Capitalismo
Sábado 09 de Diciembre de 2017

¿Todo capitalismo debe ser también racista como aquí?

Al racismo por religión y color de piel se suma hoy la villa miseria, producto d e enemistar al humano con el resto de la naturaleza

Es conocida la convicción de Malcom X de que sin racismo no hay capitalismo.
Para abordar el problema conviene ajustar los conceptos. ¿A qué llamamos racismo?
Digamos primero que el capitalismo requiere de vastos sectores desocupados y subocupados, como amenaza a la clase obrera. Cuando los trabajadores ven una cola de vecinos esperando un conchabo se vuelven menos exigentes ante la patronal. Esa es la teoría. De este modo la patronal logra preservar la plusvalía.
En el mundo globalizado, una sobreexigencia a la empresa puede sacrificarla, y con ella el trabajo, porque siempre hay un lugar por ahí donde abaratar costos, incluso con servidumbre, y a la vez impedir que los propios obreros gestionen. Es que también en el ámbito de la empresa hacen cola para sustituir al otro.
Ahora: el imperialismo, con predominio del capital financiero, ¿necesita aún servidumbre o esclavitud? La verdad es que se maneja con máquinas y pocos humanos. Lo que necesita sin dudas es que las sociedades no molesten sus negocios. De ahí las villas, los barrios, el hacinamiento, con planes sociales para mantener a los sobrantes en cierta calma.
Es el racismo. Lo que en un principio obedeció hace siglos a razones religiosas (católicos contra AL Andalus), y luego a color de piel (occidente contra África y Abya yala), como pretexto para sojuzgar a las comunidades, hoy sigue pero con una vertiente geográfica: racismo por hacinamiento. La opresión de multitudes puestas bajo la línea de lo humano.
De modo que, por una vía o por la otra, el capitalismo lleva de la mano una marca de racismo. ¿Hay excepciones? Puede ser.
Copar luchas
El manejo del dinero permite al capital financiero y sus socios competir sólo ventajas. Las multinacionales ganan aun perdiendo, cosa que no ocurre con la pyme y la empresa familiar, de corto aliento si entran en pérdidas. El valor de una empresa en la bolsa no depende mucho de las ganancias del día. Y cuando los grupos tienen diversificadas las actividades, eso funciona como un seguro.
Es un factor a considerar. Incluso en el sindicalismo es muy común que se prefiera la expresión colonial imperialista, porque paga bien, antes que las zozobras de una empresa familiar o cooperativa. Mal que nos pese.
El sindicalista no se siente responsable de la soberanía alimentaria, la ocupación, la independencia, el común. Entonces mirará sólo la conveniencia sectorial del momento. Si conviene el hipermercado, que venga, que mueran las empresas familiares. Y del resto que se ocupen los demás. Lo mismo con los pooles versus el campesinado.
Antes, eso se justificaba en el sentido de organizarse con la empresa para, en un futuro, instalar una gestión obrera: comunismo. Pero cierto sindicalismo mayoritario se quedó a mitad de camino, y allí gana la empresa y ganan los popes sindicales convertidos en mediadores. Negocio redondo. Ni el país ni los obreros son beneficiados, claro.
Usar las armas obreras para favorecer a unas minorías con el capitalismo, incluso usar símbolos, lemas, es muy común en sindicatos y partidos políticos. Es habitual irrumpir en una plaza al grito "patria sí colonia no" mientras a la vuelta de la esquina los mismos se abrazan con petroleras, dueñas de patentes, banqueros.
Copar las luchas es una especialidad de empresas, corporaciones, partidos. En las asambleas ecologistas y organizaciones similares es un plato diario.
Así es como sectores llamados "obreros" y "ecologistas" terminan hocicando ante grupos multinacionales genocidas y ecocidas que los sobornan a través de fundaciones, de modo que los antiguos "revolucionarios" terminan llamando "filántropos" a sus verdugos.
Es muy obvio. El poder es una máquina que tiene entre sus facultades la mutación. Sus socios menores conocen eso y lo usan a conveniencia. Es habitual, por caso, acusar de "oligarcas" a los que cargan con el estigma de un siglo atrás, y negociar al mismo tiempo con los oligarcas de hoy. ¿Puede uno servir a la oligarquía gritando contra la oligarquía? Sí, y es de uso. Por rudimentario que sea el método, funciona. ¿No es rudimentario el anzuelo, y sigue pescando?

