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Vida de Perros

Es grande y negro como la noche. Su mirada, severa y penetrante, evoca algo ancestral y solo se suaviza cuando posa sus ojos rojizos en mi.

Sábado 13 de Julio de 2019

Ludwig Wittgenstein, el gran filósofo y lingüista austriaco, escribió en una de sus obras que si los leones pudiesen hablar no los entenderíamos. Y coincido. Cada día me convenzo más de que mi perro Diablo no es un perro, aunque tampoco sabría decir muy bien qué otra cosa podría ser. Claramente es un vertebrado, cuadrúpedo, cánido; un animal cimarrón que una noche helada de 2011 se apareció por mi casa, raquítico y desahuciado, quién sabe de dónde. Y se “agregó”, como se dice habitualmente en el campo.

Es grande y negro como la noche. Su mirada, severa y penetrante, evoca algo ancestral y solo se suaviza cuando posa sus ojos rojizos en mi. Calculo que habrá tenido unos tres años cuando lo conocí, pero de lo que sí estoy seguro es que debo haber sido el primer ser humano que lo tocó con cariño, sin correrlo a patadas o a piedrazos. Y digo esto porque a lo largo de los años he observado que muchas de sus conductas son francamente sorprendentes, desconcertantes, muy alejadas de las del tradicional perrito doméstico, faldero, de la mascota tradicional que todos conocemos. Esto me hace pensar que Diablo tiene más de lobo que de perro.

Aunque parientes lejanos –y en el caso de ciertas razas perrunas muy parecidos físicamente– lobos y perros son muy distintos. Los investigadores del comportamiento animal han identificado que ambos difieren fundamentalmente en el tipo de inteligencia que han desarrollado a lo largo de los últimos 15.000 años, cuando algunos de ellos se unieron a los grupos humanos, integrándose a su “manada”, perdiendo así su idiosincrasia lobuna.

Los lobos, como animales salvajes que son, viven en un mundo “mecánico” y ante un problema orientan su conducta claramente a resolverlo con las habilidades naturales de las que están dotados. Los perros, en cambio, luego de haber convivido con nosotros miles de años se acostumbraron a acatar nuestras órdenes e inhibir sus propias acciones, pasando a vivir en un mundo “mágico”, en el que los hechiceros que resuelven sus problemas cotidianos vendríamos a ser los humanos. Por ello cuando quieren algo acuden necesariamente a nosotros ya que su inteligencia es mágica más que mecánica.

En cambio Diablo, cuando quiere salir o entrar a la casa, no solo manipula el picaporte para abrir la puerta sino que tengo mis dudas si también no hace girar la llave con los dientes cuando está cerrada. Mientras que sus otros dos compañeros de manada perruna: Tita y Frodo –dos mestizos qualunques– se limitan a sentarse frente a la puerta: me miran a mí y miran la puerta ansiosos moviendo la cola. A lo sumo un ladridito indica que quieren salir o entrar.

Es probable que mi perro haya desarrollado conductas de lobo, después de haberse criado solo y pasado –digamos– un tercio de su vida sin “dueño” humano alguno. Por ejemplo: si bien está claro que yo soy el macho alfa de la manada, él no me hace sentir que soy su amo, ni que él es mi mascota. A lo sumo yo vendría a ser una especie de tutor, o mejor, un hermano mayor. Es cariñoso a su manera, poco adaptado a la sociabilidad y obediente cuando quiere, conductas claramente diferentes de todos los perros que tuve, tengo y que seguramente tendré. Y ello lo hace muy especial.

También es de notar su tremenda resistencia para la adversidad, situaciones de pelea o sufrimiento. Recuerdo un enfrentamiento con un enorme Dogo argentino de un amigo que estaba de visita. El otro lo doblaba en tamaño y fuerza física; y si bien sometió a mi perro luego de una breve escaramuza (o éste fingió ser sometido), cuando aflojó sus poderosas mandíbulas a la orden de su amo, Diablo contraatacó desde el piso como un rayo, y con una serie de rápidas y eficaces mordidas tiñó de sangre la cabeza del gran cachalote blanco. Una actitud de pelea claramente lobuna, callejera si se quiere. O, cuando luego de una de sus habituales escapadas, volvió con tres tiros que le encajó algún maldito y se echó a esperar a que yo llegara, o a morir sin chistar. Sobrevivió rengo de una pata y con una oreja destrozada por un balazo.

Otra cosa interesante del temperamento de los animales es la cuestión del juego. Todos sabemos cómo juegan los perros, entre ellos y con nosotros. Los lobos también juegan, pero de otra manera: lo podemos ver en los documentales de la National Geographic, donde pareciera que pelean ferozmente como queriéndose hacer daño verdaderamente. Y de la misma manera lo hace Diablo con el pequeño Frodo, gruñendo fieramente, mordiendo su garganta –sin dañarlo– o metiéndose directamente toda la cabeza del pobre infeliz entre sus fauces. Son sus modos lúdicos. Ahora si de jugar conmigo se trata, con Diablo ya perdí las esperanzas. Una vuelta lo intenté, arrojándole una pelotita de tenis para que la busque como hacen todos los perros una y mil veces. Recién nos estábamos conociendo y a la tercera, el tipo me miró sorprendido, casi con fastidio, como diciendo:

—¿Qué te pasa?, ¿buscar la bola?, ¿en serio?, ¿para qué?, ¿y si tanto querés la pelotita para qué carajos la tirás?”. Obviamente me sentí como un boludo y no lo hice más.

La cuestión del tiempo, de cómo experimentan el tiempo los animales en general, y los perros en particular es otro tema que me intriga mucho. Uno constata que cuando salís cinco minutos a buscar queso de rallar para los ravioles, y al volver los tipos te reciben con una alegría tal que pareciera que te hubieses ausentado por un año. Más allá del amor incondicional que sabemos que los perros profesan por nosotros (a veces hasta inmerecido), siempre me pregunté por qué actúan así. ¿Tendrán alguna conciencia del tiempo?, ¿perciben pasado, presente y futuro como los humanos?. Y en todo caso, ¿cómo es que lo viven?.

Ha corrido bastante tinta al respecto (ah, me olvidaba de aclarar que los fulanos que se dedican a estudiar este asunto del comportamiento de los animales se llaman etólogos). Algunos hablan de “memoria episódica”, así por ejemplo, los perros nunca llegan tarde a una comida, o saben exactamente desde qué lugar llega el auto del dueño; otros la denominan “ansiedad por separación”, que generalmente deriva en roturas y destrozos. O, como dijo poéticamente un tal William Roberts, los animales “están sencillamente atrapados en el tiempo”, porque no pueden viajar a través de él, ya que carecen de los sofisticados mecanismos psicológicos del hombre para dar forma a los recuerdos, lo que vendría a constituir la memoria. O de hacer planes para el futuro, porque para ellos solo vale el presente. La angustia, la felicidad, la satisfacción, e incluso –paradójicamente– la espera se reducen a un instante. El pasado y el futuro están fuera de su alcance, y eso me hace pensar que quizás allí radica la alegría a prueba de balas que los caracteriza (literalmente en el caso de Diablo).

Pero lo más importante –y pienso que esa es la razón principal por la qué queremos tanto a nuestros perros– es que ellos apelan a algo que nosotros perdimos hace mucho tiempo, olvidado quizás en el largo proceso evolutivo de socialización que hemos experimentado cuando nos hicimos “sapiens”. Y es que ellos sencillamente no piensan sus relaciones de forma utilitaria, de intercambio mercantil. Es decir, no se preguntan, por ejemplo: ¿qué gano y qué pierdo estando con vos?, ¿me satisfacés?, ¿me iría mejor sin vos? En definitiva, no actúan en términos de superávit o déficit, o de conveniencia, para decirlo más “humanamente”.

Para los perros, en cambio, pareciera ser que la felicidad no está en el cálculo sino en la lealtad, en vivir el momento, en la gratitud y el amor desinteresado.

Aun ejemplares como Diablo, solitario y esquivo, se las ingenian para comunicarse y enseñarnos esos valores todo el tiempo, sin necesitar –como afirmaba Wittgenstein– de la palabra.

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