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Diálogo Abierto

Un "arte menor" pero lleno de contenido y mucha circulación

Entrevista con la especialista en arte correo Mariángeles Metivié. Asientos contables y pinceles. Artes Visuales, el lugar. Estrategias contra el elitismo.

Lunes 21 de Junio de 2021

El Arte correo surgió simultáneamente en diferentes partes del planeta como protesta contra el carácter exclusivo de determinados circuitos culturales, y en algunos momentos históricos constituyó una eficaz herramienta de denuncia, como aconteció en América latina contra las dictaduras militares. Más allá de la modificación de dichos contextos, continúa manteniendo el espíritu alternativo, sobre el cual la docente, investigadora y museóloga Mariángeles Metivié profundiza en sus distintos aspectos y posibilidades de expresión.

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El hipódromo, tan lejos pero tan cerca

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en calle Nicanor Molina, zona del hipódromo, después viví dos años en Córdoba, donde nació mi primer hijo, porque quien es mi marido estudiaba allá, y volvimos a Paraná.

—¿Cómo era aquella zona en tu infancia?

—Cambió mucho. Un amigo que vivía en el parque se reía mucho porque en el hipódromo había un cartel que decía “Buen viaje” y me decía “nunca fui tan lejos”, cuando está muy cerca del centro. El hipódromo, por cuyas veredas andábamos en bicicleta, provocaba la sensación de estar en las afueras de la ciudad, pero no lo veía así. Iba al Cristo, caminando. Durante unos años nos mudamos a avenida Ramírez, donde hoy es Canal 11, y luego volvimos.

—¿A qué jugabas?

—Me encantaban la rayuela y el elástico. La casa tenía patio adelante y con Belén, una amiga, y otros chicos, jugábamos ahí. También me disfrazaba con la ropa de mi mamá.

—¿Alguna afición?

—Danza clásica, desde los dos años y medio hasta los 16, y luego bailé tango con Pablo Medici; estudié un tiempo francés, fui a talleres de arte y a la Escuela de Artes Visuales, pero en mi casa no me veían la veta artística, sino a mi hermana, quien terminó siendo abogada. Mi papá, todavía, no entiende muy bien qué hago (risas), pero no importa.

“Plata para estudiar arte no hay”

—¿Tu vocación era la danza?

—No me veía como bailarina a futuro. Pensaba ser maestra jardinera; muy influenciada por la mirada paterna terminé de perito mercantil, comencé Ciencias Económicas, me iba muy bien pero mi suegra, profesora de Química, me dijo que mi problema era que “hacía los asientos contables con los pinceles en las manos”. Tenía razón.

—¿Qué materias te gustaban de la secundaria?

—Economía pero me atraían las ciencias sociales. No me disgustaba estudiar.

—¿Por qué dejaste Ciencias Económicas?

—En primer año, porque observé el profesional que se formaba en la carrera y el trabajo, más allá de que las materias me resultaban interesantes. No me gustó. Mi papá me dijo “para estudiar arte no hay plata”.

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—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Eran comerciantes, mi papá vendía libros por las escuelas, con el bono, y los domingos la actividad era doblar los bonos, y preparar los libros y enciclopedias para el lunes.

—¿Alguno te resultó influyente?

—Me encantaban las enciclopedias y recuerdo la de El preceptor, que era a color y con dibujitos. Cualquier cosa que le preguntaba a mi papá me decía “andá al (diccionario) Sopena”.

—¿De qué región es originario el apellido?

—Suizo-francés pero es complicado reconstruir la historia familiar porque no están los papeles de los abuelos que llegaron. Lo más cercano que encontré es una chocolatería de parientes en Francia. Tenemos muchos parientes que son con “r” final.

—¿Tu abuelo llegó aquí?

—Sí, a los ocho años y murió cuando mi papá era chico. La abuela era de acá. Y por parte de mi mamá, Collard, de Villa Urquiza, cuyo origen es más fácil de rastrear porque quienes llegaron sabían leer, escribir y guardaron documentación.

—¿Conservaron tradiciones?

