Mundial de Rusia 2018
Sábado 23 de Junio de 2018

Y un día explotan los iyambaé de la Selección celeste y blanca

Razones para enfrentar a Nigeria con la frente en alto y el mejor ánimo, volviendo a las fuentes rebeldes y solidarias del manga ñembosarái

El fútbol puede ser una excusa de los seres humanos para el encuentro, el abrazo. Es un poco lamentable que en el Mundial todos pierdan, menos uno. Podrían recuperarse miradas transversales con mayores expectativas en los protagonistas, si es cierto que el fútbol nació para jugar, y sin arcos, en nuestra región.
También lamentamos que el equipo argentino se haya mostrado un tanto maneado, y que su actuación frente a Croacia trajera más enojos que paz en el segundo tiempo entre nosotros, siempre exagerados ante los tropiezos y buscando culpas. Y con un poco de esa nafta con que los periodistas queremos apagar el fuego.
Sabemos que el fútbol es un negocio en la actualidad, no es novedad. Que está monopolizado por una empresa privada. Que por ahora no incorpora a la mujer. Y que el movimiento de dinero y otros factores generan barras de patoteros y hasta mafias violentas, incluso vinculadas y fogoneadas por partidos políticos y narcos. He ahí una lista de males, a los que podríamos sumar el uso del fútbol para desviar la atención y hacer propaganda.
Sin embargo, cualquier institución de las clásicas puede mostrar estructuras y antecedentes que las convierten en lo contrario de lo que predican. Policía, justicia, sindicatos, escuela, medios masivos, Estado, corporaciones varias, en fin.

Romper tabúes
En el caso del fútbol, sobre una serie de aspectos negativos naturalizados nos interesa subrayar la evidente capacidad de este deporte colectivo para reunir a las más diversas culturas, difundir sus identidades, sus sueños, y romper a través de cierto conocimiento mutuo muchos tabúes y prejuicios que separan a la humanidad.
El fraude es bastante difícil en la cancha. Son muchos ojos, muchas cámaras, y los eventos se han organizado de manera que sea más fácil la transparencia en el juego que los arreglos y engaños. Es raro que un jugador pueda mentir talento, a diferencia de otras actividades en donde la idoneidad ni siquiera se considera.
Agreguemos una condición propia de este deporte: no es perfecto, y lo sabemos. El fútbol se parece a la guitarra: bella, popular, pero está en su naturaleza el ruido de las bordonas. Se nota claramente en el tiro de esquina, cuando todos se agarran, se empujan. Y se nota en los errores cometidos por los árbitros, incluso con el uso de la tecnología. A veces no nos ponemos de acuerdo siquiera tras cuatro o cinco tomas de cerca. Eso nos hace tolerantes: así es la vida. Frente a los errores y las injusticias, aceptamos que eso está dentro de las reglas del juego, que somos humanos. Y después de un par de puteadas, bajamos el tono.

Una carnicería evitable
Este Mundial de Rusia nos exige un plus de tolerancia y serenidad a los argentinos. El penal de Leo y el regalo de Willi conspiraron con la paz interior de cada cual, pero a poco reflexionamos porque sabemos de miles de casos en que el deportista, el mejor de ellos, comete una chiquilinada o un traspié. Qué novedad: somos humanos. El arquero olvidó por un segundo que estaba en el Mundial, se sintió quizá en algún potrero de Santa Elena.
Lo peor del partido contra Croacia fue la hora posterior: la actuación de los periodistas llevaría a varios de ellos a la descalificación en un mundial de su rubro. Son ellos los que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Exigían a los jugadores en el fútbol lo que ellos no daban en el periodismo. Fuimos testigos de una carnicería evitable, injustificada.
Cuando uno acierta en el pronóstico no se va a privar de algún floreo, pero de ahí al grito y al "viste, te lo dije", hay un campo. Basta con una observación criteriosa y prudente, y ese pequeño triunfo personal quedará en el pasado, para los que registran tonterías.
Lo apuntamos porque la reacción del periodismo nos dificulta esta noción del fútbol como herramienta de paz y hermandad. A veces la exaltación de los profesionales hace más daño que las amenazas de la barra brava. El micrófono debe tener una hipoteca con la verdad y con el análisis sereno, no hay derecho al fárrago de improperios para con una veintena de deportistas, incluido el técnico, sencillamente porque no le encontraron la vuelta a una disputa, a un juego.
Si mirábamos despacio, veíamos que quedaban aún varias chances, pero ellos le estaban calzando la mortaja al equipo y no había forma.
Mientras escribimos esta columna hace un gol Nigeria sobre Islandia, y el camino que hasta ayer parecía clausurado se abre con amplias posibilidades para la Argentina. ¿Había necesidad, entonces, de crucificar a los que tropezaron?
Antes de los partidos escuchamos coincidencias sobre el nombre de los integrantes del plantel y sobre el técnico mismo. ¿No somos todos partes, entonces, de una posible victoria y también de una posible derrota?
Eso no quita que analicemos con espíritu crítico los planes y su ejecución, pero si lo hiciéramos con moderación podríamos aspirar al mundial del periodismo, de lo contrario no daremos ni para el campeonato del barrio, mientras que los futbolistas y el técnico sí llegaron al mundial, y quizá pasen a la segunda ronda. Ojalá.

