Yo Cuento
Martes 17 de Julio de 2018

Yo cuento | La esperanzada

Yo Cuento, el espacio que UNO ofrece a sus lectores para que puedan publicar sus cuentos o relatos originales

Por Gonzalo Rosas Paz

La señora Marple. Una mujer que supo fundar suspiros en los demás hombres a causa de su belleza. Sin embargo jamás había sido infiel a su marido, al que amaba con devoción. Su pareja, había sido el ejemplo mas claro de amor y de tolerancia. Aquellos dos seres habían nacido para amarse. Sus bellezas, sus defectos y virtudes tenían los surcos que los hacían encajar uno con otro. Sin embargo esta señora, ahora estaba viuda y a veces se sentía abandonada y solitaria.

En verdad se encontraba aburrida y atemorizada, pues, había ciertos sonidos extraños en la casa que le llamaban la atención. En un comienzo, se imaginó que había seres fantasmales en su morada, luego, que los sonidos eran provocados por algún animal.

Todo esto fue soportable hasta que comenzaron las visiones. Cosas borrosas que se movían de un lado a otro, presencias extrañas que parecían acariciarle el cuello envejecido, quejidos y golpes que la asediaban sin que pudiera dormir.

La anciana había decidido cerrar todas las ventanas y que no entrara ningún rayo de luz solar. La penumbra primero cubrió la casa con esfuerzo y luego se instaló con seguridad. En la radio comenzó a sonar una emisora religiosa, en la cual se rezaba todo el tiempo con vos de zombie. La señora Marple solía ser una persona jovial, incluso hasta inmadura. Tenía aquella jovialidad rebelde que llevaban en el rostro las mujeres mayores que no habían tenido hijos y que tampoco tenían pareja. Sin embargo todo esto, la había hecho desmejorar.

Un día, cuando la señora Marple volvía de la iglesia, tomo el ómnibus , cuando descendió y entró a su casa,comenzó a oír un extraño quejido. Aquello podía ser parte de las percepciones habituales, así que intentó no darles importancia. Pues ya comenzaba a sentirse acompañada por estas extrañas alucinaciones. Observó un sobre debajo de la puerta trasera y a duras penas logró levantarlo y abrirlo. En el dorso se leía: "Clínica Mayo, Calle España". Por ella, se le explicaba que los estudios que se había realizado, arrojaban resultados pésimos.

La mujer no podía mover un músculo por la angustia. Comenzó a llorar. De repente volvió a escuchar pasos en el pasillo, pero esta vez eran reales, eran los pasos de un verdadero humano. Las puertas se iban abriendo con una total concatenación lógica.

La señora Marple sabía que faltaban dos puertas para que llegaran a la suya. No le importó, siguió llorando con las manos sobre el rostro. La vejez le impedía llorar con normalidad, ahora emitía un quejido similar al de una bestia o al de una hiena.

Abrieron la puerta que estaba antes que la suya. La señora Marple, escuchaba revolverse las cosas de un lado a otro. De repente, la angustia se le volvía inaguantable pero todavía no tenía las fuerzas suficientes para decidir morir. Sintió una caricia y una fuerza invisible que parecía abrazarla. Algo cálido se apoderaba de ella y la contenía. Aquel dolor inaguantable en las tripas, se extinguía...

