Aquella parda y el deseo (Expediente: Causa Criminal de 1817 contra María Guzmán, en Paraná)

Era baja de cuerpo, de pelo chascón y enmarañado. No tenia 30 años en aquel julio de 1817 cuando, encerrada entre paredes mal revocadas pero encaladas a como Dios quiera, esperaba que el Alcalde la convocase a decir su verdad.
24 de febrero 2013 · 00:28hs

Carlos Saboldelli/Especial para UNO
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Un 10 de Julio de 1817, el Alcalde Mayor de la Villa del Paraná recibió en su despacho una providencia del propio Eusebio Hereñú, en la cual se daba cuenta de la retención de una persona en la cárcel y le requería a su vez abocarse a la instrucción sumaria de las causas del hecho.
 

María Guzmán era parda. Baja de cuerpo, de pelo chascón y enmarañado. No tenia 30 años en aquel julio de 1817 cuando, encerrada entre unas paredes mal revocadas pero encaladas a como Dios quiera, esperaba que el Alcalde mayor de la Villa de la Costa del Paraná la convocase a decir su verdad. Brava la cordobesa, había recorrido suficientes caminos como para aguardar rumiando de furia pero contenida de paciencia.
 

Ramón Ordoñez era soldado de la milicia cívica. Una especie de jerarquía social que le permitía ciertas acciones diferenciadas y hasta algunas veces, jerarquizadas. Y como correlato de las obligaciones castrenses que su asimilación le requerían, le daban un aire de petulancia casi innata que bien usaba en sus afanes de casanova criollo.
 

Y en esa mundo donde la piedad quizás fuese una quimera, la sensatez un imposible y la supervivencia un ideal, Antonina Moreyra portaba una belleza incandescente pero sobre todo ígnea.
Esos tres, la cordobesa, el miliciano y la beldad quizás no supieran hasta ese entonces que las bifurcaciones, los destinos y los caminos harían de ellos una confluencia.
 

Era sábado ese cinco de julio, noche templada con diversión y baile en la casa de un tal Eleuterio Rodríguez. ¿Que complejidad de planes y previsiones podrían tener aquellas compañías solitarias y exacerbadas, ausentes de todo y reclamantes de amigos y afectos? La penumbra obligada del ocaso y la languidez de algunas escasas velas de cebo habrá teñido de opacado fuego las silentes sombras y las presurosas siluetas que, en busca del compás de los instrumentos, alejase al menos por esos momentos el rigor del trabajo y de la guerra.
 

María Guzmán, la cordobesa que ahora esperaba su turno de indagatoria, se había arrimado al baile aquel. No había sido, por cierto, una iniciativa suya o un impulso particular. Bien por el contrario, Ramón le había manifestado su deseo de acompañarla, y como quien dice, llevarla de prenda. Ella no podía menos que sentirse a gusto, cortejada y considerada, aún en sus simples rudimentos y unas tantas rusticidades.
 

Ramón Ordóñez en cambio se sentía seguro y con cierto poder, emanaba de si una especial seguridad que había aprendido no tanto en las lides de los combates sino en las exhibiciones de los patios de tierra donde sus dotes de donjuán y zapateador se destacaban acabadamente. Miliciano y compadrito, eso era.
 

Ambos se llegaron a la cita. Habrán recorrido el patio, el fogón y otras instalaciones del lugar, en señal de protocolo y de convivencia social. Seguramente conversaron con pares y también con desconocidos. Tal vez se separaron algunos momentos, manteniendo la distancia propia de aquellos cuyos vínculos no se habían formalizado pero que se encontraban en vías de hacerlo.
 

Ramón se introdujo en la dependencia que oficiaba de cocina. Ahí mismo, donde Antonina Moreyra alimentaba a una de sus hijas aislada del ruido y de la música. El la observó con algo de lujuria. Ella fue indiferente. El no se quiso quedar sin hacer algo, se arrimó presuntuosamente a Antonina hasta hacerle percibir su virilidad y su deseo de control. Ella atisbó su prole, en gesto de defensa. El empezó a sentirse un poseso.
 

