Secciones
Diálogo Abierto

Torres: "No me obligaron a prostituirme, lo decidí yo y lo volvería a hacer"

El trabajo sexual como decisión autónoma, en la voz de la representante de las meretrices. "Las feministas opinan desde afuera", sentenció.

Lunes 13 de Abril de 2020

La secretaria general de la delegación entrerriana de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (Ammar), Norma Torres, narró parte de su historia personal, marcada por la orfandad, la pobreza y la violencia, familiar y policial, y que representa en gran medida a la de muchas de las integrantes de dicho colectivo. La dirigente, además de reconocer las conquistas logradas señaló demandas tanto para la sociedad como de carácter institucional.

—¿Dónde nació?

—En Diamante, en un barrio muy chiquito de gente humilde y trabajadora, con ranchitos de barro y techos de paja, calles de tierra, muchos árboles, y donde viví hasta los 12 años. Después, el Estado le dio a mi familia una casita de material detrás del campo de doma, y estuve hasta los 14 años, cuando me casé.

—¿Se fue de Diamante?

—No, fui a otro lugar de la ciudad.

—¿El lugar siempre pareció detenido en el tiempo?

—¡Sí, sí, exactamente, no avanza, quedó estancado! Es una ciudad fantasma y los fines de semana no hay movimiento, salvo cuando el festival y el Motoencuentro. Pude ver cómo se fue desmoronando la barranca, ya que vivía a una cuadra y media del Cristo.

—¿A qué atribuye aquella idiosincrasia colectiva?

—No hay quien la conduzca bien o que tenga un motivo para que crezca. Es una ciudad linda, con muchos espacios verdes y juventud, pero los clubes no tienen vida. La zona donde vivía es un abandono total.

—¿Le atraía algo?

—El movimiento del puerto. Mamá hacía tortas rusas e íbamos a vender allí los fines de semana.

—¿Sus juegos?

—La rayuela, la escondida y las muñecas.

—¿Cómo era su cotidianeidad?

—Íbamos a una escuela de jornada completa desde las ocho de la mañana a las tres de la tarde, llegábamos a casa, juntábamos los palitos de leña para la comida de la noche y a las seis de la tarde teníamos que estar bañados y preparados para cuando mamá llegara. Los fines de semana mataba una gallina o mis hermanos un chancho, para hacer chorizos. Éramos 12 hermanos, yo era la quinta, y nos pasábamos la ropa.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban sus padres?

—A mi papá lo mataron en la isla, era puestero, y mi mamá siempre trabajó de mucama.

—¿Lo conoció?

—Tenía 8 años pero no lo recuerdo porque solo venía los fines de semana a traerle plata a mi mamá.

—¿Quemó etapas por esa muerte prematura?

—Fue una infancia linda. A partir de ahí la vi trabajar mucho más a mi madre y mis hermanos no pudieron terminar la escuela porque tenían que trabajar.

—¿Qué imaginaba ser cuando mayor?

—Tenía un hermano que andaba en política, quería saber de qué se trababa y entonces me metía para escuchar hablar del peronismo, Eva y Perón. Me gustaba esa militancia, cómo ayudaban a la gente y en la adolescencia le ayudaba a pegar carteles o a hacer leche para el barrio. Pero la vida te va cambiando y me llevó por distintos trabajos, hasta que pude desarrollar esa militancia.

—¿Leyó por entonces sobre Perón y Evita?

—No, no. Me gustaba como trabajaban políticamente, nada que ver con cómo es ahora. Había más compromiso humano que político.

—¿Pudo hacer la Secundaria?

—Solo hice hasta cuarto grado.

—¿En qué trabajó tras fallecer su papá?

—Era niñera en alguna de las casas donde trabajaba mi mamá, restregaba pisos con ella y juntaba choclos, porque había que alimentar las otras boquitas.

—¿Hasta cuándo estuvo en Diamante?

—Hasta los 22 años, cuando me separé, volví con mi mamá y después me vine a Paraná con mis cuatro chicos, cerca del Club Universitario.

La violencia del primer novio

—¿Por qué se casó tan joven?

—Por lo de que con el primer novio tenías que salir casada; me fue mal…

—¿Muchas desavenencias?

—No iba ni para atrás ni para adelante. Yo tenía 14 años y el era un hombre de 25 años, con otra mentalidad y forma de ser. Yo tenía todas las ideas del matrimonio hasta que me dieron la primera paliza, me callé, te prometen, y seguís por tus hijos y tu familia.

—¿Sufrió violencia?

—Sí, sí…

—¿Cuándo decidió cortar?

—Cuando me mandó a Terapia intensiva (risas) por los golpes, algunos en la nuca. No era alcohólico ni tomaba drogas y andaba de novio con otra persona. El machirulo existe y seguirá existiendo, lamentablemente. Salí de Terapia, dije “nunca más” y mi hermana me ayudó. Me retiré de la casa y se quedó con todo.

Destino y conveniencia

—¿Cómo fue el contraste al llegar a Paraná?

