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Ahora que sí nos ven

En los últimos 30 años ha habido un cambio de paradigma: se revisaron los estereotipos y cómo se retrata a las mujeres en el cine y la televisión

Lunes 22 de Marzo de 2021

Ahora que sí nos ven. En los últimos 30 años ha habido un cambio de paradigma: se revisaron los estereotipos y cómo se retrata a las mujeres en el cine y la televisión

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El 21 de febrero pasado, la cadena HBO estrenó el documental Allen v. Farrow, una miniserie de cuatro capítulos que retoma la denuncia por abuso sexual a una menor de siete años, realizada en 1992 contra el cineasta Woody Allen por parte de su pareja en ese momento, la actriz Mia Farrow. En ese entonces una campaña mediática y política se armó en defensa del abusador. Los mecanismos estatales estaban (y en algunos casos siguen estando) a favor del acusado. La desacreditación de la versión de Farrow fue instantánea: la acusaron de fabuladora, de resentida, de mala madre. Allen continuó haciendo sus películas, siendo exitoso; disimuló la denuncia generando escándalo: a sus 57 años estaba enamorado de otra de las hijas adoptivas de Farrow, Soon Yi, de 21. La mirada mediática cambió de foco, el abuso de Dylan quedó cajoneado.

Ahora, casi 30 años después, es Dylan la que habla, la que denuncia y recuerda, apoyada en cientos de documentos (grabaciones telefónicas, videos caseros, cartas) que Mia Farrow comenzó a recolectar horas después del abuso, quizás sabiendo que nadie iba a creerle. Casi 30 años después, esto vuelve a salir a la luz para que finalmente todos acepten el relato negado en los 90. El cambio social del último lustro acompaña.

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Ahora que sí nos ven. El documental

Ahora que sí nos ven. El documental "Allen v. Farrow" retoma y pone en foco las denuncias de Mia Farrow contra Woody Allen por abusar de su hija.

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Partamos de una serie de conceptos básicos. Lo social siempre ha influenciado las artes y los distintos tipos de narrativas son las que más han incorporado los cambios en la sociedad. La cinematografía y las teleseries son narrativas de adaptación veloz, desde lo estético hasta lo temático. Pensemos en personajes, escenarios o historias retratadas en películas y series hace treinta años; muchas de ellas no soportan el paso del tiempo, son incómodas, desubicadas en el contexto actual inclusivo y sin temor de alzar la voz y tomar las calles y las redes sociales.

A partir de los cambios sociales de las últimas décadas del siglo XX, y de diferentes movimientos culturales que ganaron fuerza y celeridad en el XXI sobre todo a partir de la creación de las redes sociales, como el #MeToo, las ficciones cambian. Se tienen que adaptar o desaparecer porque ya no se soporta ningún tipo de abuso, la estrategia de “cancelación” generada desde un hashtag funciona como denuncia instantánea, quizás con más fuerza que la legal. El filósofo finlandés Jaakko Hintikka explica que un mundo de ficción no es solo un mundo posible sino “una serie relativamente corta de acontecimientos locales en algún rincón o recodo del mundo real”. Las historias cinematográficas y teleseriales parten de ese recorte de la realidad: si el mundo cambia, las ficciones también.

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El filósofo francés Jean-Marie Schaeffer reflexiona que el cine “ha extendido el dominio de la creación ficcional como tal: globalmente “consumimos” muchas más ficciones que lo que se hacía en el siglo XIX” y que las series televisivas son “uno de los vectores centrales de la invención ficcional contemporánea y uno de los menos estudiados”. Las ficciones de pantalla son las que más rápido se producen, cambian y llegan a millones de consumidores en instantes y al mismo tiempo.

La revisión de ciertos estereotipos de mujer en las ficciones de pantalla ha generado teorías complejas y también sencillas como el Test de Bechdel que denuncia los pocos films que no tienen algo tan mínimo como dos mujeres que hablen entre sí sobre otra cosa que no sea un hombre. La revisión de estos estereotipos generó nuevos personajes, mujeres empoderadas y que, en algunos casos, buscan justicia por mano propia. El cine de violación y venganza fue un género desarrollado prolíficamente en los años 70. Con el paso de las décadas la formula se modificó. El siglo XXI planteó, desde diversas estéticas e historias, películas donde la mujer no fuera un simple personaje de cartón (como la categoría “women in refrigerators” acuñada por Gail Simone) sino que diera cuenta de los cambios culturales que comenzaban a aparecer. Menciono algunas: Kill Bill 1 y 2 (2003 y 2004), Hard Candy (2005), I Spit on Your Grave (2010, remake del film homónimo de 1978), The Girl with the Dragon Tattoo (2011). Y la lista podría seguir o ampliarse a las historias en las que no es necesario el abuso, donde la venganza va hacia la opresión social sin un rostro en particular.

