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Cecilia Asensio, psicóloga

"Tenemos que seguir arriesgándonos a pensar, sin fundamentalismos"

Un precoz y poco entendido interés por lo Oriental, ahora orientado a encontrar puentes entre el Psicoanálisis y la meditación.

Sábado 13 de Julio de 2019

La psicóloga Cecilia Asensio rehuye de las definiciones que clausuran nuevas posibilidades de entendimiento, no porque no reúna una importante formación –que acrecienta constantemente– sino porque dice ser fiel al espíritu de los creadores del Psicoanálisis. La también psicopedagoga relata su experiencia con la meditación tanto en lo personal como grupal, los intentos por integrar dichas vivencias con el conocimiento científico y el acceso a la posibilidad de un saber distinto.

Un padre y un movimiento

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en la zona de quintas de Paracao –cuando era casi campo–.

—¿Cómo era?

—Con muchos espacios verdes y baldíos para jugar con los vecinos, construir casas y hacer excursiones; Lebenshon no era asfaltada al igual que las demás calles.

—¿Sobrevivía la actividad de los quinteros?

—Ya no, salvo la familia Balcar, quienes criaban vacas y vendían leche, que comprábamos.

—¿Qué visión tenías del centro?

—Que era lejísimo y una aventura ir, ya que nuestra infancia pasó mayormente en el barrio.

—¿A qué jugabas?

—A la mamá, al colectivo –porque viajábamos mucho en él–, a la maestra, a la guerra –porque éramos como veinte vecinos y primos– pero yo era del “servicio asistencial” (risas). Mi hermana mayor lideraba las “guerras”.

—¿Había un límite del lugar que no podías trasponer?

—Había muchos bares y se veían…

—Borrachos.

—Sí, y mi mamá nos decía que no fuéramos a determinada hora a visitar a nuestros parientes, aunque lo hacíamos solas, caminando, igual que a la escuela.

—¿Hasta cuándo viviste allí?

—Hasta los 21 años. En 2001 ya era Psicóloga y me fui a Gualeguay, donde trabajé en formación de docentes y participé en una ONG ambientalista.

—¿Qué actividad profesional desarrollaban tus padres?

—Mi papá es ingeniero, fue gerente de empresas y profesor universitario; mi mamá, ama de casa. Dedicaban la mayor parte de su tiempo no laboral al Movimiento de Schoenstatt. Él fue quien lo trajo de Córdoba cuando estudiaba, aunque en ese momento no era ni creyente ni practicante, pero tuvo como un golpe de fe. Con otros tres hombres fundaron el grupo, hicieron ranchos para la gente más humilde, el movimiento fue creciendo y mi casa era la sede –así que crecimos rodeados de una comunidad. En el fondo se hizo el primer ranchito, que fue la versión criolla del santuario, el cual todavía está. Mi papá sigue tejiendo vínculos y cuando dejó la actividad laboral se dedicó al proyecto Ruta 127/12, gestado entre Alemania y ONG de acá.

—¿Estaba casado tu papá cuando vivió aquella situación?

—Soltero, se casó, mi mamá se hizo del movimiento, fundó el primer grupo femenino y cuando se casaron fundaron la rama de matrimonios. Fueron años complejos porque él leía la Teología de la Liberación, se formó con (Enrique) Angelelli y nos pusieron una bomba en 1973…

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Terror, Psicoanálisis y servicio

—¿Lo recordás?

—Tenía 10 años y me costó muchos años de terapia poder precisar la fecha, porque pensaba que fue en 1976. Pusieron diez bombas en el auto de mi papá –estacionado delante del dormitorio–, pero solamente explotó una, sino hubiera volado toda la casa. Recuerdo el ruido y el miedo… el terror que me quedó. Fue una de las razones que me llevó al Psicoanálisis, muy tempranamente. Él tiene una gran biblioteca y allí encontré libros de grandes pensadores del siglo XX, entre ellos a Marx y Freud. No sé qué habré entendido a la edad de doce o trece años, pero dije “quiero hace esto”.

—¿Previo a esas lecturas sentías una vocación?

—Lo social, trabajadora social, enfermería, atenta a los otros… En el movimiento había un licenciado en Ciencias de la Educación –Héctor Ramírez– con quien siempre hablábamos, me preguntaba qué quería ser y me ayudó a pensar, así que tuve claro que quería ser psicóloga. Pero cuando terminé la secundaria mis padres tenían miedo de que viajara a Rosario y tampoco estaba decidida a irme, estudié Psicopedagogía y después de muchos años hice la carrera de Psicología, en Rosario.

—¿Tuvieron que mudarse?