—No; cuando murió mi abuela, la herencia (risas) fue una tabla de picar carne, para mi tía, y una cuchilla, para mi papá. Conseguimos su acta de matrimonio y ahí obtuvimos algunos datos.

—¿Qué hiciste al dejar de estudiar?

—Trabajé en Patuka, en el área artística de Selplast, de secretaria en un estudio y mientras tanto estudiaba por la noche decoración de interiores, de lo cual me recibí, además de hacer otros cursos y estar durante nueve años en el Rotaract. Cuando me fui a Córdoba nos casamos y en la feria de artesanos monté un pequeño negocio en el cual vendía, junto con otra chica, suvenires, muñecos, ajuares para bebés, velas y jabones artesanales y personalizados que yo hacía, además de decorar salones para fiestas. Nos iba muy bien pero lo tuve que cerrar porque tuve un embarazo de mucho riesgo, aunque cosía en la cama, para no volverme loca. Al volver a Paraná me resultó complicado vender lo artesanal que hacía allá y me regateaban el precio. Así que mientras mi hijo estaba en el jardín, iba a Artes Visuales, mi marido me apoyó y el primer año promocioné las doce materias. Era el lugar donde tenía que estar.

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Las vanguardias y un profesor

—¿Te atraía una corriente o artista en particular?

—Sí, al estudiar diseño y decoración se ven todas las corrientes artísticas, y me atraían mucho las vanguardias, desde 1900. En Córdoba hay una movida cultural muy importante, así que visitaba museos, galerías y observaba muchas obras. El arte también se aprende observando, por eso es importante tener el hábito de ver a otros artistas, que era como se aprendía en la antigüedad, viendo a los maestros. Si bien hoy se trabaja en grupos, clínicas y talleres, hemos perdido lo de aprender en equipo, lo cual intento de trasmitir.

—¿Un formador importante?

—Un profesor de Crítica del Arte, quien hasta hoy es mi guía, Hugo Masoero. Estaba haciendo las prácticas para recibirme en la universidad, con otro embarazo y gripe A, ya tenía algunas horas, hablé con él para ingresar a su cátedra y cuando escuché la primera clase flashé, fue descomunal lo que planteaba sobre el arte contemporáneo, sacaba lo romántico del artista bohemio y lo traía a lo que es un artista hoy. Me dijo que se había publicado un libro de Anne Cauquelin que le gustaría darlo en la clase, no se conseguía pero mi suegra lo encontró en Córdoba, y durante dos semanas lo único que hice fue prepararme, porque era un gran desafío por la oportunidad. Cuando terminé la segunda clase me preguntó si quería ser su ayudante de cátedra en la Uader, casi me largo a llorar y fui una de las primeras en la carrera. Sigo trabajando con él y es quien nos mostró e incentivó en el camino del arte correo y la poesía visual.

—¿Querías ser docente?

—Sí, me encantaba; no pensé que me gustaría tanto hasta comenzar, al igual que la investigación, incluso más que el arte por sí mismo y la producción.

—¿La de él fue la primera referencia que tuviste sobre esta corriente?

—Sí, terminando la carrera, porque es un medio alternativo de producción. En aquel momento Artes Visuales tenía un modelo muy conservador, desde Claudio Sanz que enseñaba a dibujar la figura humana tradicionalmente y Norma Muñoz, excelentes profesores pero de la escuela tradicional clásica y dura, lo cual se modificó totalmente.

Redes y correo postal

—¿En qué contexto histórico surgió?

—En la década de 1960, en el ámbito mundial, aunque no se lo pueda ubicar como, por ejemplo, al Renacimiento, que se puede decir que es exclusivamente europeo y de Italia. Nació simultáneamente en diferentes partes, porque es un arte de redes: lo primero que se hace es tejerlas con otros pares y sus postulados son una resistencia a algo. En Estados Unidos uno de sus padres fue Ray Johnson, de los primeros en hacer obras por correo postal, para resistir al mercado artístico y lugares de exposición, donde solo accedía una élite de artistas plásticos, y los demás no tenían cabida. Era tejer redes con el envío de obras por correo para que circularan por otro circuito.

—¿Era una intervención sobre la correspondencia?

—Inventaban una correspondencia.

—¿Por ejemplo?

—Era totalmente experimental. No hay que pensarlo como si fuera la “gran obra de arte”, porque no les preocupaba sino la experiencia de hacer circular su obra por canales no convencionales. Un artista japonés que viajaba mucho se levantaba por la mañana y, desde donde estaba, mandaba a otro en otra parte del mundo un telegrama en el cual decía “estoy vivo”. Solo eso. Todos los artistas fluxus (*) estaban involucrados, hacían cajas de correo con estampillas y sellos falsos, y las exponían para que la gente hiciera postales y las enviaran. Hoy los denominamos “libros de artistas” de fluxus.

—¿Qué otros artistas emergieron por ese entonces?

—En ese momento se intercambiaban correo entre japoneses, belgas e italianos. Guglielmo Achille Cavellini es un artista y referente de esa época, quien hizo una performance en la cual se cubrió de estampillas.

—¿Cuál es el impacto social en el caso del envío de correspondencia artística?

—No les importa; es una pregunta desde el valor comercial, de mercado. Hoy ese aspecto sigue sin importar. Esa etapa fue de experimentación, hasta que intercambiaron tanta obra que, años después, comenzó a mostrarse.

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Las dictaduras y los artistas

—¿Cómo fue el desarrollo por estos lares?

—En América latina fue diferente, porque en los 60 predominaban las dictaduras, entonces era una forma de difundir lo que pasaba con los artistas en Brasil, Uruguay, Argentina y Chile. Hay una historia de arte correo sumamente fuerte.

—¿Por ejemplo?

—Clemente Padín (uruguayo), todavía vivo y con quien hemos tenido charlas increíbles, estuvo preso tres años y los artistas de la región mandaban cartas con estampillas falsas y un mensaje oculto, contándolo.

—¿Y en Argentina?

—Antonio Vigo, uno de cuyos hijos desapareció en 1978, hizo una estampilla con relación a esa desaparición, que enviaba a distintas partes del mundo para denunciar y usando el correo oficial.

—¿Qué modificaciones de las formas de intervención hubo?

—De nuevo estás pensando como si fuera disciplinar, pero no hay disciplina, ya que cada uno utiliza la técnica y el formato que quiere, respetando la temática de la convocatoria. Lo más usado actualmente es el formato de la clásica postal, hecha artísticamente. Igualmente, el correo interviene la obra del artista con los sellos y las estampillas, las cuales se dejan porque la completan. El artista, por su parte, copia esas intervenciones del correo, como sucede con las estampillas y sellos falsos. Hace unos días recibí una foto de un alumno, de un sello que mandó a hacer, igual al del correo solo que con su nombre en vez de decir Correo Argentino.

—¿Qué se denuncia por estos tiempos?

—En marzo del año pasado, por la pandemia, las redes de artistas trabajaron muchísimo para demostrar que no estábamos solos: la italiana Maya López Muro utilizó el correo electrónico para mandar un formato de estampilla con el dibujo de una casita y la leyenda Yo resto en casa (Yo me quedo en casa), a la cual había que agregar el contenido. Yo puse la tapa de diarios argentinos. La convocatoria que tenemos acá es en torno al patrimonio cultural de las ciudades para mostrarlo a la comunidad.

¿Exponer o no exponer,

qué hacer con la cuestión?

—¿Cuándo comenzó la etapa de exposición?

—En Argentina, (Edgardo) Vigo y (Horacio) Zabala, los más representativos referentes llevaban años de intercambio postal y tenían mucha obra de mucha gente. Zabala, ya en la época democrática, quería hacer una muestra y Vigo le decía que no porque “moriría el arte correo”, ya que la idea es que fuera por canales no oficiales, mientras que la muestra debía ser en un museo o lugar similar. Zabala insistió en que toda esa obra no se veía y se perdía, hasta que llegaron a un acuerdo de hacer “la primera y última muestra”, el 5 de diciembre de 1989, si no recuerdo mal. Por eso dicha fecha es el Día Nacional del Arte Correo. En otras partes del mundo ya se habían realizado.

