Dos paranaenses que conocieron el clan: largo tercer tiempo con los hermanos Puccio
Crónicas oscuras. Dos amigos paranaenses recordaron los momentos que compartieron con los integrantes de la banda de secuestradores y asesinos de San Isidro. “Veo a lo lejos a unos pobres pibes de los que nadie sospechaba”, coincidieron

Domingo 13 de Septiembre de 2015



Erick Albornoz y Ricardo Annichini son amigos de toda la vida,esos que el rugby logra. Jugaron en el Club Estudiantes de Paraná y una serie de hechos, siempre vinculados al deporte, los llevó a conocer a los hermanos que integraron el clan de secuestradores y asesinos más estremecedor del policial argentino. El libro de Rodolfo Palacios, la película de Pablo Trapero y la serie, volvieron a poner en boga a esa familia liderada por Arquímedes Puccio. 
Albornoz, antes de la entrevista, manifestó algo con lo que es fácil coincidir: “Hubiera preferido decir que conocí a alguien que inventó una vacuna para salvar una vida, pero bueno, acá estoy”. Es que este paranaense no solo compartió un año en Nueva Zelanda con Daniel Maguila Puccio, sino que participó de una cena con Arquímedes y salió de fiesta, en uno de los momentos más álgidos de esta banda delictiva, en la camioneta amarilla con la que trasladaban a los secuestrados. 
Ninguno de los dos conoció, hasta que las noticias del caso apareció en 1985, lo que se escondía detrás de unos muchachos de bajo perfil.
El otro hermano, Alejandro Puccio, mano derecha de su padre, además de jugar al rugby en el Club Atlético San Isidro (CASI), fue parte de Los Pumas y en 1979 participó de un partido en el Club Estudiantes de Paraná. “Ocupaba el mismo puesto que yo, era wing y uno siempre mira al jugador que tiene en frente. Era un pibe que corría rápido, pero de físico chico. Hoy no sería ni aguatero. Mi impresión, la verdad, era un pavo, medio bobi, un tipo raro”, contó Annichini y describió que al pibe Puccio lo hicieron llorar en un bar de la capital provincial (Ver Lágrimas en el Bélle Epoque). También recordó un partido entre Capital y Provincia por el Seven de la República. Los entrerrianos perdieron por un try que hizo Alejandro.  


En 1982, el clan Puccio secuestró a Ricardo Manoukian y lo asesinaron de tres disparos en la cabeza; la  familia había pagado el rescate. En 1983, Eduardo Aulet, ingeniero y jugador del CASI, también fue secuestrado cuando iba en auto al trabajo. Su familia pagó por la libertad, pero su cuerpo fue hallado cuatro años después.
En 1984, el empresario Emilio Naum detuvo su vehículo al ver que Arquímedes le hacía señas sin sospechar que intentaba secuestrarlo. Intentó resistir y lo mataron de un tiro. En agosto de 1985, el clan atrapó a la empresaria Nélida Bollini de Prado quien fue rescatada luego de un mes de cautiverio en el sótano de la casa de la familia Puccio. Alejandro y su novia estaban  ahí cuando llegó la policía y el resto del clan fue detenido al intentar cobrar el rescate.
Pablo Trapero, director de la película que puso el caso otra vez en las pantallas argentinas, obtuvo ayer el León de Plata en el Festival de Venecia, uno de los premios más importantes para el cine nacional. Fue considerado el mejor en su labor por El Clan, propuesta que batió records de asistentes a las salas del país.  
Erick Albornoz había participado de una gira de rugby en Nueva Zelanda y en 1982 trabajaba para una agencia de turismo, estudiaba en una universidad privada y jugaba en Belgrano Athletic Club de Buenos Aires. 

Por abril, cuando comenzó la Guerra de Malvinas, le llegó un ofrecimiento: volver a ese país. Entonces vivía en la casa de un amigo en la capital.  
“Buscaban un centro para un Club de Nueva Zelanda. Cuando llegué me comentaron que había un argentino que jugaba en una intermedia, era un pilar. Ahí estaba Daniel Maguila Puccio. Vivía en una casa a 10 kilómetros. El presidente del club tenía una farm y trabajamos los dos juntos”, contó Albornoz y lo describió muy parecido al personaje de la película de Trapero. Cosecharon papas, faenaron gallinas y realizaron tareas de granja mientras jugaban al rugby. 


