En una sociedad líquida, con el tatuaje se busca lo permanente
Las personas que se marcan la piel “para siempre”, lo hacen porque “está de moda” o por la necesidad de fijar algo importante
Domingo 27 de Septiembre de 2015
Lucila Tosolino / De la Redacción de UNO
ltosolino@uno.com.ar
No hay dolor. Inmóvil, paciente y sin expresar algún sentimiento. Así permanece una joven mientras Bruno Ceccotti, un tatuador de calle San Martín de Paraná, pinta, dibuja sobre su omóplato izquierdo. La chica, de unos 25 años, está acostada boca abajo en una camilla negra.
Todo limpio, pulcro, nada fuera de lugar. El local se sitúa en el centro de la capital entrerriana y es en donde Bruno se dedica a diario a impregnar una “marca simbolizante” en la piel de adolescentes, jóvenes y adultos. Sus manos envueltas en guantes de látex, sujetan un aparato -algo así como una mini pistola- con aguja que penetra la piel con tintas de colores. Entra y sale del área cutánea de la muchacha, de a poco va dándole forma a un tribal de flores de tamaño mediano.
Se llama tatuaje a la práctica que implica penetración de tintas o pigmentos bajo la piel. La palabra tatuaje deriva de la voz de la polinesia “tatan” que significa dibujar. Una segunda acepción de esta palabra es “cortar, herir”.
Marcas en la historia
Los tatuajes reemplazan a las palabras, son inalterables y perduran en el tiempo. Éstos son un arte milenario que se remonta a la Edad de Bronce, en 8.000 A.C. También se encontraron rastros de momias egipcias que llevaban tatuajes y, durante el Imperio Romano, los soldados se marcaban con tinta en los brazos los nombres de sus generales y de las batallas ganadas.
Los maoríes se tatúan como rito iniciático que muestra que el tatuado ya es un hombre. Y, hasta no hace mucho, los tatuajes eran patrimonio de los marineros y los presos, y estaban asociado a la violencia y lo marginal.
En la actualidad, al interior de nuestra cultura, el tatuaje ya está instalado como algo “con onda”, y quizás tenga que ver con que, entre tanta sociedad líquida en donde las cosas van y vienen y cambian constantemente, se busque algo que permanezca, que no sea descartable, que acompañe para siempre.
“A los 17 años decidí tatuarme los tobillos, me hice unas estrellas y al tiempo le agregué las iniciales de los nombres de mis dos hermanos”, cuenta a UNO Susana, una abogada de 41 años. La mujer indica no se arrepiente de haberse marcado la piel permanentemente. Pero sí lo hace Víctor, su esposo de 46 años: “Tengo un tribal medio raro en un brazo, me lo hice cuando tenía 16 años. Ahora me arrepiento, no sé por qué me lo hice”.
El tatuaje, un mensaje cifrado
Adrián Ruhl, un tatuador que tiene un local hace cinco años en calle Urquiza y San Luis de Paraná, cuenta a UNO que las edades de las personas a quienes tatúa van desde los 17 hasta los 40. “A los muy chicos no atiendo y las personas mayores no son de hacerse tatuajes, aunque una vez vino una mujer de unos 80 años con sus hijos y se hizo una lechuza en la muñeca”, explica.
Ceccotti coincide en que el rango etario de personas que desean tatuarse incluye a jóvenes y adultos. “La mayoría tiene entre 20 y 40 años. Aunque una vez atendí un adolescente de 15 años, que vino con sus padres, y un señor de unos 60 que se hizo un escorpión”, apunta.
Los tatuajes suelen comenzar a partir de la adolescencia o juventud, el primero de éstos suele suceder como un rito iniciático, una expresión de pasaje del cuerpo-niño al cuerpo-adulto. Como la percepción visual es sumamente importante en la construcción de la identidad, esa “marca” puede simbolizar pertenencia, ideologías, rebeldías, miedos.