—No; comenzó una etapa muy complicada en lo económico porque mi papá decidió irse de la fábrica donde era gerente, se quedó con las horas universitarias y como decano de la Universidad Católica. Con su grupo se fueron a la Abadía del Niño Dios a gerenciar la actividad económica, así que estábamos separados de lunes a jueves. No entendía por qué si mi papá era bueno, le hicieron daño.

—¿Qué otros libros leíste de la biblioteca de tu padre?

—Muchos, de los cuales también muchos fueron enterrados, quemados o llevados a la casa de mi abuelo –un ser muy particular, fundador del Club Paracao, el Club Español y del Centro de Almaceneros–, quien vino de España escapando de la hambruna.

—¿Cuáles fueron los primeros influyentes?

—Se leía de todo: la Colección Robin Hood, la de Agatha Christie, literatura universal, y nos enfatizaban que lo que se comienza, se termina. Comencé El idiota, no entendía nada, pero lo tuve que terminar; Sartre… junto con literatura religiosa.

—¿Qué primera cosmovisión hiciste con todo eso?

—La religión católica practicante era parte de nuestra vida cotidiana, la vida era estar al servicio de otros y de su sufrimiento, lo comunitario y mucho servicio, en lo cual se descompensaba mucho…

—¿El cuidado de uno, lo individual?

—Claro, la mirada estaba siempre puesta en la causa.

—¿Qué materias te gustaban?

—Historia, Filosofía –con la profesora Florenza–, Geografía y Literatura. Éramos muy estudiosas, fui a la Escuela Normal, fue una muy buena experiencia –por la diversidad– y leíamos un montón.

—¿Qué pensabas que era la Psicología antes de estudiar?

—A la Psicología me llevó la búsqueda por entender el sufrimiento y el dolor –generado en la historia o interacciones de cada sujeto. Es la misma búsqueda que tengo ahora, entenderme y hacer algo para otros.

—¿Militaste políticamente?

—No, mi papá nos hacía pensar y todos seguimos caminos completamente diferentes al de él.

—¿Te formaste en el Psicoanálisis como corriente general?

—Sí, y sigue siendo mi búsqueda porque es una teoría y práctica muy potente. Para mí hay dos grandes genios –Freud y Lacan– de quienes se puede seguir aprendiendo, con la dificultad por entenderlos. Vieron más allá de su época e integraron saberes de la suya. El desafío es tomar los nuevos aportes científicos para no seguir reproduciendo lo de ellos, sino avanzar.

Lo oriental y lo cuántico

—¿Y Carl Jung?

—Siempre me interesó lo oriental –aunque no sé por qué–, hace unos años que comencé a leer sistemáticamente y hacer una experiencia que vas más allá de la razón –aunque no la excluye.

—¿Concretamente?

—La meditación, a partir lo cual he hecho lazos con quienes están en la misma búsqueda, como Norma Barbagelata y Ecio Bertellotti (ver recuadro). El año pasado comenzamos a reunirnos con Bernardo Gómez –mi primo, que es físico y trabaja en el Conicet– quien intenta explicarnos lo cuántico. Se están moviendo una serie de cosas en el ámbito científico que nos exigen otras estructuras para pensarlas, y que incluso generan otro tipo de técnicas de abordaje con el padecer del otro. Estoy buscando y todavía no puedo definir nada.

—¿Pensás que al entender lo cuántico se puede entender el todo?

—No hay verdades acabadas; hay búsquedas y caminos que van intentando aproximarnos al misterio de lo que es la vida, por qué estamos acá, quiénes somos, de dónde venimos… Hay respuestas desde lo biológico, lo físico, desde la comprensión de lo humano…

Vida inconsciente y mandatos

—¿Qué desaprendiste cuando comenzaste a incorporar el Psicoanálisis en vos?

—Que uno no sabe nada de uno, que la mayor parte de nuestra vida es inconsciente –lo cual no quita que seamos responsables de eso y ver nuestros actos con toda la crudeza–. Y que hacerse adulto es abandonar un montón de vínculos, lugares seguros, pertenencias y vivir la propia vida –lo cual trae mucha incertidumbre y soledad, para hacerse una vida desde lo singular. Es una paradoja: venimos y somos desde otros, porque fuimos hablados y pensados desde otros, pero la propia vida es salirse de ahí –con todas las marcas de los otros. No puedo ni quiero hacer un borrón, sino integrar desde lo teórico, práctico y desde la vida misma. Con las cartas que nos tocan, se pueden hacer algunas elecciones.

—¿Reformulaste el aspecto religioso?

