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UNO de Corazones: Ella y Él

Un amor en la tercera edad (parte 2)

Sábado 23 de Mayo de 2020

El mismo día Ella le contesta con un e-mail que parte del contenido se reproduce: “Sin duda, creo que va a ser un año ‘especial’ para mí, mis proyectos de vivir una nueva etapa quemando el ‘saldo’ y… Me parece una señal positiva, inesperada, el reencuentro con un viejo amigo con afinidades y recuerdos comunes. Ojalá este vínculo nos ayude a estar motivados, despiertos, al mundo y sus circunstancias a veces asombrosas. Y a seguir en la huella como venga ¿Es mucho pretender?”

“Nuestras capacidades adquiridas nos dan ventaja. Podemos interpretar, disfrutar de lecturas, de aparatos como este de los mails y aún con voluntad, del maldito celular nuevo…”

Bueno… dijo Él, el empujón que le faltaba para definir la labor del torero, Ella se lo había dado servido en bandeja. La infantería, fuerza de choque, había recibido la orden de atacar, lo haría y sin miedo a perder la batalla.

Lo principal está por llegar. Eran días agitados para los dos, pero el que tenía que dar el paso final era Él. Y así fue, que, en uno de los encuentros, con el pretexto del café, le expresó que se había llegado a un punto en que, a esta edad, no se podía perder más tiempo, seguir flirteando era una tarea vacua, sin sentido y que se acercaba, pero ya y ahora, el encuentro cara a cara y cuerpo a cuerpo. Ella comprendió perfectamente el mensaje, que, por otro lado, no era de alta abstracción y aceptó sin inmutarse.

Salieron y en el auto de Él se dirigieron al Palacio del Placer (en adelante PdP por el telo). Él eligió el más alejado del centro, el que se dice Very Important Person. Fácil es inferir que ambos se encontraban muy nerviosos esperando el desenlace con que la nueva realidad los enfrentaba en un desafío con consecuencias impredecibles por muchas razones. Con posibles desencantos, o no, en cuatro paredes, mudas testigos de algo innovador para ella y que le cambiaría, al menos temporalmente, su cosmovisión al tomar la decisión de asistir. Recordaba que la paciencia es un árbol con raíz amarga, pero con frutos dulces. Se aproximaba la recolección. Ella había leído mucho sobre la sexualidad. El Informe Masters & Johnson, el Kamasutra, pero sólo lectura.

Además “ese” lugar –el PdP– era algo al que nunca había ni siquiera imaginado pisar. Pero era el único al que podían acudir sin testigos aparentes. No quedaba otra, pero a la vez era tentadora para aquella oportunidad con que soñaba pero que más se parecía a una utopía, corriente de aquellos estudiosos de fines del siglo XVIII. Sus pensamientos la habían llevado a esa cama clandestina, marginal, que compartiría con ese hombre, desconocido hasta entonces para esos menesteres, ya casi olvidados porque el tiempo se los frizó. Pero ya estaba arriba del ring esperando el sonido del gong. Entrar en ese lugar oscuro, abrazarse y comenzar a quitarse la poca ropa que el verano exigía, fue algo realizado al unísono como si fuese una repetición acordada: “Soy libre. Nadie me manda, me prohíbe, me acota, en fin, me asfixia”. Se ha dicho que no existe la libertad, pero ahí la sintió. Navegaba por su torrente sanguíneo. La estaba experimentando después de tantas décadas en que se le había escapado como arena entre las manos. Era feliz. Buscaba otra cosa y la encontró ese día, en ese lugar, con ese “negro”.

La breve estadía de dos horas transcurrió dentro de un entendimiento que dejó a los dos muy conformes. Mutuo respeto, delicadeza, finura en el trato…No hubo sorpresas de ninguna especie. Salvo para Él que admiraba la energía, las ganas que ella ponía en que los dos alcanzaran lo que de antemano se habían propuesto y que quedaba patente, como en la secundaria, “alcanzó satisfactoriamente los objetivos”. El goce de estar juntos los hacía viajar por ese túnel del placer que parecía no verse la luz al final. Tomaron un café, Él la abrazó como era su deseo (siempre postergado por décadas) y soportó, sin chistar, el abundante sudor que de Ella emanaba. Pero era un detalle menor. París bien vale una misa. Cada caricia, masaje o beso es como una palabra que se le dice al otro, según B. Literat. Flotaba en ese contexto oscuro “cuándo se repetirá” pero sin palabras. Estaban en el día 21 del segundo mes del año 20….

Estos choques entre dos abuelos suelen exhalar temores, miedos, sorpresas desagradables y un sinfín de emociones. La presunción del fracaso suele sobrevolar el ambiente. Pero éste, que era el primero, resultó una suma algebraica de resultado positivo. Él llamó para que le pasaran a cobrar y se marcharon hacia el centro y luego cada uno para su casa. Ella nunca le comentó qué pensamientos se le agolparon en esos kilómetros de regreso y luego en la noche al encontrarse sola, como de costumbre, pero con una batalla librada y ganada con comodidad. Lo que seguramente la habrá hecho feliz, en ese rozar de pieles y de genitales que desde décadas atrás no experimentaba, es el haber recibido el respeto que toda mujer se hace acreedora, pero particularmente Ella que había alcanzado el tan esperado clímax de su vida adulta y que su accidentada vida en común le había negado en su matrimonio.

Él registró una conditio sine quanon: “Tenemos que ir con tu auto, con el mío no, que todo el mundo lo conoce”. Aceptó calladamente porque “fue terminante en la ‘prohibición’ de ir a ‘ese lugar’ con su vehículo”. A pesar de haber vivido con prohibiciones en todas las esferas de la vida, ahora libre, a las prohibiciones las imponía Ella. Detalle menor para Él en esas felices circunstancias, que se presentaban con final abierto. ¿Múltiple choice?

La locura continúa: luego de ese primer encuentro en el PdP aquel 21 llegó el segundo el 24 de febrero. Demasiado rápido, tal vez, pero Él estaba dispuesto a que se continuase y Ella no deseaba dejar pasar oportunidad tan placentera como la que había experimentado, a la vez que debía tratar, en lo posible, de poner su cuaderno de deberes sexuales al día, que registraba un considerable atraso. Décadas acumuladas.

Comenzaban a surgir comparaciones. “Sos un boy scout, siempre listo”. Hay piropos y halagos que despiertan una sonrisa y se asemejan a una caricia. Lo de siempre listo era algo innato en cualquier hombre de los llamados normales, pero reconocía que algo de razón tenía. Necesitaba el sexo siempre, pero esta vez se unió sexo con instrucción, cultura, no experimentado antes. Era como pasear por las galerías del placer dentro del castillo que representan el encéfalo y el córtex frontal.

Luego de varios encuentros en el Very Important Person comenzaron a frecuentar uno más cerca, cuyo nombre proviene del sur de América del Norte. Allí se repetían encontronazos que los dejaban deslumbrados entre esas cuatro paredes, que, con el aire acondicionado, hacía llevadero el clima, el calor reinante afuera se hacía insoportable. Ello no era inconveniente para ser fieles asistentes de ese lugar al que llamaron PdP. Ellos eran un individuo, o sea, algo indivisible, único. Vivían envueltos en una nube de mutuo agrado, los dos usaban la máscara de la felicidad de estar juntos, aunque sea esas dos horas en el lugar elegido. Hotel, ni pensarlo. Había que registrarse. Había que dejar las menores huellas posibles. En una oportunidad Él le propuso ir a las termas cercanas y que cada cual se alojara en un bungalow. Que uno de los dos se pasase al del otro el tiempo que estimasen necesario. Pero otro rotundo NO se hizo oír. Otra vez chocó con una prohibición inesperada por parte de Ella. Sabía imponerse.

Cuentan los duchos en ir a ese lugar que alguna vez olvidaron algo. Una vez Ella olvidó un anillo de acero quirúrgico. Pero no volvieron.

Cada uno tiene su verdad, se ha dicho como frase hecha, pero en cada encuentro, ya sea en la confitería o en PdP, esas verdades se fundían y por ese lapso era una única, real de la que destilaba el elixir del placer. Sin enojos, sin gritos, sin contradicciones vivían esa especie de romance que a Ella un día le hizo decir: “nosotros somos amigovios”. Le faltó agregar: “¿Hasta cuándo? ¿Hasta el próximo exabrupto de ira? ¿Hasta la próxima prohibición? ¿Hasta el próximo mal entendido?”. Pero en ese entonces estas preguntas eran preguntas redundantes. Nunca se daría ese evento, que podría transformarse en acontecimiento. Los encuentros con café de por medio les había tendido una mano y la intimidad la otra.

Pero todo llega en la vida, tanto lo bueno como lo malo. De ahí que cuando nos toca alguna mala, debemos preguntarnos: ¿Y por qué no a mí? ¿Acaso no he tenido buenas? El disfrutar los padres que tuvimos, el casarnos (¡quién no estuvo ilusionado!), el título tan ansiado que nos permitía ser “doctores”, la llegada del primer hijo y así como dicen en matemática tiende a infinito.

Ellos no sabían, o por lo menos Él lo ignoraba. Se aproximaba un frente de tormenta y que el May Day llegaría. Pero este tema será para más adelante.

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