En otros casos el tatuaje funciona como amuleto que siempre estará allí para acompañar, para proteger e ir encontrando maneras de diferenciarse de los demás, de romper con la infancia y de tratar de encontrar nuevos modelos de identificación.
También es frecuente que los tatuajes sucedan ante un cambio de vida, determinado por situaciones de pérdida y duelos o de intensos enamoramientos y, muchas veces, suele suceder que la persona se arrepienta de su tatuaje, ya sea porque le recuerde etapas que prefiere olvidar, porque ya no pertenece a determinado grupo, porque hay un duelo y ese novio o novia ya no está más, etcétera. “Cuando tenía 19 años, me tatúe en un brazo el nombre de mi novia de ese momento. Fue una muestra de amor y enamoramiento. A los cinco años terminamos y yo seguía con el tatuaje. Tuve que borrarlo con láser porque era un bochorno tener el nombre de mi ex en el brazo cuando estaba con mi actual esposa”, relata Santiago, profesor de Educación Física de 38 años.
¿Moda o síntoma?
Desde su propio lenguaje, el tatuaje presenta una dimensión expresiva de identidad, de manifestaciones culturales, sociales e individuales que constituyen verdaderos puntos cruciales en donde lo más profundo se vela y devela en la piel. Los tatuajes buscan ejercer una fuerte atracción de la mirada, desde la curiosidad, la seducción o la angustia que despiertan.
Los tatuajes como “marcas simbolizantes”, aparecen como pieles protectoras, como talismán, como una historia grabada en el cuerpo, como homenaje donde yace simbólicamente una pérdida, una alegría, entre otros sentimientos. Por lo tanto, éste sirve para expresarse, está en permanente interacción con el entorno y adquiere así relevancia de testimonio, se trata de un mensaje a descifrar que va más allá de la moda o del adorno, donde la palabra cede el lugar a la imagen.
“Es importante darse cuenta el por qué uno se quiere tatuar. Puede ser por moda, porque todos mis amigos tienen un tatuaje y quiero sumarme a la tendencia, o por una necesidad de querer marcar algo importante en mi piel y recordarlo siempre”, explica con soltura Yamil, un contador de 34 años que asegura que su primer tatuaje lo hizo por moda y, el segundo, por necesidad. "El primero fue una tontera, un símbolo chino o algo así que se habían hecho todos mis amigos y yo me sumé. En cambio el segundo tatuaje es el nombre de mis hijos, fue una necesidad marcarme éso en la piel", indica el hombre.
La avalancha
Ruhl y Ceccoti explican que siempre en septiembre es el “boom” de las personas que quieren tatuarse. “Muchos corren a tatuarse en esta época. Aunque es más recomendable que lo hagan en invierno porque es más sencillo cuidarse la piel porque no se está expuesto al sol y en dos semanas se cicatriza la piel y ya está”, cuenta Bruno.
La agenda de ambos tatuadores en temporada estival es ajustada. Así lo indica Adrián: “Laburo desde las 8 hasta las 22 todos los días y tengo entre cinco y diez turnos diarios. Ya cerré mi agenda de turnos hasta diciembre de 2015”. Mientras que el joven de calle San Martín, que trabaja menos horas, señala que por día atiende unas cinco personas. Un dato no menor, es que para marcarse la piel, hay que hacer una reserva previa y con seña porque sino “vienen, piden turno y después no vuelven”.
Un tatuaje, tan caro como un perfume importado
En el local de calle San Martín, el tatuaje más chico sale 300 pesos y el más grande está a unos 1.000. “Vienen mujeres y varones por igual, la mayoría pide cosas chiquitas como frases, nombres, flores, tribales y mandalas”, detalla su dueño y agrega que en donde más se tatúan es en los brazos, las costillas, los muslos y piernas. “A veces viene alguien que quiere algo complejo en la espalda y eso lleva unas cinco sesiones de cuatro horas y termina saliéndole unos 1.200 pesos”, aclara.