“Ahora empiezo a atar cabos, creo que él se fue de su casa por lo que pasaba. Me decía: ‘mi viejo me escribe, quiere que vuelva, que está por instalar un negocio’. Se refería a la casa náutica que le pusieron a Alejandro. Yo me lo imaginaba entonces a Arquímedes como un hombre de alto poder adquisitivo. Leí el libro, y vi todo lo que ha salido y en realidad tenían una rotisería, era una fachada. Le decía a Daniel ‘por qué no volvés’ y él siempre me respondía que no sabía qué hacer. Era un muchacho más bien inocentón, tímido, bonachón, un tipo como cualquiera, común”, contó Albornoz.
Arquímedes Puccio estuvo preso y murió a los 84 años en La Pampa. Alejandro también fue encarcelado y falleció en 2008 luego de intentar suicidarse varias veces. Daniel se escapó en la primera salida que tuvo de la cárcel y volvió a aparecer cuando la causa prescribió. Hoy no se sabe de él. 
 Ricardo Annichini sostuvo: “Creo que tuvieron la mala suerte de tener ese padre y quizás a esa madre también. Cuando nos enteramos de lo que ellos hacían fue una revolución. Nadie lo podía creer. Lo peor de todo fue enterarnos  que la gente que habían secuestrado y matado eran todos relacionadas a Alejandro, al rugby, eso fue lo peor”. 
Erick Albornoz coincidió con esa observación y contó que durante mucho tiempo fue un tema de charla entre sus amigos porque él había vivido con uno de los integrantes del clan. “Me curtieron durante cinco años”, dijo entre risas y agregó: “Ahora lo hacen otra vez, con todo lo que empezó a salir”. 
Los dos paranaenses siempre estuvieron relacionados al rugby, deporte que aman y defienden por el compañerismo y sus valores. Annichini, incluso, jugó en Los Pumas varios años y remató: “El rugby es lo contrario de aquello que hicieron los Puccio. Para ellos era un negocio. Para Arquímedes, secuestrar era un oficio e involucró a su familia. Alejandro era un enfermo. Ellos tuvieron la mala leche de tener esos padres. El perfil que tenían no era ese. Ahora veo a lo lejos a unos pobres pibes de los que nadie sospechaba”.

Un viaje en la camioneta amarilla
Cuando Erick Albornoz decidió que ya era tiempo de volver de Nueva Zelanda a Argentina, le propuso a Daniel Maguila Puccio que regresaran juntos. “Me dijo que quería conocer India y Europa. Le insistí, pero él me respondió que no. Solo me pidió que le entregue un bolso a su viejo”, contó. Dos semanas después el entrerriano arribó al país y esa misma noche se hospedó en Buenos Aires, en la casa de un amigo y su familia. 
“Cuando llegué al aeropuerto le comenté a la madre de ese amigo que al bolso se lo tenía que entregar al padre de Daniel que vivía en San Isidro. La señora me dijo que los llame y los invite a cenar. Así que agarré un teléfono y le hablé a los Puccio. Esa noche cenamos todos con Arquímedes y su señora. La verdad, no me puedo acordar de nada, era joven, creo que estaba con más ganas de irme. Eso fue en el 83, en el medio del quilombo, de los secuestros”.
Tiempo después, Maguila también regresó a Argentina. Un año de trabajo juntos en Nueva Zelanda fue más que suficiente para que se volvieran a hablar. “Me invitó a salir una noche, a una fiesta. Estaba en Buenos Aires y me pasó a buscar en esa camioneta amarilla, te juro por Dios. Fue antes de que se conozca lo de Prado – Nélida Bollini de Prado, la mujer que fue rescatada del cautiverio– . Dos meses más tarde lo agarraron a Daniel en la misma camioneta cuando estaba por recibir un cobro”, contó Albornoz y la imagen tan real para él, es para el resto parte de una película.
Daniel Maguila Puccio estuvo más de dos años preso. “Lo fui a visitar a la cárcel, pero una sola vez. Del tema de los secuestros y de todo eso ni hablamos. Él, en su primera salida se escapó y muchos años después volvió para buscar el documento ese que lo dejó libre. Dicen que ahora está en el sur de Brasil relacionado al rugby, no sé”, remató. 
Lágrimas en el Bélle Epoque
Después de que terminó ese partido de Los Pumas contra el Club Estudiantes en Paraná allá por el 79, todos los jugadores hicieron un tercer tiempo en el Bélle Epoque, boliche que estaba al lado del Flamingo. 
“De la anécdota nos acordábamos los otros días. Alejandro Puccio había llegado con un saco de Los Pumas y uno de los muchachos de nuestro equipo se lo robó. Por ahí debe estar, en algún lugar, no vamos a dar el nombre de quién fue, pero tiene más de 100 años de perdón”, dijo Ricardo Annichini. 
Contó que el joven estaba desesperado. A los integrantes del seleccionado les daban una sola prenda y con ella tenían que pasar la temporada. “Se puso a llorar y se armó lío. Quería recuperar el saco. Él debe haber tenido 21 años, dos o tres más que yo. Esto fue antes de los 80”, señaló Annichini y agregó: “En el Rugby robar era mal visto y todos decíamos ‘pobre pibe mira lo que le pasó’. Después supimos quién se lo llevó y fue algo divertido”.
La imagen de Alejandro no era la de un muchacho despierto, todo lo contrario. “En comparación con la película, no era un líder; para nada”, aseguró.