Este año entre las películas nominadas al Oscar llamó la atención la inclusión de Promising young woman, una película que tiene en común con las recién mencionadas la respuesta a la violencia machista como núcleo narrativo, violencia que comienza en el mundo de los hombres y que termina con una mujer haciéndose cargo de su propia historia, de equilibrar la balanza.

Bombshell (2019) pasó casi desapercibida en los Oscar del año pasado. Sus actrices fueron nominadas pero ninguna ganó. La película no es muy conocida quizás porque ficcionaliza la historia de acoso sexual de Megyn Kelly y Gretchen Carlson, presentadoras de Fox News, por parte del jefe de la red de noticias, Roger Ailes, y se sabe de los esfuerzos de las corporaciones para silenciar ciertos relatos. Una historia similar es la que cuenta la teleserie The Morning Show (2019), donde el presentador de noticias más famoso de Estados Unidos es despedido después de ser acusado de conducta sexual inapropiada. En esta breve lista de ficciones que denuncian los abusos ocurridos en el mismo ámbito televisivo y cinematográfico queda mencionar la película The assistant (2019) donde el espectador acompaña el día de la joven asistente de Harvey Weinstein, magnate productor fílmico denunciado por acoso y violación por cientos de mujeres. La denuncia pública a través de redes sociales de actrices y celebridades dio origen al hashtag #MeToo en 2017, con el que mujeres de todo el mundo compartían sus propias experiencias de abuso, acoso o violación como forma de denuncia. El impacto de esos posteos abrió una nueva era, una nueva realidad. Me too, yo también, era el título para denunciar, para evidenciar una realidad sabida por lo bajo pero nunca dicha.

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Este cambio paradigmático también comienza a aparecer en documentales, en formato teleserial o cinematográfico. Si bien el género documental cuenta con mayor grado de objetividad al tratarse de una filmación de personas involucradas en una historia sucedida en el “mundo real” y basarse en un trabajo de archivo, no hay que perder de vista que también es una narrativa, que no es el hecho en sí sino un recorte guionado sobre ese hecho ubicado en un pasado más o menos lejano del presente de filmación. En los últimos años diversas plataformas y canales de televisión han generado documentales que denuncian diversos tipos de violencia hacia la mujer o hacia menores de edad.

The hunting ground (2014) muestra el descreimiento hacia las víctimas de violaciones en campus universitarios estadounidenses; The keepers (2017) denuncia la desaparición de una monja que estaba por denunciar casos de abuso en un colegio católico; Filthy Rich (2020) investiga los casos de abuso sistemático de Jeffrey Epstein; Leaving Neverland (2019) rescata los testimonios de niños víctimas de abuso de Michael Jackson; Nevenka (2021) revisita una denuncia de acoso y abuso en 1999, con un pueblo que marchó por las calles para defender al abusador. Los documentales avanzan sobre un territorio común: exponen, denuncian y sirven como alerta para el espectador de cómo se teje el entramado del abusador, cuál es su modus operandi.

Documentales como Las tres muertes de Marisela Escobedo (2020) y El caso Alcàsser (2019) revisan casos de femicidios en México y España respectivamente, deteniéndose en las fallas judiciales, mediáticas y sociales que favorecieron la muerte y la falta de justicia en estos asesinatos de mujeres.

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Como si todo tuviera que ver con todo, Ronan Farrow, hermano de Dylan, fue uno de los periodistas que investigaron por meses a Harvey Weinstein y uno de los primeros en publicar una nota denunciándolo. El movimiento #MeToo, que comenzó en ese momento, también tuvo como consecuencia que actrices y actores repudiaran a Woody Allen y, en algunos casos, llegaran a donar el pago por sus actuaciones en las últimas películas del cineasta neoyorquino. La condena social comenzó a cuentagotas en los últimos años pero nunca tuvo condena legal ni social. Recién en los últimos años comienza a darse un repudio, medido y progresivo, por parte del mundo del espectáculo. El documental se convierte entonces en el golpe definitivo. No es posible seguir sosteniendo un interés por la persona y/o por su obra después de ver el video casero en que Mia Farrow graba, horas después del abuso, el relato angustiante de una niña, o de ver cómo tiembla la ahora adulta Dylan Farrow al intentar hablar de lo sufrido.

30 años parecen no ser nada y son demasiado en el cambio de las representaciones sociales, en un cambio paradigmático que nos permite volver sobre ciertos hechos del pasado, ver en qué nos equivocamos y con suerte en qué podemos mejorar, a través de nuevas narrativas capaces de visibilizar estas realidades y hasta de lograr justicia.

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