Por otra parte, en el local de calle Urquiza, un tatuaje chico parte de 200 pesos y uno grande está a 1.500 pesos. Adrián explica que “cada sesión de tres o cuatro horas vale 600 pesos y si el tatuaje es complejo y lleva mucha dedicación, se puede hacer es diez sesiones”. De esta manera, un tatuaje en toda la espalda puede llegar a salir 6.000 pesos, mucho más caro que un perfume importando por ejemplo. Ruhl agrega que del cien por ciento de sus clientes, el 70 son mujeres ya que éstas “ahora se animan más”.
El arrepentimiento
En el caso de que alguien desee quitarse un tatuaje, puede apelar a la técnica del cover up para cubrirlo con otro tatuaje que represente mejor las ideas y afectos de ese momento, dejando atrás un pasado que ya no quiere tenerlo escrito en el cuerpo. De esta manera, lo que en un momento alguien exhibió con orgullo puede evitar que se transforme en un estigma.
Otra opción para borrar un tatuaje es a través de la técnica láser, “pero le hace daño a la piel, te la arruina y sale muy caro. Por eso cuando alguien se quiere borrar el tatuaje lo que recomiendo es que se haga otro encima”, cuenta Ruhl y agrega que una vez le sucedió que una joven, a la cual le hizo un tatuaje en una mano, quería borrárselo porque deseaba entrar en la Policía, “entonces le pinté con blanco arriba de la marca y desapareció bastante”.
La regulación
El 29 de junio de 2007 se aprobó la Ordenanza Nº 8.675 que regula los locales de Paraná en donde se realizan tatuajes. Sus propietarios, sobre todo los que tienen locales en el centro, se adaptaron a la normativa. Al respecto, Adrián dice: “Estoy habilitado desde que empecé en este rubro, tengo todo en orden. Pero la aplicación de la ordenanza es un desastre”.
A lo que adhiere Bruno: “La ordenanza está, pero no se lleva a cabo. De todas maneras en Paraná serán cinco los locales de tatuajes y todos están habilitados. Cuando se tatúa hay que hacerlo bien, con los elementos necesarios y sumamente esterilizados”.
ltosolino@uno.com.ar
No hay dolor. Inmóvil, paciente y sin expresar algún sentimiento. Así permanece una joven mientras Bruno Ceccotti, un tatuador de calle San Martín de Paraná, pinta, dibuja sobre su omóplato izquierdo. La chica, de unos 25 años, está acostada boca abajo en una camilla negra.
Todo limpio, pulcro, nada fuera de lugar. El local se sitúa en el centro de la capital entrerriana y es en donde Bruno se dedica a diario a impregnar una “marca simbolizante” en la piel de adolescentes, jóvenes y adultos. Sus manos envueltas en guantes de látex, sujetan un aparato -algo así como una mini pistola- con aguja que penetra la piel con tintas de colores. Entra y sale del área cutánea de la muchacha, de a poco va dándole forma a un tribal de flores de tamaño mediano.
Se llama tatuaje a la práctica que implica penetración de tintas o pigmentos bajo la piel. La palabra tatuaje deriva de la voz de la polinesia “tatan” que significa dibujar. Una segunda acepción de esta palabra es “cortar, herir”.
Marcas en la historia
Los tatuajes reemplazan a las palabras, son inalterables y perduran en el tiempo. Éstos son un arte milenario que se remonta a la Edad de Bronce, en 8.000 A.C. También se encontraron rastros de momias egipcias que llevaban tatuajes y, durante el Imperio Romano, los soldados se marcaban con tinta en los brazos los nombres de sus generales y de las batallas ganadas.
Los maoríes se tatúan como rito iniciático que muestra que el tatuado ya es un hombre. Y, hasta no hace mucho, los tatuajes eran patrimonio de los marineros y los presos, y estaban asociado a la violencia y lo marginal.
