El método Suzuki, novedoso para la música y para la vida
Una tradición "pesada", ahora disfrutable. Los caminos hacia el profesionalismo. El poder del juego y de la constancia.

Domingo 31 de Enero de 2021

El violinista y profesor Sebastián Orlando, director de la Escuela de Música Suzuki, de Paraná, más allá de continuar la tradición musical de su familia también se encarga de darle a la enseñanza un enfoque muy distinto del que se formó, y más distante aún de la rígida mirada y actitud escrutadora de su padre, igualmente ejecutante del difícil instrumento. Pionero junto con Celina Federik, a quien convocó primeramente para concretar el interesante proyecto, del método creado por el violinista y filósofo japonés, el docente explica sus alcances y posibilidades, especialmente para los más chicos.

A cien metros de la escuela

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en 1973, en calle Santiago del Estero, luego mis padres se mudaron a lo de mis abuelos maternos, en calle Italia y después a calle España.

—¿Dónde viviste la infancia?

—En calle España, a cien metros de la Escuela de Música y a una cuadra y media de lo de mis abuelos.

—¿Cómo era esa zona por entonces?

—Tranquila, calles y veredas angostas, sin tanto tránsito, y casas antiguas, lindas y protegidas, que se fueron renovando o derrumbaron. Éramos muy caseros, en los 80 comencé a ir a la Escuela de Música y tuve mis primeros amigos de la música como Celina y Matilde Federik.

—¿Otros lugares de referencia?

—Iba al Club Recreativo a jugar al básquet y al Rowing, en colectivo.

—¿A qué más jugabas?

—En calle España teníamos un fondo grande donde jugábamos al fútbol los cinco hermanos, a las figuritas y a juegos de mesa.

—¿Qué actividad profesional desarrollaban tus padres?

—Ambos son escribanos, y mi mamá también fue empleada pública en la Dirección de Minería y mi papá en el Tribunal de Cuentas, además de ser músico, lo que más le gustaba. Entró en la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos a los 16 años y luego a la de Santa Fe. Nunca lo veía, salvo en el almuerzo.

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Sebastián Orlando explica en que consiste el Método Suzuki que desarrolla en Paraná.

La enseñanza y un vínculo

—¿Cómo estaba presente la música en tu hogar?

—Viene desde antes de que naciera porque soy la cuarta generación: la primera fue mi bisabuela, Teresita, quien tocaba el piano, luego mi abuelo, Eugenio, su hijo, abogado, profesor de violín, unos de los fundadores de la Sinfónica, concertino y director con (Armando) Baragiola. Mi papá desde muy chiquito mamó la música porque además mi abuelo tocaba el piano, que es uno de los hermosos instrumentos que tenemos acá (lo muestra). Yo escuchaba mucha música porque mi papá hacía ensayos en casa, junto con Graciela Reca y Roberto Zapata, ya que tuvieron la agrupación de cámara de Paraná, uno de los tríos más importantes de Argentina.

—¿Te llevaron a la escuela o pediste ir?

—En la Escuela de Música solo estudié materias teóricas pero el violín lo estudié en particular a partir de los 9 años, con profesores que venían de Santa Fe a estudiar con mi papá, porque él no me quería enseñar, y luego con Lidia Camiolo de Salerno, durante cuatro años. A los 13 años mi papá me llevó a Buenos Aires y me formé con Pablo Saraví y con Szymsia Bajour, que fue profesor de mi papá.

—¿Por qué no quería enseñarte?

—Por el vínculo profesor-alumno superpuesto con el de padre-hijo, que es muy difícil de sobrellevar.

—¿Te atraía el violín o era el mandato familiar?

—Me atraía pero pesaba mucho la obligación de seguir la tradición. Hoy agradezco haberla seguido y la disfruto, aunque en ese momento me haya pesado.

—¿Sentías una vocación?

—No; siempre me gustaron mucho y tuve facilidad por las Matemáticas, muy vinculadas con la música, así que terminé siendo contador.

—¿Estaba el prejuicio de que “con el arte no se puede vivir”?

—Sí, al menos lo sentí en mi adolescencia. Entré en la orquesta siendo muy joven, cuando estaba en quinto año de la Secundaria. Estudiar violín era “un quemo” (risas).

—O sea que para levantarse minas no funcionaba.

—Ni a palos. Lo de El violinista en el tejado, ni cerca (risas). Con el tiempo fue cambiando y cuando me ganaba mi plata en la Sinfónica, me vieron distinto.

—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?

