Secciones
Diálogo Abierto

"Un poco de talento tuve, porque no me salió tan mal"

Desde el pintoresco y recordado Pocho Fontelles hasta el recuerdo emocionado de la excepcional Verónica Kuttel.

Domingo 05 de Julio de 2020

Hace 30 años que tomó de sus manos a su circunstancial compañera en La taberna romana, una vieja casona de calle Urquiza donde Pocho Fontelles mostraba e impartía conocimientos sobre su virtuosismo en la danza. De ahí en más, el admirador del post punk de The Cure viró sus preferencias hacia la milonga, que llevó a un nivel de excelencia con la formidable artista, Verónica Kuttel. Pablo Medici y algunos apuntes sobre sus 30 años abrazados al dos por cuatro.

Una esquina y el fútbol

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, calle Nogoyá y Ramírez, frente a la escuela Zubiaur, donde viví con mi abuela hasta los 14 años.

—¿Cómo era la zona en tu infancia?

—Lo que más recuerdo es cuando comenzaron a construir la avenida (Ramírez) con dos manos, mientras que la escuela era un chalecito y un alambrado. Donde era la casa de mi abuela ahora hay una heladería; había otra casa con la ochava sobre la esquina, en la cual está el palo borracho, y frente la pizzería Nogaró. Me encantaba esa esquina.

—¿Qué idea tenías del centro?

—Iba la Escuela República de Entre Ríos, así que estaba a mitad de camino. No iba mucho al centro, salvo a veces, cuando caminaba por calle Colón hasta la cancha de Belgrano y de Ministerio, donde mi viejo era dirigente. También estaba el Club Independiente, al lado de la feria, donde mi abuelo era el cantinero. La ciudad era hermosa y un poco se perdió.

—¿A qué jugabas?

—Al fútbol, con los pibes, pero nunca fui un gran jugador.

—¿No imaginabas ser profesional?

—Jugué un poco pero nada serio, porque sabía de mis limitaciones. Mi hermano sí jugó en Primera y lo hace muy bien. Éramos muchos hermanos y había que mantener esas bocas.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi viejo era portero de la Escuela Belgrano, a la noche, y mi madre trabajaba en la Cámara de Apelaciones.

—¿Leías?

—Comencé a leer a los 17 años, mucha Historia. Cuando niño no, ya que vivía jugando a la pelota. Fui explorador del Colegio Don Bosco desde los 12 años, con mi hermano, lo cual fue una formación importante como persona, por la solidaridad. También allí vivíamos jugando a la pelota y las lecturas eran religiosas.

—¿Desarrollaste otra afición?

—Algunas clases de guitarra, pero nada serio.

El francés, una alternativa

—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?

—Historia, Geografía y Francés. Más adelante hice algunas cosas que tuvieron que ver con eso.

—¿Sentías una vocación?

—Quería ser médico cirujano pero la situación económica familiar no daba. Imaginaba reconstruir el cuerpo humano así como un mecánico arregla un auto. Finalmente terminé trabajando en el hospital (San Martín) y estudié en el profesorado de Francés.

—¿Por qué estudiaste Francés?

—Porque no podía estudiar Medicina; era la segunda alternativa, tuve que hacer la colimba y laburar, así que no lo terminé.

—¿Qué te aportó?

—Soñaba conocer Francia, donde no he ido. Después me dediqué a lo artístico.

Pocho Fontelles y The Cure

—¿Cuál fue la primera aproximación?

—En la Primaria hice una intervención con el tema El linyera y fue un éxito bárbaro. ¡No hacía falta que me disfrazara (risas)! Un bailarín amigo que ya no está me decía “los pasos de tango los aprendemos todos pero a veces hay que tener talento”. Yo digo, un poco de talento tuve, porque no me salió tan mal, más allá de que aprendía y entrenaba. Lo del tango es familiar ya que los domingos en la casa de mi abuela materna se juntaban mis viejos y tíos, comíamos, jugaban al truco y a las cinco de la tarde comenzábamos a bailar cumbia. Cuando tocaban tango me quedaba afuera, me copaba cómo hacían los pasitos, y no le encontraba la vuelta a lo del abrazo y el movimiento. Cuando tenía 23 años vi en el diario un aviso de enseñanza de tango en La taberna romana y pensé que con eso podía “cagarlas” a mis tías. Yo tenía la onda de The Cure, Soda Stereo y me pintaba los ojos. Fui, había dos viejos y los dos profesores, Pocho Fontelles y Elsa Ferrari. Pocho me dijo: “Vas a bailar tango y serás una persona diferente”. Comencé a ir una vez por semana, luego dos…

—¿Cómo fue la primera clase con Pocho?

—Lo vi bailar y dije “quiero hacer esto”. Comencé a ir todos los días y no paré más. En ese momento estaba en auge Danes y cuando a los vagos les decía que iba a bailar tango, me decían “no seas pelotudo, sos loco”. Me hizo un poco diferente dentro de mi ambiente pero después me bancaron y respetaron. Estaba enamorado de una chica del profesorado pero ni me junaba. Una vez salimos juntos de clases, le dije que iba a bailar tango, quedó alucinada, más adelante fue a bailar y tuvimos un romance muy copado.

—¿No te hacía “ruido”, teniendo en cuenta tu gusto por el rock?

—Escuchaba de todo. Los sábados a la tarde estaba el programa Solo tango, que mostraba las milongas de Buenos Aires, y sufría porque quería estar ahí. ¡Estaba re loco! Me la pasaba todo el día viendo videos, escuchando, entrenando, buscando música y ropa. Me armaba personajes: Pocho me decía “Argüello” y cuando hicimos un espectáculo con Gerardo Dayub mi nombre fue Aniceto Pardales. Me la creía y hay un loco que todavía me dice Argüello, porque cree que me llamo así (risas).

Un maestro hasta hoy

—¿Cuáles fueron los primeros fundamentos que aprendiste?

—Fueron los comienzos, Pocho te llevaba a los barrios y clubes, y te creías Gardel, hasta que vinieron un tipo de Santa Fe, El Negro Cuello, y otro de Buenos Aires, cada uno con su pareja, cuando yo bailaba con Valeria (Ilardo). Fuimos a comer pizza, pusieron tangos, bailaron los de Buenos Aires y se me cayó la mandíbula, porque era lo que quería hacer. Es mi maestro hasta hoy, (Raúl) El Negro Bravo, quien fue coreógrafo de Mariano Mores.

—¿Por qué te impresionó tanto?

—Por el movimiento del cuerpo, la destreza y la elegancia. Venía a dictar clases a Santa Fe, le caí bien y cuando se iba me dijo “pibe, ¿tenés smoking”? Le dije que no pero comencé a tomar clases ese mismo sábado, junto con Valeria. Antes de eso me había peleado con mi compañera, dejé de bailar durante dos meses pero Pocho me fue a buscar porque lo habían convocado para un espectáculo, fui al Juan L. y estaba el ballet de Nidia (Peltzer), quien me contó sobre el proyecto De Sicilia a la Argentina, con Rubén Clavenzani y el Grupo Caranday, de Maciá. Comenzamos a trabajar, Nidia se peleó con su bailarín de danzas italianas, me preguntó si me animaba, me enseñaron e hice las dos coreografías. Fue en los 90 y me alucinó.

—¿Cuándo te convenciste de que podías hacer una carrera importante?

—Con ese espectáculo fuimos a Italia, al volver me dediqué profesionalmente, fuimos con Valeria dos veces a Cosquín, resultamos finalistas, y formamos la Compañía El Entrerriano, donde además estaban Ramiro Gallo, Luis Barbiero y Martín Vázquez, con la cual laburamos por todos lados.

Reivindicando a los clásicos

—¿Te hiciste eco del tango electrónico y otros estilos?

—Cuando bailaba con Valeria todavía no existía, fue más adelante. Soy un poco ortodoxo porque aprendí con un maestro quien debutó con (Juan) D’Arienzo, en el Chantecler. El tango es una música impresionante y tuvo momentos: primero fue el de la música, en la década del 40, con las grandes orquestas, y cuando todo el mundo iba a bailar, después la poesía, en el 60 y 70 desapareció la danza, aunque siempre estuvo subyacente, en los 80 reapareció con ese gran espectáculo que triunfó en Broadway y que fue Tango Argentino, a partir de cuando comienza la ola de la danza.

—¿Cuáles eran tus referentes?

—Cuando los conocí a Miguel Ángel Zotto y Plebs, de ahí en más casi nada… Siempre busqué ese estilo de baile, mezcla de for export y destreza en el piso, no tan volado. El tango electrónico está bueno pero mi estilo es otro.

—¿Músicos?

—Todas las orquestas de la década de 1940 son impresionantes y escucho todo lo de D´Arienzo, (Miguel) Caló, (Ricardo) Tanturi, (Osvaldo) Pugliese, todos… D´Arienzo es quien hace darle destreza al bailarín. Después aparecieron buenas orquestas como El Arranque, formada en Buenos Aires por Ramiro (Ferrero), Ignacio Varchausky, Martín Vázquez... con quienes laburamos con Valeria y Vero, quien se fue a vivir con Ramiro a Buenos Aires y ahí arranqué con ella, en 1999.

—¿Cuándo entendiste y sentiste completamente la esencia de la danza, más allá del virtuosismo técnico?

—Cuando hicimos un espectáculo que se llamó Tiempos de tango, cuya orquesta estaba integrada por (Atilio) Tito Caramagna, Ramiro, Luis (Sánchez), Martín Vázquez, El Pelado González, en el piano, (Heraldo) Pipi Botta, en el contrabajo, Pocho y Patricia, Valeria y yo. Fue alucinante y de primer nivel, dirigido por Rubén Clavenzani. Sentí que venía bien y que buscaba perfeccionar lo que venía haciendo, que finalmente logré con la Vero.

