Inseguridad, pobreza, agresión a un ministro y hastío
En esa película de terror que sufren nuestros compatriotas en casi todo el país en su vida cotidiana ¿A quién podría sorprender que un ministro sea agredido por un grupo de trabajadores doloridos?

Jueves 06 de Abril de 2023

La insólita y repudiable agresión al ministro de seguridad de una provincia, en situaciones normales nos llevaría a hacernos muchos interrogantes. En los tiempos de crisis política, social y económica que vivimos hoy, sin embargo, las que nos invaden son las certezas.

Certeza del hastío de una sociedad que no quiere convivir con la inseguridad.

Certeza de que los problemas de la clase política parecen diferir de los problemas de los ciudadanos.

Certeza de que el trabajador no llega, o le cuesta llegar, a fin de mes.

Certeza de que los precios de la canasta básica superan ese promedio abstracto al que se llama índice de inflación.

Certeza de que pocas o ninguna de las recomposiciones salariales (no confundir con aumento salarial) pueden equiparar la inflación.

En esa distopía del sentido común a la que llaman “política” las preocupaciones de los actores pasan por el reparto de cargos, funciones y lugares en las listas. Mientras, la gente común apenas sobrevive como puede entre los hechos de inseguridad, tales como robos, hurtos arrebatos; las balas del narcotráfico que pueden alcanzar a cualquier inocente en oscuros ajustes de cuentas; el viajar a trabajar en un transporte público inseguro, ineficiente, impuntual y – a pesar de estar subsidiado- difícil de pagar para los trabajadores y trabajadoras.

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En esa película de terror que sufren nuestros compatriotas en casi todo el país en su vida cotidiana ¿A quién podría sorprender que un funcionario sea agredido por un grupo de trabajadores doloridos, tristes e impotentes por la pérdida de más de uno de los suyos. Y no se trata de justificar la violencia. Apenas, sería deseable reclamar una pequeña dosis de empatía por parte de una clase política que, en la más maniquea de las formas posibles, desde el oficialismo, monta el show de que vivimos en un país en crecimiento y que sólo cabe esperar el “efecto derrame” para que los sectores más postergados veamos los frutos. Desde la oposición, en cambio, amplios sectores apuestan al caos, pues todo se justifica con el fin de ganar las próximas elecciones. Si ven fuego, le tiran nafta.

En medio de las dos posturas, ingentes cantidades de personas son rehenes de las disputas políticas que parecen mirar cualquier cosa, menos la realidad de todos los días.

Mientras nuestra clase dirigente pelea, enfrentamos una crisis de pagos en el sector externo por una deuda impagable con el Fondo Monetario Internacional, por ahora, gran parte de la cuota se paga con desembolsos que la misma entidad gira a nuestro país, es decir, casi que se auto paga la cuota, por ahora.

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En esa película de terror que sufren nuestros compatriotas en casi todo el país en su vida cotidiana ¿A quién podría sorprender que un ministro sea agredido por un grupo de trabajadores doloridos?

Mientras, en el sector interno, los pasivos del Banco Central por los que paga interés (para que esos pesos de emisión no se vayan a la economía y generen aún más inflación) ya representan un 11% del producto bruto (PBI) argentino. Más de dos veces la base monetaria, para lograrlo, pagan tasas poco menos que ridículas, mayores al 100 %, generando intereses diarios en torno a los 32.000 millones de pesos; hablando en criollo: una bomba de tiempo, sólo falta saber cuándo va a explotar.

En un clima así de pre apocalíptico la ciudadanía parece recordar aquel “que se vayan todos”. La apatía política podría ser el próximo signo de los tiempos, como pequeño ejemplo, en la localidad de La Falda, en Córdoba, se realizaron elecciones municipales el pasado 19 de marzo y la mitad del padrón no fue a votar, ¿Para qué? Si todo va a seguir igual, parece ser el mensaje.

Con ese nivel de divorcio entre dirigentes y la sociedad ¿A podría extrañar lo que está sucediendo?