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¿TE SOY SINCERO?

"Están los otros, esos que te frenan por la calle con el solo fin de aburrirte con cuestiones que no te importan o para fastidiarte aviesamente con algún comentario venenoso, generalmente en forma de chiste sin gracia".

Viernes 03 de Mayo de 2019

Constato diariamente que la calle está llena de gente jodida, o, mejor dicho, que se vuelven jodidos cuando salen, como los automovilistas. En la casa son puro candor. Le dan un besito cariñoso de despedida a la mujer, a los hijos, acarician el perro; pero ni bien se montan en la máquina y ponen primera, experimentan una transformación como el Mister Hyde de Stevenson y mutan en una suerte de bestia vociferante y agresiva que se lleva el mundo por delante.
Con los encuentros callejeros pedestres que tenemos con aquellos conocidos de la vida que uno ve cada tanto sucede algo parecido.

Partamos de la base de que la gente –todos nosotros– en la vía pública nos volvemos alertas, desconfiados, incisivos, escrutadores, curiosos, esquivos, y algunos también insoportables.

Lo que revela aspectos insondables de la condición humana expuesta a la vida en sociedad, interpretación que excede largamente los alcances de este opúsculo anecdótico.

Te cruzás en la vereda con el que se hace el que no te vio y te dispensa, para tu alivio, de una breve parada y una conversación de compromiso. También está el que intercambia un saludo al paso, neutro pero respetuoso (puede haber incluso algún fugaz contacto físico) y sigue su camino; o el que sí se detiene para saludarte y dialogar brevemente con franca amistosidad e interés por tu salud o tus asuntos.
Y están los otros, esos que te frenan, pero con el solo fin de aburrirte con cuestiones que no te importan o para fastidiarte aviesamente con algún comentario venenoso, generalmente en forma de chiste sin gracia propinado como puñalada trapera (que estás gordo o que estás demasiado flaco, más canoso, más pelado, o más viejo) como si uno no tuviese acaso espejos en la casa para darse cuenta de tales realidades.
Pero dentro del nutrido catálogo de estos troyanos callejeros, hay uno especialmente mortificante, cuyo encuentro cercano tuve la desgracia de padecer hace unos días. Paso a narrar.

Yo venía ensimismado, apurado, transpirado, muy comienzo de semana, con la cabeza en veinte cosas, la mayoría de ellas irresueltas cuando lo vi acercarse en dirección a mí por la ancha diagonal de la Plaza de Mayo de Paraná bajo el ardiente azote cenital del mediodía. Aclaro de antemano que el tipo nunca fue santo de mi devoción, para decirlo en criollo y con sutileza. Años que no lo veía. Un viejo conocido de la vida laboral, pongámoslo así.

En esa fracción de segundos pensé en hacerme el sota y seguir de largo, esconderme atrás de la ecuestre figura de monumento al General San Martín, o desviarme unos metros a comprarle una estampita al pobre viejo que, parado en su bastón al lado del banco de los mamertos, renuncia al precio pregonando con ternura: "no la cobro, ni la vendo, lo que usted me quiera dar". O rogar que a su vez el fulano no me vea (¿quién no lo ha hecho alguna vez?). Pero no. Se produce el temido eye contact y me resigno esperanzado a que la cosa no pase de un veloz saludo en tránsito.

Apuro el paso como para aparentar una mayor prisa. Miro al piso, tomo aire y, para mi desgracia, cuando levanto la vista lo tengo a menos de cinco metros mirándome y sonriendo falsamente como Isidoro Cañones. Es cortito, eléctrico, enfático en sus ademanes. Siempre impecable con su saquito de gabardina azul marino, camisa y pantalones con dobladillo que caen con estudiado largor casual sobre unos mocasines que parecen de juguete por lo diminutos y que brillarían hasta en la niebla. Extiende sus bracitos y me saluda efusivo apelando a mi nombre como quien se encuentra con un amigo entrañable luego de 10 años. ¡La p... madre! –me resigno– El diálogo será inevitable.

El intercambio de palabras con este personaje bajo el sol quemante dura más o menos unos tres minutos. Me parecen siglos. Mayormente un monólogo de convulsa locuacidad a cargo suyo. En ningún momento le nace la pregunta más elemental que estipula el tácito protocolo de la cortesía callejera o el don de gentes: ¿y vos cómo andás? No. Nada. Es todo él.
Hasta que una muletilla que intercala cada tanto durante su abrumadora perorata me recuerda exactamente su esencia y la razón de mi profunda antipatía: "¿Te soy sincero?", repite retórico antes de alguna afirmación, mechada con una no menos irritante: "¡Mirá, si te digo la verdad te miento...!".

Lo escucho y pienso –pensé toda mi vida–: ¿cómo?, ¿no se supone que uno debe ser sincero cuando habla?, ¿o éste tipo miente siempre, y solamente cuando se dispone a decir la verdad tiene que aclararlo antes y necesita la aquiescencia del interlocutor?

Lo corto con diplomacia y retomo mi camino reflexionando: ¿será que con los años opera en nosotros un curioso mecanismo que, por un lado nos inmuniza contra la hipocresía, y, por el otro, nos dota de urbanidad para tolerar situaciones imprevistas que antes nos resultarían infumables o que simplemente evitaríamos sin demasiados miramientos?

¿Les soy sincero? No lo sé.

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