El espíritu de Verónica Kuttel

—¿Por qué?

—Porque era un bocho. Soy un bailarín empírico que no me formé en ningún lado ni sé contar los compases, entrené y me esforcé porque era mi vida. Pero con Vero aprendí la técnica, a coreografiar y poner los movimientos en determinados momentos de la música. En nuestro primer viaje a Grecia, cuando yo tenía 36 años, era un violín,

—¿Cómo sintetizás la etapa con Valeria y con Verónica?

—Son dos cosas distintas: con Valeria y el grupo aprendí a respetar lo artístico como una forma de vivir, y con Vero fue más profesional, porque era nuestro trabajo, a partir de lo cual fue una forma de vivir. Me levantaba y me dormía con el tango, lo cual, también, me costó muchas cosas. Es lo que mejor me sale y no quiero hacer otra cosa, más allá de que tenga que sobrevivir y trabajar (risas). Si pudiera bailar todo el día, lo haría.

—¿Un momento con cada una?

—Con Valeria, Gallo Ciego y La cumparsita, en el espectáculo Tiempos de tango, y con Vero, Yunta de oro.

—¿Siempre disfrutaste?

—Sí, porque le puse la energía y respeto que se necesitaba; me encantan las tablas porque soy otro y lo hago con mucha responsabilidad, más allá de los inesperados que puedan suceder. Es mi lugar. Después me bajo y sigo siendo el mismo de siempre. No me como ninguna. Con Vero en los ensayos nos sacábamos chispas, por nuestra soberbia (risas), pero nos divertíamos un montón. Para nuestro último proyecto, que quedó trunco, ya que “me abandonó”, hicimos un curso de clown en el cual trabajamos con el tango El huracán, comenzamos a armarlo, nos fuimos de viaje, volvió enferma y partió. Quedó trunco eso y tal vez algún día lo finalice.

—Como homenaje.

—Sí, pero hay que encontrar una Vero…

—¿Cómo elaboraste el vacío artístico que dejó?

—No, no… hasta ahí llegué… Hago cosas para amigos, doy clases y algunas intervenciones. Trabajo con Noelia Bertín pero son cosas más tranquilas, más allá del espectáculo Tangueras, en el cual trabajó Bibi Artazcoz, César Spais y otros músicos. El vacío artístico y personal… (se emociona) la ausencia, Julio, no es fácil…

—¿No te atrajo irte de Paraná?

—En un momento me agarró el berretín de quedarme a vivir en Europa…

—¿No te animaste?

—Mi situación es difícil, porque tengo un par de hijos que estaban acá y otros factores externos. Después entendí que había que ir y venir.

Capucci, Los Guardiola y tías

—¿Te gusta ver bailar?

—Me encanta y todo el tiempo veo.

—¿Alguien que te fascine por lo que hace?

—Eduardo Capucci, porque ha roto con la estructura del abrazo y le pone un poco de humor, y Los Guardiola, porque han roto y renovado al cajetilla. Son distintas búsquedas.

—Al final, ¿bailaste con tus tías?

—Nunca pude. Las saqué a bailar pero ellas bailan el tango liso y yo con corte. Pero soy su ídolo (risas).

“Los jóvenes, en la milonga, descubren un espacio distinto”

Medici destaca el crecimiento del tango como danza social en la capital provincial y explica el por qué de su atracción por parte de los jóvenes.

—¿Cómo ha sido la evolución del tango en Paraná?

—¡Impresionante! Estoy sorprendido porque hay un montón de gente que se dedica. Por ejemplo, Bruno (Chevasco) viene sosteniendo la milonga desde hace varios años y hay maestros. Imaginate la cantidad de gente que pasó por la academia con Valeria y Vero, y yo que hace 25 años doy clases en la Casa Judicial.

—¿Pero hay una correspondencia en cuanto a producción artística?

—Ha triunfado la danza social ya que a la gente le gusta ir a bailar. Si vas a aprender conmigo no es para hacer un espectáculo sino para ir a la milonga. Quienes lo hacemos profesionalmente tenemos que juntarnos y es muy costoso, más allá de que hay muchas ideas. Hay que entrenar, producirlo… vos sabés todo lo que conlleva la producción de un espectáculo y, a veces, no se recauda para compensar lo que se invierte.

—¿Cuál es la falla desde el punto de vista del negocio?

—A veces tiene que ver con la mentalidad empresarial y con lo que querés hacer. Siempre tiene que ver con lo económico.

—¿Qué motivación tienen los jóvenes que quieren aprender?

—Descubren un espacio donde suceden otras cosas. Ir a una milonga no es ir a un boliche: te sentás en una mesita, tomás un vino, podés bailar, descubrís el abrazo, que en un boliche es distinto, van lindas chicas y pasan otras cosas, ya que es otra relación humana.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario