Sábado 07 de Marzo de 2020
En el sur entrerriano llaman “padentreros” a los obreros de las islas y campos bajos, gente de a caballo ducha en el arreo de las vacas entre pajonales, y la pesca de las tarariras; mujeres y hombres con herencias del País de los Matreros que decía Fray Mocho.
Antes que escucháramos este nombre terruñero, el santafesino Edgar Morisoli lo fijó en esa estampa de las pampas que tituló “Arrieros”. “Venían de Alpachiri… De silencio, de huella visten los padentreros”.
Alpachiri, tierra de frío entre los mapuches, pero ¿padentreros? ¿Tomó esa voz de su cuna santafesina en Acebal, o de su provincia adoptiva, La Pampa?
La Real Academia no registra este sustantivo, lazo para los paranaseros. Las voces unen, como las personas. Morisoli es un puente entre Santa Fe y La Pampa, como Jorge Enrique Martí entre su Rosario natal y la ciudad de Colón que lo adoptó hasta el punto de inspirarle aquellas décimas definitorias: “Para el amor, Entre Ríos/ y Entre Ríos en el canto”.
Paradojas de la lengua, el padentrero es una suerte de pajuerano que vive en lugares recónditos. Está al margen de los cánones urbanos, pero muy adentro en el sentido de pertenencia, confundido en la naturaleza como un mandato en el litoral.
Marcos Sastre, un oriental que vivió en Santa Fe y Entre Ríos y conoció y describió el delta desde San Fernando, pudo definir como nadie en El Tempe Argentino la condición singular de los isleros sin fronteras: la hospitalidad. Una ciudad santafesina recuerda su apellido. Vale ante la distracción de las demás provincias. Muchas ciudades de la región pueden contar algo de su fructuoso itinerario.
Retorno a las fuentes
Algunos santafesinos se quejan en estos días del humo de algunos entrerrianos, y estos responden con quejas por el ruido de aquellos. Unos dirán que a la quemazón en las islas le sobreviene el verdor de los pastos; otros pedirán que no distorsionemos con envidia sus fiestas de música y danza en los arenales.
Si los costeros del Paraná tienen razón, diremos con ellos que la zona luce verde y alegre a dos bandas, sin ocultar incendios intencionales, desbordes juveniles ni intereses desmedidos que jaquean el ambiente al punto de provocar denuncias mutuas en los tribunales.
—Usted prendió el fuego, acusan desde el oeste. —Usted dragó el canal sin permiso, le reprochan desde el este. Pero usted no cuida la seguridad, insisten los primeros. —Y usted no nos deja dormir con sus fiestitas…
El problema es lógico, si sabemos que el gran Rosario cuenta con más habitantes que todo el territorio entrerriano, con un casi desierto maravilloso enfrente, de islas, montes, riachos, arenales, que seducen como un Paraíso a los pies, y con autoridades lejanas, a 60 kilómetros.
Se ha repetido que ciertos artistas de Rosario crecieron de espaldas al río (no menos que algunos de Paraná). Por eso, cuando aparecen los reclamos por las lanchas en las islas de enfrente no sabemos qué responder, cuando en verdad debiéramos celebrar este retorno a las fuentes.
Claro que algunos vecinos no ven armonía y paz en el desembarco urbano sobre las islas, sino velocidad en motos de agua y lanchas, riesgos inútiles, griterío, poca ropa. Es comprensible, entonces, el debate entre hermanos, siempre a riesgo porque los de un lado serán considerados perros del hortelano que no comen ni dejan, y los del otro lado, advenedizos. El múltiple santafesino Miguel Brascó (sastrense) sí que hubiera hecho de este estofado un plato, para que el mundo saboreara delicias de nuestras disputas domésticas. Brascó, claro, el que cantó el tropezón de los gringos en la Vuelta de Obligado, y supo describir en un triunfo cómo Pascual Echagüe los medía y Mansilla los mataba.
Es tanto lo que compartimos santafesinos y entrerrianos que no alcanzarían diez tomos para enumerar nuestra historia común en una naturaleza común. “La canoa lenta va/ hiriendo el pecho del río,/ sauce triste, ceibo mío”, dice Brascó con música del también santafesino Ariel Ramírez. El Paraná, por supuesto, no es un límite, es un camino común de ensueño.
