentina, por el exterior. He tenido diferentes compañeros en diferentes épocas que han partido por diferentes razones; y un nuevo compañero aporta nuevas ideas. Y eso hace que hoy, tras haber vivido cuatro veces 20 años, no me convierta en un anciano de 80 años; gracias a la vida y a Dios tengo la fuerza espiritual para seguir estudiando y trabajando. No me quedé en lo que sabía, siempre busqué y escuché; escucho todo lo que sugiera una nueva posibilidad sonora. Ya no toco de la misma forma que a mis 20, pero uno no cambia su personalidad", manifestó.
—¿Qué ha aprendido y desaprendido a lo largo de su carrera?
—Si bien es cierto que el hombre es un ser racional, también es contradictorio en muchos casos. La contradicción forma parte de un ser humano, se puede aprender algo nuevo que está en contradicción con lo que se pensaba antes, es natural que así sea. He aprendido muchas cosas y dejado de lado otras; pero en mi trayectoria musical casi no he dejado cosas de lado, porque todo lo que aprendí, lo aprendí de maestros, de mi padre y mi madre. Creo que el camino del arte está muy ligado al camino cotidiano del ser humano; yo más bien he ido agregando.
—¿Qué reflexiones le inspiran estos 80 años?
—Estoy en paz con la vida, soy medianamente feliz, porque a pesar de estar bien, me hace mal el saber que hay gente que sufre y que no tiene quizás un vaso de agua para beber. Conozco ese problema que los tienen los wichis, los tobas, los guaraníes, que tienen falta de agua potable corriente, falta de lo mínimo, pero siempre los que se postulan para un puesto del gobierno siempre van a buscarlos para que les den el voto.

Entre Francia y la Argentina
Gracias a su labor, el chamamé ha dejado de ser una música exótica en Francia –donde reside– y se ha convertido en algo que los franceses pueden ejecutar. Barboza lo comprobó porque recorre escuelas del país galo, donde enseña a interpretar el género.
Por su búsqueda musical constante, Barboza recibió en tres oportunidades Le Grand Prix du Disque de l'Académie Charles Cros en la categoría Musiques Du Monde. La última vez fue por el disco Chamamemusette, donde la música criolla convive con la música de tradición francesa. Sin embargo, su gran valía humana y artística fue poco reconocida por los productores y empresarios de la música argentinos, lo cual lo llevó a buscar su destino en Francia.
—¿Por qué decidió instalarse en Francia?
—Eso fue un azar de la vida. Yo trabajaba mucho en el sur del Brasil, pero aquí no. En un momento, por no vender tantos discos, me sugirieron hacer otro tipo de música; lo cual no acepté de ninguna manera. Y mi primer autoexilio fue al Brasil, luego volví porque el maestro Ariel Ramírez me llamó para hacer conciertos; pero cuando eso se terminó dejaron de llamarme, porque pensaban que mi música no era potable para los baile; no era cuestión del público sino de quienes contratan a los músicos. Mi señora me instó a imaginar un viaje por Europa, entonces decidimos que sería Francia el país indicado, porque mi papá me hablaba de Carlos Gardel, porque allí vivió Atahualpa Yupanqui, porque en París estudió Astor Piazzolla; porque allí se inauguraron espacios de tango con Susana Rinaldi y había muchos artistas argentinos en París. Era 1987, tenía 50 años ya, no conocía el idioma, casi no tenía dinero y por suerte encontré a un amigo muy querido que nos albergó en su casa hasta que conseguimos un lugar para vivir. Yo salía con mi acordeón a mostrar lo que hacía, pero no me contrataban porque mi música no coincidía con las necesidades comerciales del momento. Hasta que un día, alguien me contactó y me llevó a tocar a una sala que se llamaba Les Trottoirs de Buenos Aires. Ahí fue cuando Astor Piazzolla estando en Estados Unidos escribió una carta para hablar bien de mi. Dijo "yo sería incapaz de tocar un chamamé porque para tocar chamamé hay que nacer en la zona mesopotámica, hay que nacer Cocomarola. hay que nacer Montiel, Isaco". Él dijo unas humildes palabras sobre mi persona y así yo acepté tocar. Con mi esposa nos pusimos de acuerdo, porque me contrataron para que toque durante siete años allá, era un riesgo, pero lo aceptamos. Nadie me preguntó de dónde venía esa música, simplemente les parecía raro que siendo argentino no tocara el bandoneón, ni tocara tango.
—¿Hay mucho contraste entre la escena cultural nacional y la francesa?
—En cierta medida sí. Suelo recibir llamados de amigos músicos que me dicen "Negro, Raúl, voy a estar allá en octubre. Conseguime algo"; pero en Europa no se consigue algo. Hay conciertos y trabajos que se hacen con más de un año de antelación, y esa es una enorme diferencia. La otra enorme diferencia es que aquí te suspenden un concierto y luego queda en nada, cuando uno quizás dejó de hacer otra cosa para poder estar en ese recital; y en Francia ni en ninguna otra parte de Europa pasa eso. Hay una diferencia.

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