En eso estaba Ramón Ordoñez (el miliciano) cuando una súbita maraña de trompadas, arañazos, gritos e insultos se le aparecieron de golpe sobre sus espaldas. Aturdido, intentó atajarse de los golpes que recibía, con la dificultad suficiente para poder observar que María Guzmán (la cordobesa) estaba tan desencajada como furiosa. Repleta de celos, moribunda de odio y desesperada de imposibilidades, perdió los estribos y las opciones de disenso.
 

De los actuados sumariales no emerge si Ramón se sintió dolido o humillado, aunque las chances de esta última sensación sean las más probables. Porque el sujeto se desprendió de Maria Guzmán, y con una patada artera la doblegó sobre el piso que habían alisado y humedecido a la tarde misma.
 

La cordobesa pudo comprobar eso cuando, a escasos centímetros del suelo, respiraba dificultosa revuelta entre el dolor de su cuerpo y la herida de sus celos. Seguramente la sangre agolpó sus sienes. Tal vez sus pómulos reventasen de bermellón. Quizás sus ojos lagrimearon apenas. Esos detalles no los recogen los sumariantes, aunque podemos imaginarlos.
 

Pero lo cierto es que en el repentino y fugaz instante en que su razón se evanesció, María sacó de entre sus lienzos aquella cuchilla de filo prominente y punta acerada. No era demasiado diestra, pero si lo suficientemente persuasiva como para que Antonina desapareciera de allí (abortando por la eternidad el nacimiento de una historia distinta) y también para que los ocasionales convidados evaluaran mezquinamente desahuciar a la ofendida.
 

Ramón intentó defenderse, pero no pudo. Una, dos, tres, cuatro, cinco puñaladas. Supongo que María estaba enceguecida o que su puntería era algo inhábil. Dice el parte que además de los cinco puntazos en el cuerpo, le cortó absolutamente toda la indumentaria al agredido hasta el punto de dejarlo tan semidesnudo como doblegado. Asustado y vencido. Estremecido y sometido. A su merced.
No se podrá saber jamás lo que hubiera pasado. Si María hubiera continuado o calmado, o si Ramón Ordoñez hubiese huido acobardado y sonrojado. El Sargento de la Compañía de Pardos Nicolás Antonio Camorza, al mando de una partida de soldados, se encargó de reducirla y prenderla. La redujeron lo suficiente pero entre varios, como para salvarle la vida al galán vencido. A grupas la llevaron hasta aquella celda, esa de las paredes mal revocadas pero apenas encaladas.
 

El expediente que caratulara la causa como “criminal” empieza con las declaraciones de Ordoñez en su lecho del hospital. Y culmina con el traslado de Maria Guzmán hasta la Alcaldía, donde el alcalde Dámaso Carabajal escucha su descargo. Ella otorgó una versión, con algunos matices, más o menos de aquellos que los testigos aportaron. Solo que al final, la parda, la cordobesa de pelo chascón, hubo de reconocer toda su culpa. Que ella misma había sido la causante de la agresión. Que produjo un gran tumulto. Que tuvo intención plena de asestar las cuchilladas. Pero sobre todo, aún sobre la dureza que emerge de las declaraciones de esa mujer, y casi como un contrasentido, también reconoció que la única causa, motivo o fuente de ese desgraciado sucedido, había sido nada más y solamente… celos.

Exclusivo
 

Esta serie denominada Apuntes sobre infames y condenados está realizada en especial para Diario UNO a partir de la documentación física obrante en el Archivo General de la Provincia de Entre Ríos- Área Expediente Judiciales.
 

Se impone explicar que el régimen jurídico vigente a principios del siglo XIX era aún la legislación española, establecido por las leyes de Partidas. Estas asignaban a los alcaldes competencia de jueces de primera instancia (en las causas civiles) o de instrucción (en las criminales).

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