Un plato de paz
El ingreso con las niñas y los niños de la mano, la entonación de las canciones patrias, las banderas, la creatividad y alegría de los hinchas, sus esfuerzos para llegar a la cancha, el talento de los deportistas, el juego de ajedrez de los planes de cada bando, las cadencias de los relatores, la reunión en las gradas y la reunión en casa en espera de esas jugadas que son verdaderas obras de arte, los diálogos en la vecindad sobre la línea de cuatro y el enganche y la historia de cada cual, ¿no son ingredientes para un suculento plato de paz, armonía, encuentro, celebración de la vida?
Después de un partido para el olvido, no hay que focalizar tanto, al punto de perder de vista la trama del encuentro.
En esta hora lamentamos que Lionel Messi haya encarado el partido con Croacia con una situación emocional complicada. Al empezar comentamos en casa que lo veíamos demacrado, como sin color en el rostro. Y bien, ¿qué sabemos nosotros de las tensiones íntimas de cada quien? ¿Y cuántas de las tensiones íntimas pueden en verdad explicarse en público?
Así como en tantas oportunidades nos llena de satisfacción por la magia de su pie, el hombre tiene derecho a una jornada menos inspirada, o con alguna manea interior que ignoramos. No vamos a aventurar aquí las posibilidades que pensamos, pero son casi infinitas.
Aprendimos de los hermanos Tojolabales que el "nosotros" incluye lo mejor y lo peor. La copa es nuestra, y la derrota es nuestra. Excluir y maltratar al que tropieza es propio de decadentes.
El técnico probó recetas que no dieron resultado en principio. Basta señalarlas, pero no es para colgarlo de la plaza pública, cuando tantas veces envidiamos a Chile ese mismo DT.
Cuando peligraba la participación argentina en el Mundial acudimos a este hombre como si fuera un salvador, ¿y tan rápido lo destruiremos?
El fútbol puede alentar la reunión, la hermandad, pero de nosotros depende no potenciar los ruidos. Si nosotros mismos nos preparamos para gozar en paz, es probable que los frutos sean más sabrosos y alcancemos a celebrar incluso cuando falten goles. Después de todo, la alegría del adversario es, en un punto, expresión de la alegría de todos.
La tristeza o la desilusión en el fútbol pueden durar cinco minutos; el tiempo en que uno apunta al partido y su equipo. Apenas abramos el gran angular y apreciemos el conjunto veremos a unos cabeza gacha y a otros saltando, es decir, la mirada integral sólo nos mostrará armonía, equilibrio, como en la vida.
Al fin y al cabo nosotros tenemos dos copas y tres subcampeonatos. ¿nos pegaremos un tiro en la sien si alguna vez le toca en suerte a Nigeria, a Perú, a Serbia o a los iraníes?

Romper el hielo
Distinto sería si nos enteráramos que el defensor Fulano puso un millón de dólares para estar entre los 23, o que el DT fue impuesto por no sé qué enemigo. Pero eso, por ahora, se ve más en los partidos y la política que en la cancha.
Hay un plus del fútbol para el diálogo social de los argentinos: hasta los mayores adversarios logran un momento de distensión cuando se nombra el cuadro de sus amores, a veces compartido. Además, en los encuentros casuales funciona a la manera del estado del tiempo: el fútbol rompe el hielo. Tanto es así que en el barrio Tiro Federal de Paraná había un buen vecino que saludaba de este modo en la vereda: ¿River? ¿Boca? Con solo pronunciar las dos palabras mágicas nos sacaba una sonrisa y nos obligaba a algún comentario al paso. A veces matizaba con otra: ¿y Patrón?
Mi tío Enrique Ronconi comenta en Gualeguaychú que cada vez que se enferma se pone una camiseta de Boca por si acaso: si se muere, que se muera un boquense.
¿Cuántas discusiones por el fútbol terminan mal? Es cierto, hay que cuidarse de fanatismos. Pero ¿cuántas bromas, cargadas y razonamientos imposibles nos acompañan y nos arrancan una gesto de cariño, como aceitando la comunicación e invitando al abrazo a pesar de las diferencias?

Manga ñembosarái
Si en verdad el juego con los pies y con una pelota saltarina empezó entre guaraníes, como dicen algunos testimonios, es probable que esté en la naturaleza de este deporte la comunidad, el compartir el juego, cosa que no es difícil observar; y una condición que entre guaraníes y chiriguanos llaman iyambaé: hombre libre, sin amos.
Un esclavo virtuoso en el violín podía entrar en otras consideraciones. Un chico del barrio hacinado con talento en la cancha puede manifestar un estado de libertad y arte en una gambeta, una chilena, desobedeciendo cualquier mandato. Y aquí una coincidencia muy significativa: el iyambaé es el hombre sin ataduras pero no individual; libre en la comunidad. ¿No es el fútbol alegórico? ¿Serán casuales estas consonancias entre el fútbol y los pueblos originarios? Tal vez en este punto convendría que el DT mirara aquellos juegos asociados que lograba Pekerman, el entrerriano, para no ir lejos.
En diccionarios de hace 370 años ya figuraba el manga ñembosarái, un juego con pelotas de caucho que practicaban los guaraníes con el pie. Entonces, en Europa se jugaban diversos deportes pero con las manos. No sabemos, claro, si los partiditos se extendían a todos lados porque, si así fuera, lo jugaron también en el sur entrerriano, que habitaban los guaraníes a la llegada de los europeos (los mismos que, se supone, se comieron a Solís). El testimonio del manga ñembosarái data de dos siglos antes de que el fútbol fuera reglamentado en Inglaterra.
Que sirvan estas digresiones para sentarnos con expectativas a disfrutar del partido con Nigeria. Confiando en que nada nos obliga a sentirnos pecadores por prestar atención un rato a los gladiadores de hoy, sin más leones que nuestros fanatismos. Un partidito, como una canción, no se le priva a nadie.

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