—Matemáticas, y cantaba en el Instituto Malher, que fundó Male-na Caraffa, y luego en el Coro de Niños, también de ella. La primera vez que participé en un evento de la Orquesta Sinfónica fue cantando con ese coro.

—¿Tu papá nunca te corrigió o enseñó aspectos claves de la ejecución?

—Siempre andaba dando vueltas (risas) y, sobre todo, me retaba cuando estudiaba mal. Era la forma clásica de enseñar. No tuve el incentivo para que me dedicara exclusivamente a la música y él no estaba convencido de que yo pudiera sobresalir.

Maestro sin serlo

—¿Tuviste un maestro?

—Así como me puso en duda en muchas cosas y me presionó, mi viejo fue un maestro y referente, por el ejemplo y el profesionalismo, que es lo que hoy necesitamos. Acá nunca vi algo así en cuanto a tomar el instrumento con la seriedad que él lo hizo. Muchos no se explican por qué cuando se jubiló, tocando fantásticamente bien, consideró que no debía hacerlo.

—¿Tuvo un problema de salud?

—Comenzó a tener un poco de artrosis pero aun así tocaba mejor que la mayoría de quienes estaban en la Sinfónica.

—¿Nunca te rebelaste contra el violín o la música?

—Sí, tuve idas y vueltas muy grandes, dejaba de estudiar el violín, la carrera universitaria… por la dificultad que notaba de hacer las dos cosas a un buen nivel. El profesionalismo no es lo mismo hoy que hace 30 años. En 1999 me fui a Estados Unidos a hacer una maestría en administración de negocios y por nueve años no estudié el violín, si bien me contrataron como refuerzo en alguna orquesta de tercer nivel. Estuve un año en México y mi violín estaba en España. Cuando llegué acá me di cuenta de que los años habían pasado para bien y noté que las exigencias eran más altas que las vividas en 1990, al ingresar a la Sinfónica. Me costó, pero gané un concurso en 2011 y también comencé a dar clases en la Uader.

—¿Qué etapa particular de la historia de la música te atrae o violinistas en especial?

—Desde chiquito escuchaba discos de los grandes que me siguen gustando, aunque hoy también hay gente de 50 o 60 años que tocan espectacular. David Oistrak y (Henryk) Szeryng son referentes difíciles de superar, aunque hubo otros, más jóvenes, como Yehudi Menuhin e Isaac Stern, y más jóvenes, Itzhak Perlman, (Pinchas) Zukerman… Sarah Chang…

—¿Por qué son eximios?

—Estoy leyendo la Teoría de las inteligencias múltiples de (Howard) Gardner y una de las que reconoce, que no se mide en los test, es la musical, que se vincula con otras. Dice que para llegar al nivel de esos genios se tiene que dar una combinación de factores, como el de desde chico tener la facilidad que los padres le ayuden a desarrollar el talento y estudiar e ir a conciertos permanentemente. Aparte, haber encontrado en el violín un juguete y pasar muchas horas con él, como ahora con el celular.

Niños, juego, paciencia y logros

—¿Cuándo entendiste la o las claves de este instrumento?

—Todos podemos tocar cualquier instrumento, pero la cuestión está en la regularidad, paciencia y persistencia en el estudio, por ser un instrumento muy difícil. Me di cuenta cómo tenía que estudiar cuando lo retomé. Es lo que percibí en el Método Suzuki para los niños, que busca crear un hábito o rutina, que aunque no siga con la música le sirva para otros aspectos de la vida y darse cuenta de que todo no es instantáneo. Los logros se obtienen por medio de un esfuerzo y sumando todos los días. Eso lo hacemos lúdicamente, induciendo y no imponiendo, desde chiquitos.

—¿Cómo descubriste este enfoque?

—Cuando volví a Argentina conocí a mi esposa, nos casamos, tuvimos dos nenas y una comenzó con el violín, a los 3 años. Pensamos que estudiara pero a esa edad es imposible, indagué y encontré que una colega de la Sinfónica se había formado en el método y daba clases a chicos de esa edad. Hablé con ella y cuando Alina tuvo 4 años comenzó. Después me formé en el método.

—¿Cuáles son los fundamentos?

—Se sostiene en tres partes: el alumno o niño, el adulto responsable y el profesor.

—¿Lo novedoso es la participación de los padres?

—Exactamente, porque estamos acostumbrados a llevar a los chicos, dejarlos y volver a buscarlos. El adulto tiene que estar en la clase y le hacemos poner un instrumento en sus manos, para que dimensione la dificultad del niño, porque, a veces, piensa que no ve resultados. Además, tenemos la convicción de que el adulto que está en la casa es el profesor o asistente para lograr la regularidad, como la de lavarse los dientes. Cuando comienzan, solo les pedimos dos o tres minutos, todos los días.

