Martes 05 de Febrero de 2013
Para el disfrute de aquellos que recorren la costa del río Paraná y sus afluentes, o para quienes navegan por sus cursos, sorprende por estos días la presencia del irupé, una de las plantas acuáticas más grandes del mundo, de una inconmensurable belleza. Cargada de mitos y leyendas, se advirtió semanas atrás su presencia en las islas frente a la localidad de Victoria, pero en estos días desplegó sus colores y aromas en inmediaciones a la capital provincial. Entre otros sectores, se la detectó en cercanías a las islas frente a la ruta nacional 168. Su presencia no pasó desapercibida a orillas de ese enlace que une Paraná con Santa Fe, sobre el río Colastiné.
Su reaparición sobre esta costa sorprendió. Ello fue destacado por el grupo ecologista El Paraná No Se Toca, que durante uno de sus relevamientos la ubicó en la zona de Bahía Carlota, en el islote de Los Mástiles, un terreno fiscal santafesino frente a La ciudad de las siete colinas.
“Esta es una excelente oportunidad para llegar hasta donde están los irupé, debido a que la altura del Paraná permite el ingreso de embarcaciones menores hasta esas lagunas de aguas someras y claras donde crecen”, comentó Maximiliano Leo, de la entidad ecologista.
“Que esta renovada maravilla natural que nos pertenece a todos ayude a despertar conciencia para evitar que emprendimientos comerciales, turísticos o ganaderos pongan en peligro la sustentabilidad de estos humedales prístinos”, señaló el ecologista. Según indicó: “Además de ser el ambiente que han elegido para crecer, son lugar de cría y estación de muchas especies de animales migratorias como el sábalo o el águila pescadora, y de especies que sufren diferentes grados de amenazas, como el lobito de río o el carpincho”.
El ecologista agregó que la flor del irupé, de unos 40 centímetros de diámetro, y dulce fragancia “permanece abierta durante el día. Al retirarse la luz, se cierra y se sumerge en el agua hasta el amanecer”.
“Es un hermoso espectáculo, y en mayo la gente que visita estos lugares donde crecen, ya sea en kayacs, lanchas o canoas, recoge las semillas de irupé que flotan como arvejas en el río, para embellecer estanques o espejos de agua en sus propiedades”, detalló. El fruto del irupé es comestible y los indios guaraníes lo bautizaron maíz de agua.
La leyenda guaraní relata que un día, mientras paseaban por la orilla del río Paraná, Morotí (la hija de un cacique) arrojó su brazalete para que Pitá (el guerrero más valiente de la tribu) lo rescatara. Ambos se amaban con devoción. Pronto se lanzó al agua el indio enamorado, pero no volvió a surgir de ella.
Impulsada por el hechicero de la tribu, Morotí se sumergió también, buscando entre las aguas el cuerpo de su amado. Pasaron las horas y ninguno de los dos volvió a la vida. Pero al amanecer vieron los indios flotar sobre aquellas aguas una flor extraña en la que el hechicero reconoció a la bella Morotí en los pétalos blancos, y al intrépido Pitá en los pétalos rojos. Eran las almas de los amantes, encarnadas en la flor del irupé.
El dato
La flor permanece abierta durante el día y al retirarse la luz, se cierra y se sumerge en el agua hasta el amanecer.
La cifra
40 centímetros de diámetro tiene la flor de Irupé.