Quema y dragado
Hace pocos días Rosario denunció en los tribunales de la excapital del país la quema de pastizales en las islas frente a esa ciudad que quiso ser capital. En las dos late algún despecho con Buenos Aires, para qué negarlo.
La práctica de los incendios para que reverdezca el pasto en el otoño es antiquísima y no ha podido ser erradicada. “Las quemazones en el Entre Ríos han sido muy grandes en estos días pasados, y solo después de la lluvia de ayer se respira libremente en este pueblo”. Así escribía Giuseppe Garibaldi al ministro de Guerra y Marina del Uruguay en enero de 1846, hace 174 años, luego de colaborar con la invasión anglofrancesa.
Cada tanto vuelve el fuego, sin dudas por mano del hombre muchas veces, con tremendas consecuencias en la fauna, la flora y las personas cercanas; en este caso, los rosarinos y los turistas. En ciertas ocasiones, y dependiendo de la orientación del viento, puede entorpecer la visión en el tránsito y provocar accidentes.
Estamos pues ante un conflicto. Hace poco conocimos otro: un grupo de ambientalistas denunció al club de Velas de Rosario por el dragado sin autorización en la entrada a la caleta que tiene la institución en la boca de El Embudo, en jurisdicción de la ciudad de Victoria pero al lado de Rosario. El municipio constató infracciones y suspendió los trabajos.
Los defensores del ambiente aseguran que reina la política del hecho consumado. Y eso no es novedad en el delta entrerriano, donde las canalizaciones y los terraplenes están a la orden del día, como las denuncias.
Amores desencontrados
Antes de eso debió intervenir también la Municipalidad de Victoria por refulados en su jurisdicción, realizados por una Cooperativa de trabajos portuarios para el municipio de Rosario. Todo sin habilitación de Victoria.
El mes pasado otro conflicto, por fiestas realizadas desde Rosario en jurisdicción de Victoria, con aparentes excesos. Alcohol y otras yerbas, velocidades no permitidas en las lanchas y motos de agua. Altoparlantes. Los pocos vecinos que habitan la zona, con los pelos de punta; pero la información en la prensa fue recibida con humor: se quejan de envidiosos, porque las chicas lindas de las lanchas no les dan bolilla…
Los pleitos pueden dar lugar a una relectura sobre la bella relación de santafesinos y entrerrianos a través de las épocas. El buen humor ayuda.
En eso de volver a mirar, digamos en un paseo rápido que el santafesino Orlando Vera Cruz recuerda a su madre nogoyasera, su padre de Tala como la mayoría de los Pais. El paceño Linares Cardozo: padre oriental, madre correntina. Fray Mocho, padres uruguayos. Olegario Andrade, padre santafesino, madre entrerriana, él mismo brasileño.
El chamamé tiene cuna en Corrientes, pero uno de los más difundidos del país es Merceditas, compuesto por el entrerriano Ramón Sixto Ríos para la santafesina Mercedes Strickler, de Humbolt. Todos lo sabemos, claro. El morocho panzaverde dedicó su vida a conquistar infructuosamente a la bella gringa santafesina. ¿Qué fue de esas cartas?
El Zurdo y el Chacho
Miguel Ángel Martínez, el Zurdo, comentaba que el compositor rosarino Chacho Muller, tan apegado a las islas, se inspiraba sin dudas en gran medida en el paisaje de enfrente. El Zurdo interpretaba toda su obra, y tenía amor por esa guarania titulada A mi tierra San Javier, con letra de Julio Migno. “Timbó, laurel, curupí,/ lindos ceibales en flor”: la misma flora ribereña entrerriana y santafesina. Cuando el Zurdo cantaba “San Javielito y Verón” sabía que bien podría nombrar así al Nogoyá y al Cle. Decenas de arroyos llevan el mismo nombre en los dos territorios hermanos, y cuántos de ellos fueron testigos de las luchas por el federalismo, con los dos pueblos de protagonistas.
