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Un millón de amigos

"...Asumo con hidalguía que debo ser uno más de esa interminable membresía del "Club de Amigos del Flaco Salvia" en el que no se expide carnet, pero que calculo, sin temor a exagerar, debe orillar los cinco mil socios..."

Viernes 07 de Junio de 2019

Tengo un amigo, el Flaco Salvia, que tiene un millón de amigos, o mejor dicho, que conoce a todo el mundo, que no es lo mismo. Una distinción sutil pero abismal a la hora de delimitar sus aristas.

Te lo encontrás en una esquina del centro y en el minuto que te lleva intercambiar las trivialidades de rigor el tipo ya saludó a cinco o seis a viva voz, girando su cabeza como un búho. Y ni hablar si caminas a su lado, porque esa es otra, siempre anda apurado y te pide que lo acompañes aunque uno vaya en la dirección contraria. Meta saludar transeúntes agitando los brazos como aspas, apelando a los apodos –como corresponde con los amigos– o al diminutivo del nombre que también denota confianza o familiaridad: “¡Qué hacés turco atorrante?”; “chau Luisito, no te vi el jueves en la peña, ¡te borraste eh!”, “adiós preciosa, ¿cuándo vas a pasar por el depto a tomar unos mates?” (porque además de amigo de todos, es tiroteador). No hay persona, varón o mujer, joven o viejo, encumbrado o modesto de quien no conozca su pedigrí, con pelos y señales.

Y así, nuestro Roberto Carlos del millón de amigos se mueve en un conjunto de círculos sociales verdaderamente impresionante. Primero los colegas del laburo, de los tres o cuatro que tiene para parar la olla en su oficio, que no es fácil; después los compañeros de los clubes, que es el ámbito por antonomasia para hacer justamente eso: amigos. Y finalmente, la fauna variopinta de las peñas o juntadas de los más diversos ámbitos, eventos gastronómicos pantagruélicos establecidos de manera regular en el calendario y poco orientados a mantener el colesterol en niveles que no sean alarmantes. Y de toda esa gente él es íntimo, como los chanchos.

Al Flaco Salvia le encanta presumir que conoce a todo el mundo, pero más le encanta jactarse de que la mayoría le son tributarios de algún favor o gauchada producto de su inmensa popularidad. Y cuanto más importante es el contacto del que se ufana, más alta es la dosis de adrenalina social que le genera. Vos le contás que estás pensando en hacerte un viajecito a Miami, pero que te acobarda un poco pasar por todo el trámite de la visa, e ipso facto te interrumpe, casi enojado:

—Pero boludo!, el pepe Castillo, ¿lo ubicás?, el empresario de la construcción ese, forrado en guita, somos re amigos de la peña de los lunes, bueno, el Pepe es íntimo del embajador yanqui!, ¡dejá!— y te ofrece su asistencia desmesurada —¡yo te averiguo!

O estás necesitando pedir un crédito en el banco y ahí nomás te notifica, contento como quien canta una flor de espadas, que el hijo del gerente general juega al básquet con su hijo. Y como si semejante vínculo fuera poco, los padres de los chicos se juntan “cada dos por tres” (otro de los tantos adverbios de incomprobable frecuentación amistosa) a comer pescado frito.

Yo asumo con hidalguía que debo ser uno más de esa interminable membresía del “Club de Amigos del Flaco Salvia” en el que no se expide carnet, pero que calculo, sin temor a exagerar, debe orillar los cinco mil socios, a los que trata infructuosamente de congregar una vez al año en ocasión de su cumpleaños. Desconozco si en su fuero íntimo él hace distinciones, categorizaciones, priorizaciones o si todos vamos a parar a la misma gigantesca e imprecisa bolsa de sus amistades en sentido amplio. No me molesta, no lo juzgo y lo acepto tal cual como es.

Lo que en realidad motiva a la reflexión, lo que intriga es, como siempre, la curiosidad antropológica, el saber qué hay detrás de ese deseo tan frecuente (que no sea una explicación frenopática, claro) de “querer ser amigo de todo el mundo” que observamos en tanta gente. En el caso que nos ocupa, pienso que si hurgáramos un poco en la psiquis de este personaje íntimamente inseguro y un poco fanfarrón nos encontraríamos con la sencilla y tan humana necesidad de ser aceptado, reconocido. En el fondo, de no estar solo, como dice la canción de marras: “yo solo quiero cantar mi canto, pero no quiero cantar solito, yo quiero un coro de pajaritos”.

Ambrose Bierce, definió con acritud a la amistad en su célebre “Diccionario del Diablo” como aquella barca lo suficientemente grande para llevar a dos con buen tiempo, pero solo a uno en caso de tormenta, y también más acá, más brutal, pero tan certero como su uppercut, el gran Ringo Bonavena postuló: “pibe, cuando suena la campana, te sacan el banquito y uno se queda solo”. Sin embargo, no es esta una idea de la amistad a la que yo suscriba, como tampoco creo que sea posible tener un millón de amigos.

Lo que sí suele ocurrir es que la gente se atiborra de amigotes para la farra, compinches para la glotonería, compañeros para los hobbies; en fin, de conocidos generosos para el abrazo callejero y la chacota, pero rápidos para esfumarse cuando caes en la mala.

En mi caso siempre fui proclive a lo escaso pero bueno, porque si hay un cliché que se cumple a rajatablas, además del que acabo de mencionar, es el que te sobran los dedos de una mano para contar a los amigos. Pero no los lábiles, los resbaladizos, los que no te atienden el celular cuando sabés que saben que necesitas una mano porque el agua te llega al cuello, sino a esos que te bancan cuando las papas queman, cuando la ayuda que te dan es homérica, que les cuesta un huevo, porque de otra forma no sería ayuda sino caridad, y no es lo mismo.

Mi abuelo Juan, célebre por sus refranes y su admirable poder de síntesis, resumía todas estas disquisiciones con hogareña sabiduría: “un buen amigo es aquel que te ayuda a hacer una mudanza”. Los lectores concederán en este punto que una mudanza de pesadilla, esa que le toca hacer a uno mismo por falta de presupuesto, le pelea el podio a cualquiera de las muchas y muy antipáticas experiencias con que nos riega la lluvia de la vida.

Cavilaba despreocupado sobre este asunto, cuando una calurosísima siesta de domingo en pleno enero sonó el teléfono. Era el Flaco Salvia. Sonaba abatido. Después de cortar me puse un jogging, unas zapatillas viejas y manotié las llaves de la chata que tenía en aquel entonces (una hermosa Chevrolet Brava modelo 69), y marché para su casa, porque para subir una heladera vieja pesada como un tanque de guerra, un lavarropas y un montón de muebles a una planta alta hacen falta dos.

Relato del libro “De pino o roble”, de Wendel Gietz -Edit. Dunken. Buenos Aires, 2017

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