La señora Marple, abrió grandes los ojos y preguntó al vacío y la penumbra:
—¿José?
Nadie contestó. Mientras tanto, los ruidos en la pieza contigua no cesaban...
— ¿José? Volvió a preguntar
Esta vez intentando dejar de sollozar, de volver su voz más cristalina. Una lágrima que brotaba de sus ojos, de repente se apartó, por una mano invisible.
—¡José!! Gritó la mujer y un viento repentino le cubrió la cara y la despeinó.
Nuevamente algo parecía abrazarla y cobijarla, allí en aquellos brazos invisibles la señora Marple no sentía miedo ni dolor. Finalmente la puerta de su pieza se abrió.
Aquella anciana no habría podido imaginar lo que venía detrás de la puerta y quien se acercaba, tampoco se figuraba lo que estaría por ver.
Se quedaron mirando el uno al otro, con tristeza y desafío. La señora Marple observó a un hombre robusto con un cuchillo en la mano y el hombre a una anciana emitiendo quejidos apenas humanos, sentada en la penumbra. Dos miedos se confrontaban: el físico, previsible y doloroso. Y por otro lado el metafísico y espiritual.
El se le acercó y le dijo:
—Quédate quieta y decime donde está la plata o te corto entera
Ella sin miedo ya y sin nada que perder. Dirigió hacia él, el puño cerrado y levantó el dedo del medio diciéndole con vos despreocupada:
—Andate al carajo.
El hombre vaciló un momento y enseguida se le arrojó. La señora Marple dejó de percibir aquella sensación de paz y de contención.
Logró escabullirse de entre los brazos y el acero de aquel hombre que dibujaba zarpazos, como un tigre.
La anciana intentó correr, pero nuevamente el dolor en las tripas se lo impidió. Rápidamente el hombre la alcanzó y esta vez le asestó un golpe seco en la nuca y ella se cayó.
Cuando estuvo tirada en el piso, observó un destello de la luz de la luna que se adentraba por una rendija que tocaba los ojos de aquel hombre. Ella divisó en aquel tipo una expresión de alegría y crueldad. El hombre le arrojó otro cuchillazo , esta vez a la cara desgarrando una amplia parte del rostro. El ladrón siguió cortando su rostro e intentaba en la oscuridad clavárselo en el ojo. Luego la montó y amarrándole los brazos dijo:
—¡ Te voy a dibujar un pene en la frente, vieja podrida!
La señora Marple comenzó a llorar nuevamente, ya sin fuerzas. Estaba lista para partir, pero no quería hacerlo en manos de aquel infeliz.

De repente al ladrón, le comenzó a brotar un líquido negro y gelatinoso de todos los orificios, primero de la boca, luego de la nariz, al cabo de un rato, de los oídos... La señora Marple aprovechó la confusión para reincorporarse y observó que este líquido era sangre. Y que no era suya.

El hombre comenzó a correr empapado, chocándose con las cosas. De repente a la señora Marple le pareció ver como todos los artefactos de la casa, se aglutinaban alrededor de este malhechor, pero no con violencia, sino como si siempre hubiesen estado ubicados allí. La señora abrió las cortinas que estaban a su lado y la luz de la luna le mostró al despavorido señor, un millón de seres que no conocía pero que le tapaban las fosas nasales y la boca. El hombre, intentaba apartarse las cosas de la cara, pero era en vano. Una muchedumbre de seres incorpóreos pero palpables, se decidían a asfixiarlo.

Al cabo de un rato, el hombre alcanzó a huir despavorido y la señora, con sangre en el rostro, agarró una rosa de aquellas que aparecían tiradas en el piso. Se pintó los labios pese a que la sangre brotaba sin cesar de su rostro y se acomodó el pelo y agarró sonriendo un retrato de su difunto esposo.

Al otro día la policía entró y observó al delincuente y a la señora Marple muertos.

La enterraron un día de verano, sobre una balsa prendida fuego navegando sobre el río Paraná: aquello evocaba las tres cosas que siempre habían maravillado a ella y a su esposo. Luego los enterraron juntos y se volvieron bichitos y polvo.

Yo Cuento es un espacio que Diario UNO de Entre Ríos ofrece a sus lectores radicados en la provincia, para que puedan publicar sus cuentos o relatos originales. Los textos deben tener una extensión de entre 700 y 1.200 palabras. Deben ser enviados al correo electrónico lactis@uno.com.ar, adjuntando una copia del DNI (obligatorio) y número de teléfono. Lectores, ¡a escribir!

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