No le gustaban al Zurdo esos versos del entrerriano Claudio Martínez Paiva que amenazan: “Pa’ los amigos, la mano/ pa’ los otros, el cuchillo”. Le parecía una expresión maleva que no cuajaba en estos parajes. Y en cambio repetía las expresiones de Aníbal Sampayo sobre la unidad a dos bandas, por eso de los pájaros que comen en una orilla y anidan en la otra. Pero Martínez veía esa identidad común muy singular en las costas del Paraná, de ahí el gentilicio paranasero, sin fronteras, sin distinción, como islero, así fuera uno santafesino o entrerriano.
Hay un chiste muy lugareño que dice que el más bello paisaje de los santafesinos es el espectáculo de las barrancas de Paraná. Y hay una canción de Jorge Méndez embelesada con la vecindad: “Desde lo alto de una lomada/ de nochecita me gusta ver,/ como palpitan a la distancia/ las lucecitas de Santa Fe”.
Pescadores tan parecidos en saberes, vecindad tan similar en ignorancias. La aparición de una lola (Lepidosiren paradoxa) dará los mismos títulos en Diamante y en San Javier: “Hallan un monstruo en el río, con dentadura humana”, y tonterías por el estilo. Cuando esta salamandra con pulmones vive en el Paraná desde hace millones de años e incluso puede estar en los orígenes de nuestra especie. La distancia de la familia humana con la cuenca es también una marca a dos bandas.
De Yasú a Maziel
Gran parte del territorio santafesino y más de la mitad del entrerriano constituyen el corazón de la provincia del Espinal que se extiende a Corrientes, Córdoba, San Luis, La Pampa.
Algarrobo, espinillo, tala, ñandubay, para dar lugar a las aves compartidas en el litoral, los mamíferos, los insectos, y los peces de su red de ríos y arroyos. Santa Fe anuncia las crecientes, el agua se estanca luego en el delta entrerriano.
Mismos montes, mismos esteros y juncales, mismos trinos, misma historia.
El santafesino Carlos Natalio Ceruti es el antropólogo y arqueólogo más notable de las décadas recientes, trabajando desde el museo Antonio Serrano en Paraná. Conocer y divulgar sus aportes sobre las culturas de las dos costas del Paraná, indígenas y afroamericanas, es una tarea pendiente. Y lo mismo, sus estudios para esclarecernos en torno de los riesgos de la obra hidroeléctrica del Paraná Medio.
Cuánto aprendimos con él sobre los vaivenes en las relaciones del europeo con el charrúa en estas inmediaciones, siempre bandeando el río. Y sobre la identidad común de los alfareros orilleros, una cultura hondamente entrerriana y santafesina llamada “Goya Malabrigo”.
El poeta e historiador Fermín Chávez, de abuelas orientalas, decía (siguiendo a Ricardo Rojas) que la poesía gauchesca apareció con el santafesino Juan Baltasar Maziel y se afianzó con el oriental Bartolomé Hidaldo para coronarse con el bonaerense José Hernández, que escribió el Martín Fierro poco después de su derrota en las guerras jordanistas, en Entre Ríos, y su exilio en Brasil y Uruguay.
En una charla que dio en Paraná junto a Chávez, el ensayista Pedro Orgambide apuntó que Maziel, con vida en Santa Fe y en Paraná, “reunió la razón y el corazón en un solo pensamiento sentimiento, que fue después el que fundamentó en gran parte el sentido de patria de los argentinos. Eso nació en esta región… Ese argentino antes de que la Argentina se llamara así, tenía esta virtud: sabía oír al pueblo. Solía caminar por las orillas del Paraná, oyendo a los que entonces llamaban los guasos, los gauderios, que iban a ser los gauchos. Oía sus cantos, su dichos, sus palabras… esos dejados de la mano de Dios fueron los que oyó Juan Baltasar Maziel, y escribió el primer poema que dio origen a la poesía gauchesca, que es un romance a la manera de los guasos, de los gauchos de entonces, donde cuenta los éxitos del virrey Cevallos”.
Se refería a aquellos versos dedicados al después virrey que comienzan “Aquí me pongo a cantar/ debajo de aquestas talas…”
Las reflexiones de Maziel sobre distintos asuntos de los tiempos coloniales no tienen desperdicio, empezando por la comprensión de la revolución de Tupac Amaru. En su época admitió como una verdad el apotegma: “Cura, Curaca y Corregidor, todo es peor”. Ya entonces, el gran santafesino sacaba la cuenta de los costos que tenía para los trabajadores el sostén de su clase dirigente, civil o clero… “El indio es el más pobre entre los que habitan las ricas provincias del Perú”, sostenía.
El estudioso Mauricio Castaldo ha dicho que José Artigas se hizo revolucionario cruzando el río Uruguay; para Orgambide, Maziel fundaba un sentimiento común cruzando el Paraná. Linda coincidencia.
Litoral y Centro
La vida común viene de lejos. Los jesuitas incluían al territorio entrerriano en esa “como provincia del Uruguay” que abarcaba la Mesopotamia y parte de Uruguay y Brasil. Fue el santafesino Francisco Antonio de Vera y Mujica el que encabezó la “solución final” contra los charrúas en el territorio entrerriano. Hecho el trabajo sucio, Tomás de Rocamora empezó a registrar en cartas el nombre Entre Ríos para una provincia que los santafesinos querían llamar “Partidos del Paraná”. Hubo pica entre entrerrianos, santafesinos y bonaerenses, y algo de eso se sostiene contra el poder porteño, nada más, fuera de algunas chanzas.
Los intereses económicos han cruzado y cruzan los territorios: se recuerda a Lucas González, negociando de los dos lados del escritorio con La Forestal en Santa fe, y dando su nombre (por decisión propia) a un pueblito entrerriano. Igualo con las luchas: quién olvida al diamantino Ángel Borda defendiendo obreros de La Forestal.
Santa Fe y Entre Ríos, como pocas provincias, participan de dos regiones bien definidas: Litoral y Centro. Por eso podrían aprovechar los lazos que se tejen a través de las más diversas vías no estatales. La comisión Crecenea y la región Centro suelen reunirse para comprometerse a alianzas (hacia Cuyo por un lado, hacia Brasil por el otro), que luego frustrarán una y otra vez. Recordamos que el exgobernador santafesino Jorge Obeid, ingeniero de profesión, colaboró bastante en los planes de integración, quizá porque sabía que él mismo, con cuna en Diamante, era expresión de unidad. Como contrapartida, el dinero del Estado entrerriano es manejado por un banquero santafesino de origen: Enrique Eskenazi.
En ocasiones se ha visto incompatibles a las dos organizaciones regionales, cuando en verdad los entrerrianos y santafesinos podrían convertirse en una bisagra para ese anillo que alcanzó su esplendor con la conducción de José Artigas hace dos siglos, en la Liga de los Pueblos Libres. Esa revolución dejó el color rojo de su divisa en la mayoría de las banderas provinciales. Rojo en homenaje a la sangre derramada por la libertad y la independencia.
“Roja del lado del asta representando al federalismo”, dice la consigna del brigadier Estanislao López y agrega una simbología con las lanzas, largamente debatida en la provincia hermana. En Córdoba, el rojo expresa lo mismo: homenaje a la sangre derramada en las luchas por la independencia. Y es el significado del rojo en los emblemas de Misiones y Entre Ríos, cuya banda encarnada se repite en numerosos escudos de ciudades y departamentos de la República Oriental del Uruguay, como en la bandera artiguista que flamea por igual en las escuelas de las dos bandas del río. La provincia de Corrientes perdió el rojo pero volvió en la bandera de la ciudad de Corrientes, por “los valores federalistas”.
Yacaré y curiyú
Humo, dragados, seguridad, fiestas demasiado jóvenes para ser toleradas (esto es broma), y una de símbolos sobrevivientes que llaman a un diálogo por encima y por abajo de límites ya a esta altura aburridos. Sólo enumeramos algunas manifestaciones de la identidad común del litoral y no pasamos, en esta nota, del cero coma por ciento. ¿Nombramos a Gregoria Pérez? ¿Túnel subfluvial? Está todo para decirse.
Ayer nomás un puma se cruzó a la isla frente a Villa Urquiza, un yacaré ñato y una curiyú rondaban las playas de Paraná; mañana volverá una lola a sorprender a nuestros pescadores. Millones de años siguen cosiendo las dos costas sin esperar nuestra venia