—¿Tiene alguna particularidad técnica distinta a la tradicional?

—Sí, lo que rescato como más importante es que se llama el método de la lengua materna: cuando comenzamos a hablar no sabemos leer ni escribir, solamente escuchamos y repetimos, sonidos, vocales, sílabas, palabras y oraciones. Así comenzamos con el violín. Les inculcamos que escuchen distintas variaciones de ritmos con las mismas notas, que imiten los movimientos y que canten. A los papás les damos los audios para que les hagan escuchar mucho las canciones.

—¿Los padres permanecen durante toda la clase?

—Sí, que en el caso de los niños de entre 4 y 5 años son de media hora. Son clases individuales que se combinan con grupales, aunque durante 2020 recién pudimos hacerlas en noviembre, en distintos grupos y sin los papás.

—¿Qué destacás como potencial de aprendizaje?

—Lo de imitar, jugando. Me gusta hacer con los chicos una canción y que cada uno haga una parte, intercalar palabras y frases, los ritmos, y ponerles nombre; cuando agarramos el violín hablamos de “una zanahoria” porque el arco lo ponemos como si fuera “un conejito”. Entonces tengo “zanahorias” tejidas a crochet y les digo “vamos a comer” (hace la mecánica del movimiento). Jugamos a “comer zanahorias” para que se habitúen a tomar el arco. Cuestiones de la postura tratamos de hacerlas de manera metafórica y decir que la palma de la mano izquierda tiene que estar como “sosteniendo un espejito como cuando se maquilla mamá”. Son cosas simpáticas que inculcan puntos técnicos importantes.

—¿La biomecánica es muy “antinatural”?

—Hay pequeños aspectos que no son tan naturales pero la mayoría lo son, aunque no parecen, como la posición de manos y brazos.

—¿Cómo será la actividad en 2021 y qué espacios tienen en las redes?

—Estamos en Facebook como Escuela Suzuki del Paraná, somos ocho profesores del método, tres en violín: Andrés Mayer, también de viola, Natalia Franco y yo; en piano, Celina Federik y Candelaria Villagra; en guitarra, César Farías, uno de los grandes discípulos de Eduardo Isaac; la profesora de chelo, con mayor experiencia, Gabriela Peirano, y Guillermo Trobbiani, de contrabajo, y, posiblemente, pronto tengamos una profesora de arpa. Está pensado para niños desde 4 años; pueden ser más chicos, pero los grandes tienen que tener paciencia.

“Todos los días continúo haciendo una autocrítica"

Formado en el concepto clásico de la enseñanza musical, más la exigente y poco comprensiva mirada de su padre, Orlando admite las dificultades que encuentra al momento de instrumentar el método oriental, lo que le demanda una revisión constante.

—¿Por qué creó Shinichi Suzuki (1898-1998) esta metodología y en qué contexto?

—Su papá tenía en Japón una fábrica de instrumentos y a él le dio por estudiar el violín, se formó en Alemania pero fue viendo cómo sistematizar sus conocimientos para los niños, considerando las dificultades que tuvo. El método se difundió rápidamente en Japón, luego en Estados Unidos, Europa y a Argentina llegó hace algo más de 50 años, a Córdoba, la primera escuela.

—¿Qué autocrítica hiciste al entender su esencia?

—La sigo haciendo día a día (risas). A la profesora de chelo, Gabriela Peirano, de Santa Fe, quien lleva 17 años con el método y este año comienza con nosotros, le comentaba el problema que tengo con mi formación tradicional y mi rol de “papá Suzuki”, porque mi hija sigue estudiando con el método y cuando tengo que ser papá en casa me cuesta mucho mantener la filosofía de que estudie jugando. Ahora tiene más de 8 años y no es común que quiera estudiar el instrumento, sino jugar con los otros chicos. Hay que encontrar la forma y el momento adecuado para que el niño estudie o escuche música, lo cual es difícil y demanda estar tranquilo.

—¿Un adulto puede aprender?

—Sí, aunque la prioridad son los niños; tiene que estar dispuesto a “aprender a hablar con el instrumento”. Hay dos o tres adultos de más de 30 años que lo hicieron y se están divirtiendo mucho, al igual que dos o tres adolescentes.

—¿En qué te modificó como violinista?

—(Piensa bastante) Buena pregunta (sonrisas)… no sé si lo he pensado. Me ratificó que las cosas se construyen diariamente. Es el día a día y la suma, con paciencia.