—¿No hay formas de conservación, porque se puede perder mucho?

—En Uruguay, por ejemplo, la Universidad de Montevideo generó un espacio en su biblioteca del archivo de Clemente Padín, quien lo donó para su conservación. Aquí, Vórtice Argentina, tiene “la barraca vorticista”, el primer archivo grande que hubo, con exposición permanente.

—¿Hubo aproximaciones a los circuitos formales de exposición?

—Hoy las resistencias son hacia otras cosas y continúa siendo considerado un “arte menor”, más allá de que sea una súper obra, como en el caso de la muestra que hay acá (Museo Hogar Escuela) donde hay una de Hilda Paz.

—¿Hay artistas reconocidos que incursionan?

—Un montón; León Ferrari lo hecho, Juan Carlos Romero, quien además ha escrito libros sobre la temática… Algo propio es que puede participar el gran artista como quien no lo es. En la muestra de acá (museo) hay desde alumnos secundarios hasta una gran artista como Ilda Paz, o italianos y franceses. Es lo que se busca ya que somos todos iguales y todas las postales tienen el mismo valor comercial, que es el costo de enviarlas.

—¿Algo muy original que has visto?

—Hay un artista que manda pedazos de corteza de árboles con estampillas pegadas, para mostrar la flora de su lugar. Hay distintas convocatorias permanentemente.

(*) Fluxus: movimiento de las artes visuales en especial, pero también de la música, la literatura y la danza, cuya máxima expresión fue entre 1960 y 1970. Se declaró contra el objeto artístico tradicional como mercancía y se proclamó a sí mismo como un movimiento sociológico. Fue informalmente organizado en 1962 por George Maciunas (1931-1978) y se expresó en Estados Unidos, Europa y Japón.

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“Me encanta cuando llegan las obras de otros artistas”

Metivié describe su propia experiencia artística y pedagógica, y reconoce la emoción que le provoca recibir las obras de sus pares desde lugares remotos. “Mis alumnos lo hacen con arte digital; hay que ser un artista del hoy”, defienda la investigadora en cuanto a las nuevas herramientas.

—¿Qué te inspira a participar?

—Me encanta hacerlo en todo lo que puedo, porque es una forma de producir constantemente, y me motiva a otras producciones.

—¿Cuál es la mejor vivencia?

—Cuando me llegan obras de otros artistas. De Canadá me llegó un catálogo donde había una obra mía.

—¿Tenés una colección?

—Sí, que algún día expondré, aunque lo hago en clase.

—¿Cómo lo enseñás, teniendo en cuenta las “mentes digitales” y vos hablando de “postales”?

—Actualmente muchas postales son digitales, que se imprimen y mandan por correo postal. Mis alumnos las hacen digitales, directamente, ya que el arte digital está permitido. Las técnicas surgen experimentalmente y hay que acompañarlos, lo cual me encanta. En la carrera hay una materia opcional en dicho sentido y en Diseño vemos, por ejemplo, los video juegos. Hay que ser un artista del hoy.

—¿Cómo justificás hacer una muestra en un museo?

—Surgió de la Red Recuperar, formada por personas que trabajamos en museos y en el patrimonio provincial, la cual se potenció mucho el año pasado frente a los museos y espacios cerrados. Como todo evoluciona, los museos también, y se pueden mostrar que antes no, cuando el arte correo estaba prohibido. Hoy puede estar en este museo histórico, mostrando cómo se expresa la sociedad sobre el patrimonio.

—¿Se puede visitar?

—A través de las redes, en el espacio del Museo Eva Perón, se puede pedir turno, porque las salas son chicas, aunque está abierto de martes a viernes, de 9 a 16, y los sábados, de 9 a 13. Pueden aprovechar el parque el museo y traer el mate.

—¿Y a quien le interese practicarlo?

—Quienes se acercan, generalmente, no tienen experiencia artística, incluso hay niños de cinco años. Y para los artistas es muy motivador y enriquecedor, por el intercambio y los catálogos que se diseñan.

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