Yo Cuento
Domingo 27 de Mayo de 2018

Un retrato de Pelusa

Ya nadie quería acercarse a Pelusa; porque en el fondo no sabían si estaba loca o muy, muy frustrada.

Por Roberta Perfumo

Pelusa murió sin haber conocido París ni el amor verdadero. Un aneurisma le estalló mientras atravesaba el pasillo que separaba el baño del dormitorio. El coágulo de sangre no tuvo piedad. Harto de esperar en la arteria a que algo interesante ocurriera, decidió marcar el acontecimiento más importante en la vida de esta mujer: su muerte.

A Pelusa no le entusiasmaba morir, pero durante décadas no hizo un solo esfuerzo para que su vida valiera el gasto de oxígeno. Décadas atrás, un espíritu cándido y una carne tersa recién salidos del colegio de monjas no hubieran imaginado que la muerte les sorprendería exactamente 50 años más tarde. Mucho menos, que su acto final sería una deposición ejecutada de madrugada en el baño de una casa solitaria en el Barrio Ferroviario.

Antes, ella soñaba con París y el amor verdadero. Un galán engominado la llevaría a la ciudad de las luces y –a fuerza de Torre Eiffel y romance con acento– hallaría una felicidad estática, un goce de postal.

Pero el galán de pelo lustroso nunca llegó y su lugar fue ocupado por un petiso sin demasiadas aspiraciones, poseedor de una estampa ligeramente tortuguezca que se acrecentaría con el correr de los años. No la llevó a París. Durante dos décadas vacacionaron en Santa Teresita y Colón. Hicieron, además, un par de viajes a Buenos Aires por cuestiones de salud cuando ambos entraron en la madurez. Mais Paris, jamais.

Tuvieron dos hijas tan agraciadas como el padre. Y, más tarde, dos yernos que se asemejaban al suegro en su insipidez. Para ese entonces, Pelusa ya no pensaba en París, ni en lo que había imaginado que era el amor. Solo pensaba en amarretear y sacar ventaja, como para tener alguna emoción en la vida: un día hizo una pastilla de jabón con los restos de otras pastillas usadas; otro le cambió la etiqueta a un pedazo de queso cremoso en el supermercado y salió airosa; una tarde le cambió las pastillas de la presión por pastillas de azúcar a su tortuguezco compañero de vida y este no lo notó. Al menos, no lo notó enseguida.

Pelusa enviudó y siguió estando tan sola como siempre. Trece várices surcaban sus piernas permanentemente ocultas bajo un riguroso batón y regían su estado de ánimo, junto a otras pocas variables, entre las que se destacaban la falta de ofertas en el supermercado, el funcionamiento de la máquina de coser y conspiraciones vecinales que elucubraba su paranoia. La misma insostenible paranoia por la cual sus hijas dejarían de visitarla.

Pelusa se ganó el título de "la vieja loca del barrio" la tarde que casi deja pelada a su vecina luego de que esta viniera a rescatar a su pequinés, que fue molido a patadas por Pelusa tras osar levantar la pata junto a la rosa china de su jardín.

Ya nadie quería acercarse a Pelusa; porque en el fondo no sabían si estaba loca o muy, muy frustrada.

Después de coleccionar algunas otras anécdotas menores durante años, una noche de invierno, Pelusa murió. Nunca supo nada de París, ni del amor verdadero.

Yo Cuento es un espacio que Diario UNO de Entre Ríos ofrece a sus lectores radicados en la provincia, para que puedan publicar sus cuentos o relatos originales. Los textos deben tener una extensión de entre 700 y 1.200 palabras. Deben ser enviados al correo electrónico lactis@uno.com.ar, adjuntando una copia del DNI (obligatorio) y número de teléfono. Lectores, ¡a escribir!

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