La Biblia
Los mayores racistas se llaman antirracistas. Los siervos de la oligarquía se llaman libertarios. A la Biblia le repugnan estos dobleces, "ay de los que a lo bueno dicen malo y a lo malo bueno", se lee, aunque las iglesias sostienen el capitalismo.
Decíamos arriba que el capitalismo necesita de una masa de desocupados como reserva para el reemplazo, como amenaza. Sin embargo, eso es capitalismo y no necesariamente racismo. Obedece más a la lucha de clases. Los desocupados, subocupados y precarizados pueden ser víctimas de capitalismo y quizá no de racismo.
Es que el racismo requiere de prejuicios y estereotipos y de instituciones que respondan con ataques severos sobre comunidades, como bien lo define el estudioso Ramón Grosfoguel.
Con sus daños sociales, el capitalismo podría no ser racista, aunque reconozca orígenes en la esclavización, el genocidio y el saqueo en África y el Abya yala. ¿Cuándo se consolida como racista? Cuando rompe lazos sociales, oficios, saberes ancestrales para "limpiar" de humanos el espacio, y eso es un proceso reciente. Cuando deja libradas las masas al azar, distanciadas de la naturaleza, y bajo amenaza de desocupación, violencia, adicciones, subestimación, abandonos varios; y cuando amontona a las familias en barrios carentes de servicios, oportunidades de trabajo y cielo limpio.
Visto así, ¿puede el capitalismo no ser racista? Lo dejamos como pregunta, aunque nuestra respuesta sea negativa. Y agreguemos que nuestros pueblos preguntarán algo más: ¿puede el capitalismo cuidar la biodiversidad?

Un fruto esperable
El capitalismo tiene grados de peligrosidad. En la Argentina es hondamente racista. Los cánticos de las barras en el fútbol discriminan pero no alcanzan la categoría de racismo. El amontonamiento sí es racismo, porque ahí es el Estado mismo el que aplasta, y aleja espiritualmente al ser humano de las riquezas naturales y de su ambiente. Si los racistas de ayer cerraban puertas a la libertad, los de hoy cierran puertas a la naturaleza, al vivir bien, a la plenitud.
Ese racismo está naturalizado por partidos políticos, medios masivos, sindicatos, instituciones en general, incluidos los organismos responsables de velar contra el racismo, que nos entretienen con prejuicios y discriminaciones varias y hacen la vista gorda con lo principal.
¿Por qué esa vista gorda? Porque esos organismos son brazos del Estado, y el racismo por hacinamiento es un fruto esperable del Estado argentino desde su nacimiento hasta el día de hoy, y sigue.
Los interrogantes en torno del capitalismo y el hacinamiento pueden despertar otros mundos, y no sólo una alternativa. Las recetas mundiales y únicas son otra herencia del eurocentrismo que naturalizamos.

La Patagonia
En la Argentina el grupo Benetton posee más de 900 mil hectáreas, la familia Menéndez más de 700 mil, el grupo Walbrook más de 600 mil, los Elsztain, Báez y Sapag más de 400 mil cada uno, Heilongjian y Pérez Companc unas 300 mil cada uno, y hay una veintena con más de 100 mil hectáreas. Con una treintena de nombres superamos toda la superficie productiva de Entre Ríos, más de 5 millones de hectáreas.
En proporción, una superficie así Corea del Sur da lugar a 30 millones de habitantes. (Tiene 50 millones de almas en 9 millones de hectáreas). Ese país con altísima densidad tiene también los santuarios naturales más preciados del planeta.
Para no ir tan lejos, Cuba tendría en proporción en esas estancias más de 5 millones de habitantes.
Los nombres que dimos, en el extremo. Pero Entre Ríos posee también muchas estancias de entre 20 y 60 mil hectáreas cada una. Algunas como estrangulando las ciudades.
Afuera se preguntan por qué, entonces, el hacinamiento. Y lo mismo se preguntan los pueblos originarios. Muchas comunidades han recibido en devolución, tras las masacres, miles de hectáreas. Pero cada familia hacinada es un barbecho para el descontento y el reclamo futuro, con razón. Las heridas provocadas con la guerra desatada en la Argentina por la tierra, y con el triunfo de los terratenientes (apoyados por el Estado por siglos), no sanaron nunca. Cada gobierno trata de hacer la vista gorda y patear el problema para después. Los hacinados, en los rincones más distantes, cuentan en cambio los resultados como se tachan, en la cárcel, los días del encierro. Problemas de salud, alimentos, educación; violencia en sus diversas manifestaciones, adicciones, prostitución, trata; problemas de vivienda, energía, represión, gatillo fácil, miserias diversas: he ahí los frutos del racismo del aquí y ahora contra la raza de los amontonados.
Por eso cada vez que nos frenamos en un piquete, una manifestación por trabajo, casa, tierra, nos preguntamos por qué vías continuará la guerra.
En el Abya yala (América) llamamos Pachakuti a la transformación, el cambio profundo donde lo que está arriba pasa abajo, y viceversa. ¿Podremos mirar nuestros choques del día desde esta concepción? ¿Por qué no escapar de la inmediatez, y conocer el Pachakuti? ¿No tendrá algo para decirnos la Pachamama, si sabemos escuchar?

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