—Pasé por varias décadas de atea (risas). No me interesa ninguna institución religiosa –más allá de que respeto a quienes necesitan estar en alguna. Sigo buscando lo que no tiene nombre, si hay algo más allá y que nos lanzó a vivir.

—¿Fue una mochila muy pesada, por tu contexto familiar?

—Me demandó mucho psicoanálisis. Su práctica no puede escindirse de la propia experiencia de análisis, como sucede con la meditación. Es imposible. Por eso tampoco me interesa hablar de meditación ni venderla como una herramienta para, sino hacer la experiencia. Tampoco me interesan los resultados.

—¿Recordás un punto de inflexión?

—Hubo hechos, enfermedades y decisiones que me marcaron otros rumbos. Quizás lo más difícil es abandonar pertenencias, porque las instituciones y los grupos generan confort.

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Coherencia heterodoxa

—¿Qué etapas marcarías en cuanto a tu vivencia y comprensión del Psicoanálisis?

—Leo muchas corrientes, si bien en la facultad la mayoría de los formadores eran de la escuela francesa de Lacan. Tuve analistas grosos que me ayudaron a hacer mi propio camino y también busqué gente que me habilitara la no ortodoxia. Por eso no me analicé nunca con ortodoxos, aunque sí coherentes con el Psicoanálisis –que es ser fiel al inconsciente de cada uno. Me han ayudado enormemente a crecer y estar, junto con mucha otra gente. También tuve varias líneas: los primeros años, la escuela inglesa, y hace muchos años que trabajo con una lacaniana sumamente abierta. Logré conocer a Joyce McDougall cuando vino a Argentina –teniendo 92 años–, ya que siempre me interesó lo psicosomático y ella trabajó en esa línea. Tenía una cabeza alucinante y proponía una apertura para trabajar con los pacientes que me encantó. También David Nasio –argentino que vive en París– y tengo contacto con un egipcio que se llama (Mahmoud) Sami-Ali quien creó la Psicosomática relacional, en la cual postula una unidad entre mente y cuerpo, y habla del alma –lo cual le costó la expulsión de varias universidades de Francia. Es muy interesante su abordaje de las personas que presentan patologías orgánicas.

—¿Mantenés tu análisis?

—Sí, siempre, porque trabajo de esto, la vida es dinámica y hay acontecimientos novedosos. Es un lugar que me permite pensarme.

—¿Siempre encontrás eso?

—Sí, y también hago otras búsquedas.

—¿Te has enojado con el Psicoanálisis?

—Sí, claro, pero pienso que no sirve, y he cambiado de analista. Hay algo que es el inconsciente, lo otro son las versiones de cada uno. Hay tantos analistas como es cada uno. Me voy de los lugares donde se diga lo que hay que pensar.

—Para fundamentalismos, demasiado con lo religioso.

—¡Claro! Ninguno de los dos grandes padres del Psicoanálisis lo pensaron así, entonces tenemos que seguir arriesgándonos a pensar y buscar. Por eso me interesa lo que dice la Física Cuántica y la Biología. Todos podemos caer en el autoritarismo, en lo religioso y en el dogmatismo, porque es muy humano. El esfuerzo es salirnos, diariamente, de ahí. Quisiera estar despierta si caigo en esos lugares.

Modo avión e inconsciente

—¿La mayoría de la gente está dormida?

—Sí, se vive en modo avión, porque es más cómodo, se deja dormir pero después hay una aceptación de ese estado. Es fácil caer en el pensamiento de víctima, lo cual es una manera irresponsable de tratarse. Es más fácil llenarse de televisión y cosas procesadas, que preguntarse algo. Podemos hacer que las cosas nos interpelen o no. Los márgenes de acción son pequeños, pero hay margen para poder crear e inventar algo. La vida no es fácil pero hay modos de tramitarla. Es la apuesta.

—¿Cómo definís al inconsciente teniendo en cuenta los aportes que has integrado?

—Es una potencia creadora, también destructiva, y donde hay algo que nos puede conectar con lo que se puede llamar Dios. Pensamos en una dualidad individuo-sociedad pero somos tan llenos de otros y de múltiples generaciones que nos ligan, y también somos singulares.

—¿Ahí entra a jugar la trama de lo cuántico?

—Creo que sí… podría ser… y lo sistémico. Somos, también, otros. Cuántos síntomas o fenómenos se presentan hoy que pertenecen o vienen como una herencia de otros, buscando una salida. Pero siempre está lo que uno hace con lo que aparece y es responsabilidad de cada uno. Con lo que aparece –tanto en el cuerpo como en la trama vincular– uno puede hacerse el tonto o registrar y preguntarse por qué. Desde accidentes o cuestiones que se repiten en la familia, como estafas o robos, hasta enfermedades. Uno puede decir “es una desgracia que me pasa” o “a ver, ¿qué hay con esto?, aunque hay cosas que no se entienden en el momento.

—¿Un caso que te haya conmovido o que te hizo revisar la formación que tenías?

—Recuerdo a cada uno de mis pacientes y cada uno es especial. Los primeros, obviamente, tienen un lugar muy particular porque fueron mis maestros, y sigo aprendiendo. Hubo situaciones dramáticas; me interpeló el caso de un niñito que llegó sin hablar, quien –aunque no me gusta etiquetar– se podría decir que era autista. Fue un trabajo de muchos años que me desafió día a día.

—¿A qué recurriste?

—A todo lo que pude, leí de todo y tuve mucha supervisión, porque es la otra gran herramienta. Y analizar los efectos. Uno trabaja desde el vacío creador, pero hay que ver los efectos.

—¿Y situaciones en tu análisis personal?

—Varias, muchas…

Lo Oriental y la integración

—¿Cuándo comenzaste a hacer más consciente esa búsqueda que mencionabas por lo Oriental?

—Es insólito, porque a los nueve años comencé a escuchar música oriental. No sé por qué. Héctor Ramírez leía y me daba libros, luego dejé porque no sabía cómo asimilar eso (risas)… comencé a practicar Yoga y lo hice durante muchos años, a los 21 años me hice vegana y me hizo muy mal –porque no lo supe hacer–, y luego practiqué Tai Chi –con una discípula de Indra Devi– y me encantó.

—¿Integraste cuerpo y mente?

—En lo teórico busqué la articulación en cuanto a qué habla el cuerpo, y a nivel corporal, hacía aquellas prácticas. La caminata me permite pensar de otra manera y es una práctica integradora. Lo integrador sería la energía y hay múltiples caminos para trabajarla.

“Medito diariamente, pero todavía no tengo conclusiones”

La licenciada Asensio integra un grupo de profesionales que practican la meditación, experiencia en la cual también buscan cruzar conocimientos de sus propios campos y es el marco en el cual recientemente realizaron un encuentro denominado Ciencia y meditación.

—¿Meditás habitualmente?

—Diariamente, a veces en grupo, lo cual tiene una potencia increíble que trasciende sus propios límites. Es un aporte al mundo, sin derribar al otro porque piensa diferente.

—¿Las primeras vivencias?

—De una aridez terrible y de no saber qué hacer ni poder parar la mente. Cada sentada y cada día es único. No sé más que eso.

—¿Una técnica particular?

—Me largué a experimentar. Tengo mi propio lugar, al comienzo necesitaba una guía y ahora no. Me vinculé con un grupo con el cual hicimos un retiro zen, una experiencia difícil porque fueron cinco días de silencio.

—¿Cómo es la actividad con el grupo?

—Con Norma Barbagelata y Ecio Bertellotti –quien tiene muchos años de práctica– y Bernardo (Gomez), nos juntamos a charlar y compartir experiencias que tienen que ver con esto. A principios de este año trajimos a Hugo Mujica, fue un encuentro muy bello, y ahora hicimos otro sobre Ciencia y meditación. Los cuatro venimos de la ciencia y queremos hacer una articulación.

—¿Es abierto?

—Sí, hay determinados días de meditación y cuando organizamos algo convocamos a través de las redes sociales. En agosto o setiembre traeremos a una ex monja, neuróloga y maestra zen.

—¿Hacen una producción o registro de conocimiento y experiencias?

—En este momento no. Estamos buscando integrar algunos conceptos de cada campo.

—¿Cómo te ha modificado en cuanto psicoanalista?

—No lo sé (risas), ni estoy en una etapa de conclusiones. Es una búsqueda.

—¿Te permite acceder a otras formas de conocimiento?

—Creo que sí aunque no lo tengo teorizado. Hay experiencias de acceso a otras realidades. No tiene que ver con la vista ni con mediciones, aunque no lo sé explicar.

—¿El Psicoanálisis es una barrera para eso?

—Hay cierta tensión pero cada vez menos en cuanto a sentir por fuera de. Tengo dos reglas: la honestidad conmigo misma y con quien me consulta. No todo lo puedo hacer ni entender.

—¿Hacés otras formaciones?

—En Constelaciones familiares, música y canto. Y hacer múltiples viajes, como forma de vivir. Meditar también es hacer un viaje, sin artíficos alucinógenos.

—¿Por qué funcionan las constelaciones familiares?

—Ahí aparece lo cuántico; tienen un fundamento del orden de la Teoría de los sistemas, de la Biología y de la Física Cuántica.

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