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Tolerancia o incontinencia verbal

Las palabras tienen estrecha relación con la tranquilidad o intranquilidad. Expresadas en "modo apuro" o "modo calmo" siempre se alteran las formas y muchas veces, también los contenidos.

Viernes 22 de Noviembre de 2019

Lic. Mario Sarli/ Psicólogo

psicosarli@gmail.com

Irse de boca es una expresión conocida. Tiene que ver con aquellos que hablan más de lo que debe y refiere, con rigor, que al expresarse de tal manera, no expresa una verdad elaborada, sino que comunica aspectos más primarios del sentir y pensar. Alude también a que se dice aquello que callaría en un estado de tranquilidad.

Las palabras tienen estrecha relación con la tranquilidad o intranquilidad. Expresadas en “modo apuro” o “modo calmo” siempre se alteran las formas y muchas veces, también los contenidos. El llamado estado de tranquilidad, por cierto que resulta conocido y tiene como rasgo esencial, la expansión de las comprensiones, análisis amplio, con incremento de la tolerancia y mayor sentido de la oportunidad para expresarse. Es decir la personas en estado de tranquilidad pueden evaluar qué decir y cómo debido al predominio, en su intimidad, de aspectos serenos, calmos.

Si bien tendemos a buscar el estado de serenidad, justo es decir que muchas veces lo alcanzamos, pero también, en ocasiones, lo perdemos. Secreto intimo que si no se logra descubrir, provoca malestares repetidos, en relación a uno mismo y con los otros. Sabido es que los días en que los “vientos norte” del psiquismo acompañan, cometemos mayores equivocaciones, extraviamos objetos, olvidamos cosas importantes y sobre todo, colisionamos con las personas queridas. Por cierto que también los desconocidos pueden ingresar bajos los efectos de estos “malos vientos mentales” y llevarse las peores palabras (por ejemplo en el tránsito).

Para profundizar con mayor rigor, debemos decir que la tranquilidad es el equivalente al estado de equilibrio que en el plano psicológico, explica que las tensiones psíquicas se encuentran balanceadas. Es decir, se hallan en armonía los niveles de satisfacciones e insatisfacciones. El gradiente de placer está elevado y aquellos ligados al displacer, se encuentran en posiciones ínfimas. Poco aportamos con este concepto. Valioso es preguntarnos ¿que lo conmueve y qué lo modifica? Esta sí es una pregunta que si logramos responderla, nos permite alcanzar más altura. Porque nos remite al autoconocimiento. Proceso éste que si se practica con frecuencia, no entrena para ingresar con más facilidad en los intrincados laberintos emocionales y cognitivos de nuestra propia psiquis. Nos permite recorrer los interiores y allí donde algo es obscuro, la comprensión de nuestros actos, otorga luz y brinda conocimiento. Saber de nosotros mismos, es sin dudas, un aprendizaje que se termina el último día de existencia.

De todos los saberes que procuramos, descubrir el por qué perdemos la tranquilidad, es quizás uno de los más importantes en el procesos de autoconocimiento. Ya que su respuesta nos devela los aspectos más conflictivos o intrincados que todos portamos, y además, ocultamos. Claro que no resulta fácil ingresar a los propios laberintos. Se necesita una llave que abra. Y esa llave es el deseo de saber más de cada uno. Implica como dijimos antes, ejercicio que entrena el reconocimiento.

Si la “pista” que entregamos en este texto es que son las satisfacciones e insatisfacciones las que conducen a la pérdida de equilibrios y el extravío inevitable de la tranquilidad, disponernos a trabajar en los procesos elaborativos internos, se transforma en un impostergable camino a recorrer.

Muchos son los ejemplos que pueden ayudarnos a pensar sobre porque perdemos la tranquilidad. Pero debemos agregarle al lector, otro necesario punto a considerar. Se trata de relacionar los frecuentes hechos del presente que nos conducen a la intranquilidad, con los comportamientos de nuestra niñez. Aunque no sea tan visible, hay hechos vividos y sentidos en nuestra infancia que dejaron “preparado” el territorio emocional para que, frente a circunstancias en las que no se logran los objetivos, surja la frustración y reacción, muchas veces impulsivas, que regala “rienda suelta” a comportamientos que son muy diferentes a cuando estamos serenos.

Las palabras son socias inevitables de estos estados psicológicos opuestos. Ellas expresan lo que sentimos. Especialmente cuando nos rodea la hostilidad, adquieren formato de palabras tersas, hirientes, enojosas, ásperas o crueles, aunque emanen del mismo ámbito donde también nace la poesía y los besos.

Si bien podemos ser más o menos extrovertidos, las palabras bajo el sentir que deja la frustración, los enojos y el inevitable desequilibrio psíquico que acompaña, siempre buscan una salida. Y es rápida, filoso e incisiva. Se dice que bajo efectos de alcohol o enojos, “salen las verdades”. Es debatible y requiere otro texto. Solo diría que la reacción impulsiva hostil, con palabras que lastiman, son primarias. Es decir nacen del proceso más simple de nuestra psicología. Nacen de núcleos arcaicos, donde está excluido el trabajo cultural y los procesos educativos y normativos que contribuyen a conocer los obstáculos y superarlos. Porque admitamos que la cultura, así como nos quita de la naturaleza, también nos otorga las herramientas para que de cada uno fluyan creaciones, persistencia en los proyectos, superación del problema y tolerancia a la espera.

Cuando logramos saber esperar, estamos en planos de mayor sabiduría. Las palabras que desde este estado surge, tienen una musicalidad que se deja escuchar y que también enseña a imitarlas.

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