—Tenía una hermana acá, me consiguió para alquilar, comencé a trabajar en casas de familia, compré todo, hasta que el destino me llevó para otro rumbo, me convino y ahí estoy.

—¿Cuándo trabajó por primera vez como prostituta?

—Tenía 23 años.

—¿Pensó mucho la decisión?

—Mucho, hasta que fui a una esquina a hacer mi trabajo, que lo volvería a elegir. No me rendía lo que trabajaba como sirvienta.

—¿Qué fue lo que más le costó resolver internamente?

—El miedo por no conocer la ciudad, pero quería tener mejor calidad de vida, lo mío y sin patrón, ya que trabajaba en casas de familia. Así que me levantaba a las seis de la mañana, desayunaba, tenía una señora que cuidaba mis chicos, trabajaba hasta las nueve de la noche y volvía. No tenía ni sábado ni domingo.

—¿Cómo fue el primer día?

—Una compañera, que hoy es amiga, me dijo que fuera con un cliente de ella, para que no me pasara nada. Parábamos en la esquina del mercado que estaba donde ahora es la terminal. Fui con esa persona hasta la puerta del hotel y me dijo “no sos para esto, pensalo y buscá nuevos horizontes”, le pregunté por qué y me dijo que yo era “para pelear por algo, porque conocés temas que otras mujeres no conocen”. Fue porque hablamos de política y en qué trabajaba. Me dio lo que ahora serían mil pesos, tres veces más de lo que cobraba. Me fui para mi casa; imaginate, ya tenía para toda la semana.

—¿Continuó reflexionando lo que le había dicho?

—Quedé “carburando”… pero al otro día volví y a la tercera o cuarta noche nos llevaron detenidas. Cuando mi amiga vio el Falcon negro de Investigaciones me dijo “caminá, andate, después te cuento”. Cuando llegué a mitad de cuadra bajaron del auto y me dijeron que estaba detenida “por el artículo 45 y andar de puta”. Le dije que me sacara las manos de encima y nos llevaron a la octava junto con una compañera trans, donde nos sacaron los anillos y la plata que teníamos, y nos mandaron a la quinta, donde éramos casi 100 mujeres.

El inicio de la lucha

—¿En qué año?

—2001. Nos tuvieron 24 horas. Ya venía sucediendo que cada quince o veinte días sucedía, pero a mí no me tenían registrada. Les pregunté a mis compañeras por qué nos detenían y ninguna supo contestar. Pasó y a los 20 días nos volvieron a llevar, entonces le dije a una compañera que había que buscarle una solución, porque nos quitaban la plata y cobraban multas.

—¿Había arreglos con la Policía?

—No, solo que para recuperar la libertad teníamos que pagar. Si no tenías para la multa te dejaban adentro quince o veinte días.

—¿Eran autónomas o tenían patrón?

—No, siempre solas. Las que trabajábamos en la calle éramos las que sufríamos más violencia

—¿Qué hizo?

—Cuando salí fui a hablar con el doctor (José) Iparraguirre para que nos asesorara legalmente y nos dijo que teníamos que elegir a alguien que no cayera cuando hacían las detenciones, porque teníamos derecho a una llamada pero no se cumplía. Me eligieron pero lo tenía que pensar, por mi familia. Una noche hicieron un operativo feroz, justo había salido y cuando vuelvo no me tocaron, me llamó la atención y al otro día cuando las liberaron escucharon que a mí no me podían tocar porque iba a destapar una olla muy grande. A través del doctor Iparraguirre comencé a conocer nuestros derechos y luego entré en Ammar.

—¿Antes de asumir la actividad gremial pensó en cambiar de trabajo?

—Sí, muchas veces, pero tenía que encontrar algo que me diera el doble de lo que ganaba como trabajadora sexual. Hoy quiero que me reconozcan como tal para poder hacer aportes y tener una jubilación digna, como la que tiene un senador, un diputado o un compañero estatal. Si hace 30 años hubiéramos podido hacer nuestros aportes, hoy habría compañeras que cobrarían su jubilación, o una pensión.

Feministas con prejuicios

—¿Qué opina sobre la posición de sectores feministas y políticos en cuanto a que no se puede normalizar algo que se considera una explotación?

—¿Me ves una mujer explotada, esclava y golpeada? Lo de la esclavitud y el proxenetismo fue en épocas pasadas, mientras que hoy tenemos decisión. A una gurisa de 24 años que estudia, no le alcanza y se para en una esquina para yirar ¿le vas a decir que no lo haga? Si quiere llegar a algo y la familia no la puede bancar, es decisión de ella. No se respeta eso. Lo nuestro no solo es un servicio sexual sino que hacemos de “psicóloga”, tía, mamá, abuela… ¿Sabés todos los que vendrán cuando pase la epidemia para que les pongamos la oreja, por los problemas de pareja y económicos?

—¿No tienen diálogo con feministas para encontrar demandas comunes?

—Nunca se sentaron a charlar con nosotros y opinan desde afuera.

—¿Son intelectualmente cerradas al respecto?