En la actualidad, al interior de nuestra cultura, el tatuaje ya está instalado como algo “con onda”, y quizás tenga que ver con que, entre tanta sociedad líquida en donde las cosas van y vienen y cambian constantemente, se busque algo que permanezca, que no sea descartable, que acompañe para siempre.
“A los 17 años decidí tatuarme los tobillos, me hice unas estrellas y al tiempo le agregué las iniciales de los nombres de mis dos hermanos”, cuenta a UNO Susana, una abogada de 41 años. La mujer indica no se arrepiente de haberse marcado la piel permanentemente. Pero sí lo hace Víctor, su esposo de 46 años: “Tengo un tribal medio raro en un brazo, me lo hice cuando tenía 16 años. Ahora me arrepiento, no sé por qué me lo hice”.
El tatuaje, un mensaje cifrado
Adrián Ruhl, un tatuador que tiene un local hace cinco años en calle Urquiza y San Luis de Paraná, cuenta a UNO que las edades de las personas a quienes tatúa van desde los 17 hasta los 40. “A los muy chicos no atiendo y las personas mayores no son de hacerse tatuajes, aunque una vez vino una mujer de unos 80 años con sus hijos y se hizo una lechuza en la muñeca”, explica.
Ceccotti coincide en que el rango etario de personas que desean tatuarse incluye a jóvenes y adultos. “La mayoría tiene entre 20 y 40 años. Aunque una vez atendí un adolescente de 15 años, que vino con sus padres, y un señor de unos 60 que se hizo un escorpión”, apunta.
Los tatuajes suelen comenzar a partir de la adolescencia o juventud, el primero de éstos suele suceder como un rito iniciático, una expresión de pasaje del cuerpo-niño al cuerpo-adulto. Como la percepción visual es sumamente importante en la construcción de la identidad, esa “marca” puede simbolizar pertenencia, ideologías, rebeldías, miedos.
En otros casos el tatuaje funciona como amuleto que siempre estará allí para acompañar, para proteger e ir encontrando maneras de diferenciarse de los demás, de romper con la infancia y de tratar de encontrar nuevos modelos de identificación.
También es frecuente que los tatuajes sucedan ante un cambio de vida, determinado por situaciones de pérdida y duelos o de intensos enamoramientos y, muchas veces, suele suceder que la persona se arrepienta de su tatuaje, ya sea porque le recuerde etapas que prefiere olvidar, porque ya no pertenece a determinado grupo, porque hay un duelo y ese novio o novia ya no está más, etcétera. “Cuando tenía 19 años, me tatúe en un brazo el nombre de mi novia de ese momento. Fue una muestra de amor y enamoramiento. A los cinco años terminamos y yo seguía con el tatuaje. Tuve que borrarlo con láser porque era un bochorno tener el nombre de mi ex en el brazo cuando estaba con mi actual esposa”, relata Santiago, profesor de Educación Física de 38 años.
¿Moda o síntoma?
Desde su propio lenguaje, el tatuaje presenta una dimensión expresiva de identidad, de manifestaciones culturales, sociales e individuales que constituyen verdaderos puntos cruciales en donde lo más profundo se vela y devela en la piel. Los tatuajes buscan ejercer una fuerte atracción de la mirada, desde la curiosidad, la seducción o la angustia que despiertan.
Los tatuajes como “marcas simbolizantes”, aparecen como pieles protectoras, como talismán, como una historia grabada en el cuerpo, como homenaje donde yace simbólicamente una pérdida, una alegría, entre otros sentimientos. Por lo tanto, éste sirve para expresarse, está en permanente interacción con el entorno y adquiere así relevancia de testimonio, se trata de un mensaje a descifrar que va más allá de la moda o del adorno, donde la palabra cede el lugar a la imagen.
“Es importante darse cuenta el por qué uno se quiere tatuar. Puede ser por moda, porque todos mis amigos tienen un tatuaje y quiero sumarme a la tendencia, o por una necesidad de querer marcar algo importante en mi piel y recordarlo siempre”, explica con soltura Yamil, un contador de 34 años que asegura que su primer tatuaje lo hizo por moda y, el segundo, por necesidad. "El primero fue una tontera, un símbolo chino o algo así que se habían hecho todos mis amigos y yo me sumé. En cambio el segundo tatuaje es el nombre de mis hijos, fue una necesidad marcarme éso en la piel", indica el hombre.
La avalancha
Ruhl y Ceccoti explican que siempre en septiembre es el “boom” de las personas que quieren tatuarse. “Muchos corren a tatuarse en esta época. Aunque es más recomendable que lo hagan en invierno porque es más sencillo cuidarse la piel porque no se está expuesto al sol y en dos semanas se cicatriza la piel y ya está”, cuenta Bruno.
La agenda de ambos tatuadores en temporada estival es ajustada. Así lo indica Adrián: “Laburo desde las 8 hasta las 22 todos los días y tengo entre cinco y diez turnos diarios. Ya cerré mi agenda de turnos hasta diciembre de 2015”. Mientras que el joven de calle San Martín, que trabaja menos horas, señala que por día atiende unas cinco personas. Un dato no menor, es que para marcarse la piel, hay que hacer una reserva previa y con seña porque sino “vienen, piden turno y después no vuelven”.
Un tatuaje, tan caro como un perfume importado
En el local de calle San Martín, el tatuaje más chico sale 300 pesos y el más grande está a unos 1.000. “Vienen mujeres y varones por igual, la mayoría pide cosas chiquitas como frases, nombres, flores, tribales y mandalas”, detalla su dueño y agrega que en donde más se tatúan es en los brazos, las costillas, los muslos y piernas. “A veces viene alguien que quiere algo complejo en la espalda y eso lleva unas cinco sesiones de cuatro horas y termina saliéndole unos 1.200 pesos”, aclara.
Por otra parte, en el local de calle Urquiza, un tatuaje chico parte de 200 pesos y uno grande está a 1.500 pesos. Adrián explica que “cada sesión de tres o cuatro horas vale 600 pesos y si el tatuaje es complejo y lleva mucha dedicación, se puede hacer es diez sesiones”. De esta manera, un tatuaje en toda la espalda puede llegar a salir 6.000 pesos, mucho más caro que un perfume importando por ejemplo. Ruhl agrega que del cien por ciento de sus clientes, el 70 son mujeres ya que éstas “ahora se animan más”.
El arrepentimiento
En el caso de que alguien desee quitarse un tatuaje, puede apelar a la técnica del cover up para cubrirlo con otro tatuaje que represente mejor las ideas y afectos de ese momento, dejando atrás un pasado que ya no quiere tenerlo escrito en el cuerpo. De esta manera, lo que en un momento alguien exhibió con orgullo puede evitar que se transforme en un estigma.
Otra opción para borrar un tatuaje es a través de la técnica láser, “pero le hace daño a la piel, te la arruina y sale muy caro. Por eso cuando alguien se quiere borrar el tatuaje lo que recomiendo es que se haga otro encima”, cuenta Ruhl y agrega que una vez le sucedió que una joven, a la cual le hizo un tatuaje en una mano, quería borrárselo porque deseaba entrar en la Policía, “entonces le pinté con blanco arriba de la marca y desapareció bastante”.
La regulación
El 29 de junio de 2007 se aprobó la Ordenanza Nº 8.675 que regula los locales de Paraná en donde se realizan tatuajes. Sus propietarios, sobre todo los que tienen locales en el centro, se adaptaron a la normativa. Al respecto, Adrián dice: “Estoy habilitado desde que empecé en este rubro, tengo todo en orden. Pero la aplicación de la ordenanza es un desastre”.
A lo que adhiere Bruno: “La ordenanza está, pero no se lleva a cabo. De todas maneras en Paraná serán cinco los locales de tatuajes y todos están habilitados. Cuando se tatúa hay que hacerlo bien, con los elementos necesarios y sumamente esterilizados”.