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UNO de Corazones: Joaquín y Eugenia

"Charlamos sin parar durante casi dos horas y luego me acompañó hasta la puerta del hostel". Una historia que comenzó en Roma y espera concreción en Montevideo

Sábado 22 de Agosto de 2020

Habíamos llegado a Roma hacía dos días junto a mi amiga. Por fin estábamos cumpliendo nuestro sueño de recorrer Italia y España, tras planificar el viaje durante casi dos años. La capital italiana era el último destino de nuestro viaje.

Esa mañana de sábado, decidimos ir a conocer el Vaticano, así que tomamos el metro cerca de la Termini, a dos cuadras de donde estábamos parando y descendimos en Ottaviano, que era lo más cercano según nos explicaron en el hostel. Así, nos dirigimos caminando hasta la Plaza San Pedro, siguiendo la enorme cúpula en el horizonte.

Cuando llegamos, nos topamos con un mar de gente. Era un día de sol radiante en abril, los primeros calores romanos y muchos turistas recorrían el lugar. Vimos una muralla enorme, y del otro lado, Ciudad del Vaticano. Queríamos entrar a los museos y a la basílica, pero no entendíamos bien cómo.

En la calle lateral estaba repleto de sucuchos que eran agencias turísticas, y en cada puerta, alguien ofreciéndonos sus servicios como guía. Apabulladas, nos cruzamos de vereda y decidimos mirar con atención, para tratar de decidir qué hacer. En cierto punto, vimos a alguien con una camiseta de la Selección Nacional estrechandole la mano a uno de los guías en la puerta de uno de los sucuchos, así que pensamos que podríamos unirnos a ese tour. Ver a otro argentino cerrar trato con el de la agencia fue lo que nos decidió. Así que volvimos a cruzar la calle y nos dirigimos al hombre con la camiseta celeste y blanca, para preguntarle sobre las ventajas del tour que acababa de contratar. Pero grande fue la sorpresa cuando nos enteramos de que no se trataba de un compatriota, sino de un alemán, que apenas sabía dos palabras en castellano y una de ellas era Messi, de quien era fanático. Pero enseguida nos salió al cruce el guía, que nos habló en un castellano perfecto –sí, distinguiendo las z de las s– y nos convenció, ya que el precio era bastante accesible.

Así que cerramos el trato y el muchacho nos acompañó hasta donde estaba el resto de los hispanohablantes que iban a hacer el tour. Saludamos y descubrimos que eran todos españoles, excepto uno, en cuya tonada percibimos un tono familiar. Así que nos ubicamos junto a él y empezamos a conversar: otra vez estábamos equivocadas, era uruguayo. Enseguida pegamos onda y empezamos a comentar nuestros planes de viaje, de dónde éramos, nuestros intereses. Él era muy simpático, estudiaba arquitectura en Montevideo y estaba recorriendo Europa para ver de cerca varias de las obras arquitectónicas que había estudiado en la facultad. Me resultó ocurrente y la mejor compañía para semejante tour, ya que nos iba mostrando el lugar mejor que el guía.

El recorrido duró unas dos horas, sin embargo se nos pasó volando. Cuando salimos, los tres fuimos a tomar un gelatto y después nos despedimos, no sin antes intercambiar teléfonos. En el camino de regreso, mi amiga me hizo notar que él –llamémoslo Joaquín– quería en realidad mi teléfono, si bien nos los pidió a ambas, por pura educación. Le dije que nada que ver, que estaba exagerando, y ella solamente me sonrió: “Ponele”, me dijo.

Esa misma noche, cuando volvimos al hostel y nos conectamos al wifi, me llegó un mensaje de él. Era una selfie suya, frente al monumento a Vittorio Emanuele. A lo que le respondí con una foto que me sacó mi amiga, devorando con ganas un pedazo de pizza en plena calle, con el Ponte Garibaldi de fondo. El retrucó con un emoticón de corazón. Eso fue todo lo que necesité para confirmar lo que me había sugerido mi amiga.

Pasaban los días, y con mi amiga seguíamos recorriendo la ciudad, el Coliseo, Trastevere, algunas de las catacumbas, y otros lugares hermosos. A la noche, era el momento del resumen fotográfico de nuestras respectivas jornadas con Joaquín. El día antes de partir, con Joaquín decidimos encontrarnos una última vez. Algo tranqui, y breve, como para despedirnos y no dejar a mi amiga en banda durante mucho tiempo. Así que optamos por ir a tomar un gelatto frente al Teatro Dell’Opera, a dos cuadras de donde nos hospedábamos con Agu, mi amiga.

Charlamos sin parar durante casi dos horas y luego me acompañó hasta la puerta del hostel. Cuando íbamos a despedirnos me dio un beso. Un beso en la boca. Y después me abrazó. “Ojalá sigamos en contacto, Euge”, me dijo. Le di otro beso, uno más cortito, y subí a la habitación, donde mi amiga me esperaba ansiosa por saber más detalles.

De regreso, apenas tuve señal en el celular, le mandé un audio contándole que habíamos llegado bien. Él me envió otra foto suya, pero ya desde Florencia. “Voy a extrañar tus selfies raras”, me dijo. A lo que le respondí que no necesitaba estar en Italia para sacarme fotos bizarras.

Y así fue, durante un buen tiempo seguimos intercambiando fotos bizarras frente a monumentos o paisajes naturales. Tengo un par de fotos suyas haciendo gestos raros frente a la Torre Eiffel, otra en un viñedo de ensoñación en algún punto de la Toscana. Y una en la Plaza Independencia, en Montevideo. Él tiene un par de fotos mías comiendo cosas frente al obelisco, otra sorbiendo un tereré junto al cartel colorido a la entrada de Gualeguaychú.

Por el momento no nos hemos vuelto a encontrar, pero ya estoy planificando mi próximo viaje para cuando termine esta bendita pandemia. Destino: Montevideo.

Esta historia fue enviada por M.E.G.. Vos también podés compartirnos tus historias de amor y desamor a nuestro correo electrónico: unodecorazones@uno.com.ar.

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