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Aguafuertes y relatos

Un fortín. 1881

"...Aquella madrugada el cielo apareció partido en un furioso contraste, como si supiera lo que iba a suceder..."

Martes 04 de Junio de 2019

¿Y qué han hecho los cristianos, qué ha hecho la civilización en bien de una raza desheredada que roba, mata y destruye, forzada a ello por la dura ley de la necesidad?

¿Qué han hecho?..

(Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles. Epílogo. 1870)

Aquella madrugada el cielo apareció partido en un furioso contraste, como si supiera lo que iba a suceder. Una refulgente banda naranja se asomaba sobre los cerros bajo un techo de nubarrones oscuros y ominosos. La helada, como siempre, tendía su manto blanco sobre el terreno sin respetar piedras ni espartillos; deteniéndose solo ante la orilla del riacho que corría serpenteando cristalino y vital, casi se diría con pudor en ese páramo del desierto patagónico.

De repente un grito retumba en aquel inhóspito paisaje.

–¡Ahí vienen de nuevo!– alerta el recluta Cayetano Castro del Regimiento 11 de Caballería de Línea a su sargento, mirando entre apenado y aterrado el agujero de salida del balazo, un lamparón de carne y huesos destrozados en el costillar de Tocayo, su bayo compañero de los últimos meses. Tumbado, el animal acepta mansamente la muerte aunque todavía patalea. El enemigo, siempre astuto, le pega primero a la caballada.

Cayetano piensa ahora en su Corrientes natal, en su rancho a orillas del Guayquiraró, de atardeceres marrones, rayas e irupés. La leva se lo llevo con veinte años, y la guaina, con dos críos revoloteando alrededor, imploró: “¡volvé negrito!”.

–Yo no me escuendo amorcito, si la patria me llama yo estoy– fueron sus inocentes palabras.

Pero esa vuelta Cayetano tiene miedo, de ese miedo que duele en la panza, que no da tregua. No conoce al indio, nunca lo vio de cerca. Se cansaron de buscarlo, de patrullarlo, siempre esquivo y presente en esos horizontes hostiles.

El pampa sabe que pelea una guerra perdida de antemano, que percibe injusta, incomprensible; lo desconcierta el concepto de exterminio del cristiano, que nunca negocia y que cuando negocia nunca cumple su palabra. Pero el pampa no puede irse más al sur donde lo espera la tundra y el hambre. Solo defiende lo suyo con la feroz tenacidad que le otorga su ancestralidad inapelable. El humilde soldado de línea también intuye eso, aunque no entiende de política ni de límites geográficos, ni de identidad, y menos de derechos, que nunca los tuvo. Su vida fue y es, quizás, más miserable que la del salvaje a quien le ordenan combatir. Ambos, al fin de cuentas, se matan para sobrevivir.

“Esta gente está decidida y son muchos”, piensa amargamente el correntino cuando el piso de la ratonera empalizada en donde vive desde hace tres años comienza a vibrar por el galope de cientos, de miles de patas. Y aquella gente no trae solo chuzas y boleadoras. También hay Winchester del otro lado, armas modernas y letales que cambiaron por cueros y hacienda a los chilenos que comercian en los territorios del Río Negro.

A la reducida guarnición del ejército nacional les habían prometido vituallas, un cañon Krupp de montaña, municiones; uniformes que sustituyan los harapos remendados que visten con esforzada decencia. Nunca llegaron, como nunca llegó la paga.

Los balazos zumban sobre las cabezas de esos treinta pobres diablos. Soldados, civiles, mujeres y algunos niños. Un guanaco prudentemente parado a la distancia sobre una loma observa indiferente esa escena de polvo y fogonazos, tan ajena a su esteparia rutina animal.

Rodeando el rancho con empalizada de Guañacos –porque otra cosa no es– emplazado sobre un afluente del Neuquén, quinientas lanzas del cacique Queupu “Piedra para pedernal” y diez de sus capitanejos perpetran decididos el asalto. Un dato falso dado por un comerciante obligó al jefe de la guarnición, teniente Astrada, a destacar una partida exploradora que redujo aún más el menguado destacamento.

Luego de varias arremetidas y retiradas los escuadrones indios sobrepasan el foso, la cerca de palo a pique y se desata el infierno cuerpo a cuerpo con las cumbres andinas al fondo como testigos inmutables.

–¡Aguanten carajo!, apunten al del pingo blanco, que es de los que mandan– vocifera aun con ánimo el Sargento 2do. Sinforiano Pereira, venido de Mendoza. Pereira sufre doblemente la acometida salvaje: su mujer y sus hijos se acurrucan en un rincón de una tapera que oficia de depósito.

–Y vamos a morir acá nomás mi sargento, éstos no se van sin nosotros. Pucha que no pudimos hacer una vida mejor– se lamenta Cayetano. Aun están frescos en su memoria la fajina y los consejos paternales del suboficial. Se hizo una amistad entre esos hombres sencillos, hermanados en la piojera de ese lugar olvidado por Dios.

Una lágrima de rabia mezclada con tristeza surca su mejilla polvorienta. Recarga el Remington y apunta al malón. “¡Son tantos!” –piensa amargamente–. Sobran los blancos. Elige y dispara. Acierta en el medio del pecho a un guerrero muy joven, casi un gurí, que se sacude por el impacto directo, pero no cae. Se ovilla sobre el lomo del caballo que sigue su galope enloquecido como si éste respondiese a un mandato de los dioses del jinete que se niegan a caer en el olvido.

La precaria defensa es superada. Le pusieron fuego a la comandancia y el oficial a cargo, alférez Boer, es lanceado –ya en el piso– entre varios.

–Hermanito, si te chuzan soplá pa´ afuera nomás, así duele menos y te vas más rápido– aconseja una última vez el sargento a su soldado.

El entrevero final es largo y sangriento. A matar o morir. El inhóspito lugar se altera con el estrépito de alaridos y relinchos. Setenta cuerpos entre atacantes y atacados desparramados lo acreditan después de la batalla. Un exabrupto de la muerte en la estepa solitaria. La única derrota del “huinca” en esta campaña infame.

Para los niños y mujeres solo un destino puede empeorar la fatal oferta del degüello: el de un largo cautiverio entre los toldos. Cincuenta años después Teodolina, la hija del sargento Pereyra e infantil testigo de aquel día, mendigará a las autoridades una pensión por su padre muerto por la patria.

A los cinco días el teniente Astrada regresa al fortín de Guañacos a encontrarse con el silencioso cuadro de la matanza. En lo alto planean soberanos unos cóndores sobre la carroña. En la zanja yacen ambos hombres, Cayetano y Sinforiano, unidos en la muerte. En sus rostros cubiertos por la escarcha se dibuja una mueca amarga y misteriosa: no supieron bien porqué murieron.

Esa misma noche en Buenos Aires, en una velada ante funcionarios y estancieros, un jactancioso y emperifollado General Roca levanta la copa y brinda.

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