—Exactamente, tienen otra postura, que respetamos, pero no quieren conocernos ni dialogar. Tienen un prejuicio. Es lo que te dije, las mujeres nos lastimamos más que los hombres.

—¿Qué le diría a su hija si tomara la decisión de trabajar sexualmente?

—Es su decisión. Mi mamá no me llevó a hacer trabajo sexual. Fue mi decisión.

—¿No hay ningún tipo de explotación en todo el colectivo que usted representa?

—¿A qué le llaman explotación? La mujer que toma la decisión, es propia, y eso tiene que respetarlo la sociedad. No hay ningún machito detrás ni tenemos fiolos. Es de una época en que no teníamos voz ni voto. Si mañana salgo de la mano o abrazada con un hombre, ¡por favor no digan que es un proxeneta, es mi compañero! Las mujeres salen a trabajar para mantener su casa, sus hijos, padres y muchas veces abuelos y nietos. La necesidad es cada vez más grande, al igual que la demanda. Hay compañeras que tuvieron que volver a trabajar por la crisis de los últimos años.

—¿Aquella situación cambió sustancialmente con la modificación de la Ley 3.815?

—Claro, en 2003. Comenzamos a juntarnos para conocernos y ver hacia dónde íbamos. Al final, Montiel, un día antes de irse de la gobernación, me mandó a llamar con Fermín Garay, quien nos informó sobre la derogación de los edictos.

—¿Cómo se reconvirtió el trabajo a partir de allí?

—Cuando se sacaron los edictos nos sacamos a la Policía de encima, que vivía de nosotros con sus cajas negras. Eso nos llevó a organizarnos y, sin querer, nos metimos tanto que fuimos por el reconocimiento. Si aporto al Estado cuando compro algo o pago impuestos, queremos un reconocimiento para poder tener una pensión o jubilación. Hay compañeras que no pueden acceder a un alquiler, crédito, electrodomésticos o clínica privada porque no tienen recibo de sueldo.

—¿Qué se argumenta en contra?

—Que es “insólito” lo que pedimos, no obstante los proyectos presentados. Las compañeras trans, que son más combativas, lograron el reconocimiento de su identidad, pero ¿escuchaste hablar de las trabajadoras sexuales?

—¿Cuántas son en la provincia y en Paraná?

—En Paraná, entre las que trabajan y las retiradas, casi 300, y en la provincia, entre 5.000 y 6.000.

—¿Cómo afecta la pandemia a la actividad?

—No estamos trabajando y respetamos la cuarentena, por eso a las compañeras se les provee lo que está llegando. Estamos apretados y quedaremos debiendo cuentas y alquileres.

Esposos en crisis, escucha y cuando sobreviene el amor

La titular del sindicato de trabajadoras sexuales reveló pormenores de su oficio, en el cual algunas de sus representadas encontraron a su compañero de ruta, y recordó un doloroso hecho de los tiempos de violencia y exacción por parte de la Policía.

—¿Qué se escucha de los clientes en los últimos años, comparado con otras épocas?

—Las compañeras cuentan que hay mucha gente con sus parejas rotas y que los matrimonios se quiebran por la economía.

—¿Le pasó tener que escuchar toda una tarde o noche?

—Las de mi edad teníamos una persona que venía una vez a la semana, levantaba diferentes compañeras y nos llevaba para “psicólogas”, a comer, a dar una vuelta y tomar un helado. Todo era para que lo escucháramos, porque tenía muchos problemas con su pareja. Nos contaba todo, pedía una solución y nos consideraba como si fuéramos su pareja. Otro cliente, cuando falleció la mamá, en vez de llorar en el velorio o delante de la mujer, me invitó a tomar un helado, se puso a llorar como un chico, le pregunté y me contó. Ahora es un amigo y cuando necesito hablar con alguien, siempre está al pie del cañón.

—¿Se enamoró de algún cliente?

—Sí, sí… hay compañeras que se enamoraron y formaron sus parejas, y son excelentes matrimonios, con hijos. Cuando llega el amor, no hay quien rompa esa barrera.

—¿Cuál fue la situación más insólita que vivió?

—(Risas)… Siempre hay personas que piden cosas raras; un funcionario provincial de muy alto rango pidió que fuéramos cinco y nos mandó a buscar con el chofer y guardaespaldas.

—¿“Fiestita”?

—No, no, era su propio delirio, estaba solo.

—¿Sufrió violencia mientras trabajaba, además de la policial?

—Nunca, aunque la violencia está en la casa y en la sociedad. En ese sentido las mujeres siempre sufrimos maltrato, incluso entre nosotras mismas. Los hombres entre ellos no se marginan ni humillan tanto.

—¿Lo más dramático o complicado?

—A veces te quedás helada por lo que cuentan las compañeras sobre su niñez y el abandono. Una vez un policía la quemó a mi compañera con agua hirviendo del termo, cuando estábamos detenidas. Nunca lo olvidaré. En invierno, en la seccional quinta, nos echaban agua helada, o se quedaban con nuestros cigarrillos y la comida. En otras provincias, continúan las persecuciones y detenciones.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario