Martes 15 de Julio de 2014
Sebastián Gálligo/ Ovación
sgalligo@uno.com.ar
“Vamo Uruguay noma”, decía la bandera que colgaba en la avenida Beira Mar de Fortaleza, la capital del Estado de Ceará. A casi 5.000 kilómetros de Montevideo los uruguayos coparon la parada. Alrededor de 10.000 viajaron para teñir de Celeste la calurosa ciudad donde la temperatura no cambia demasiado entre el día y la noche, 32º y 28º. Así lo indicó el cartel de led de la Prefeitura en todas las esquinas de la calle principal.
En el aeropuerto ya entrabas en clima. La salida te pedía ojotas y short de baño. Y el contraste impactaba de movida. Edificios gigantes y lujosos y favelas repletas de casas precarias que penden de un hilo. La ciudad se vistió de mundial. Girnaldas y cotillón, un centro caótico pintado de verde amarelho y un mar azul inmenso que esperaba por miles de turistas. Ciudad del primer batacazo y el nacimiento de la revelación. Costa Rica le ganaría a Uruguay en el Arena Castelao por 3 a 1 y surgió la gran sorpresa del Mundial. El estado de ánimo de los Yoruguas se desvaneció porque luego vendrían Inglaterra e Italia y los vecinos se tomaron revancha. Sí, porque el 12 en el partido inaugural habían desplegado sus banderas con las inscripciones Maracanazo 2 y las remeras que decían 1950 en alusión al histórico año en el que le arrebataron a Brasil el Mundial en su propia casa. Así se vivió la previa y el partido en el Fan Fest de la sede más al norte del Litoral. Fue la primera impresión de un largo viaje.
Lejos de donde jugaba la Selección Argentina y mientras seguía el recorrido por las playas y por la zona, con las camisetas argentinas no se pasaba inadvertido. “Messi... Messi” o “Nos vemos en la final, hermanos”, gritaban los brasileños en la calle.
El recorrido seguía en Bahía, la bella Bahía. “Cómo no vamos a venir a este Mundial, acá en Brasil”, dijo un francés eufórico a metros del Faro da Barra de Salvador junto a su hermano, su padre y un amigo. Con la camiseta de Le Blues y luego de una tarde imborrable en la cual Benzemá y los suyos venían de golear a Suiza en el segundo partido con más goles del Mundial (5-2) en el Arena Fonte Nova. Había pasado el susto. Veinticuatro horas antes habían salido espantados del Pelourinho, el popular barrio de Salvador, la capital del Estado de Bahía, el tercero más poblado de Brasil. El Pelo, como narran las canciones de Olodum y donde Mickael Jackson grabó la canción They don’t care about us del álbum History que recorrió el mundo, de día se convertía en un canto repleto de colores. Miles de turistas y bahianos caminaban las calles internas de adoquines y templos religiosos históricos que datan de la llegada de los portugueses. Entre vendedores ambulantes y los bares que mostraban los partidos se vivía un clima festivo, cálido, atrapante y místico. A tal punto de deambular horas y horas por las mismas calles mirando una y otra vez los mismos productos. Los precios varían de acuerdo a la cara del cliente. Tres latas de cerveza skol por 5 reales o una por ocho, si eras europeo. O un plato de papas fritas podía llegar a costar 25 reales, algo así como 125 pesos. Pero también estaba lo accesible. El barrio se movía intenso con el correr de las horas porque mientras se disputaba el Mundial se organizó la fiesta de Sao Joao. Todas las noches cuando empezaba a caer el sol, a eso de las 17 o 17.30 en el litoral brasileño, comenzaban a sonar bandas en un gran escenario montado en Plaza Da Se. A partir de allí el caos se apoderaba del lugar. Miles que ingresaban y otros tantos que intentaban salir hacían del tránsito peatonal una misión imposible. La policía, de fuerte presencia, no hacía más que complicar con sus gestos adustos y de pocos amigos. Los franceses lograron salir y llegar hasta una combi ilegal que recorría la ciudad llevando pasajeros reemplazando los colectivos.
Luego de aquella noche inolvidable pudieron celebrar, a 15 minutos de allí, cerca del mar y en otro contexto como buena parte de Brasil.
Esos tres franceses llegaron a cumplir el sueño de ver a su Selección lejos de casa impulsados por el hijo mayor que conocía América latina y la ama con todos sus matices. Como los del estadio imponente y su alrededores precarios.
En medio de los festejos callejeros y del intercambio de experiencias con los galos, un brasileño interrumpió la charla al advertir dos camisetas argentinas: “Yo soy de Racing. Sé que no gana nunca y sufre, pero es muy popular y sus hinchas son muy buenos”, dijo emocionado. Quería sumarse. No se quería quedar afuera. Salieron otras latas de la conservadora de la señora y la noche terminó, vaya a saber cuándo.
El fútbol se vivía en la previa del partido y de la cancha, en los bares, en las plazas, en la calle y en cada uno de los puntos de la ciudad.
Camisetas de todos los países, inclusive de los que no habían tenido la suerte de ingresar. En el estadio te encontrabas con brasileños, en su mayoría, que de tanto en tanto animaban con el hit “Soy brasileño...con mucho orgullo, con mucho amor”.
En la antesala de cada partido se organizaba un operativo de seguridad de casi 10 cuadras. En ese lapso el intercambio cultural amistoso se hacía moneda corriente. Vendedores ambulantes ponían de camino un servicio de comida y bebidas detrás de las vallas y mucho aprovechaban para evitar pagar tanto en la cancha. Al menos a los que no los favorecía el cambio. En los estadios los sponsors ponían a la venta la lata de cerveza a 6 reales (30 pesos), la coca de medio litro a 8 reales (40 pesos) y los panchos y sandwich a 10. Los de acá son más ricos. Con el ticket llegabas hasta tu asiento, luego de sortear dos o tres controles y un escáner.
La entrada que llevaba tu nombre y número de documento tenía un código de barra que al pasarlo por el láser habilitaba el molinete. Nadie pedía documentos y es aquí que revenderla resultaría un trámite. El negocio a la orden del día.
Atrás Salvador y un par de días en la playas de Arraial para llegar a San Pablo. La gran San Pablo, epicentro de reclamos en los días previos, se mostraba un poco menos interesada por sus impresionantes dimensiones, pero era lógico. El Fan Fest, enclavado en pleno centro de la ciudad esperaba por miles y miles de personas todas las tardes, que entraban y salían permanentemente. El ingreso era gratuito y se convirtió en uno de los principales atractivos para entrar en clima de Mundial. La ciudad de 22 millones se organizaba con un transporte caótico, pero un Metro increíble que atraviesa toda la ciudad de norte a sur y de este a oeste que te llevaba por 3 reales y se pagaba una vez en caso de hacer combinación. Los manuales indicativos y la cartelería lo hicieron el medio más utilizado por los hinchas. Estaciones impecables, aire acondicionado y televisores en los trenes resultaban irresistibles para moverse en el gigante de cemento. En este medio se trasladan 2.200.000 personas por día. “No salgan de noche a caminar por el centro, ojo en tal lugar y cuidado con mostrar cosas de valor”, te decían en los hoteles y la primera impresión te generaba, al menos, temor. Condicionado por los comentarios costaba entrar en ritmo hasta tomar impulso.
Llegaba Argentina-Suiza, el primer partido a matar o morir, para el equipo de Sabella y la ciudad se teñía de celeste y blanco. A pesar de que los noticieros locales anunciaban que sólo 15.000 argentinos tenían entradas, en la ciudad caminaban los días previos alrededor de 40.000.
Los cánticos en la calles, en las plazas y los bares se hacían una constante. Una fiesta. Al fin argentinos para cantar. Sin entradas por no haber salido sorteado ni favorecido con las compras online de la página de la FIFA, la única manera de ingresar era comprar en la reventa.
Nadie se bajaba de los 1.500 dólares, una locura, teniendo en cuenta que la entrada oficial más barata costaba 90.
El Metro o subte plagado de argentinos cantando y sin entradas anunciaba la última estación: el Arena Corinthians. Allí se vivió otra fiesta, dentro y fuera de la cancha. Y en el Fan Fest, otra. Parecía que Argentina jugaba en tres lugares a la vez en la misma ciudad. Incomparable. Como todo el Mundial.