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Te kilómetro

Te faltan, te sobran, se te quedan en la punta de la lengua, te las sacan de la boca. Las hay malas, buenas, conmovedoras y soeces

Viernes 28 de Junio de 2019

Te faltan, te sobran, se te quedan en la punta de la lengua, te las sacan de la boca. Las hay malas, buenas, conmovedoras y soeces. Algunas son todo eso junto. Están las inolvidables y las que el viento se llevó. Las que se ponen de moda y luego se olvidan en el fondo de los armarios y juntan polvo y telas de arañas hasta que algún nieto las vuelve a usar. Cambian significado con el tiempo, se deforman, se unen a otras. Se adoptan algunas nacidas en otros países y se las reviste de castellano hasta que las sentimos nuestras. Las palabras son maravillosas.

El técnico italiano de fútbol Fabio Capello, cuando entrenaba la selección nacional de Inglaterra en el 2011, dijo en una entrevista que con cien palabras tenía de basta y sobra para entenderse con los muchachos. A quienes le objetaban que quizás fueran pocas, él respondía que para decirle a Wayne Rooney, por nombrar uno, que pasara la pelota, no era necesario desplegar un lenguaje florido como el de William Shakespeare. Podemos tranquilamente coincidir con él y dejar tranquilo al autor de Romeo y Julieta, suponiendo que con saber: pasala, tirala, correla, llevala, tocala, dejala, cabeceala y dormila, más: bajá, subí y ¡no hay nadie ahí!, y todas las que ya eran inglesas como córner, foul, offside (mejor conocida como orsai) y fútbol (que es la fonética de football, que literalmente sería piépelota, qué palabra mas divertida) estaba hecho. Lo que da curiosidad es cómo hizo él para saber que se manejaba con cien palabras, y si en de esas cien incluye los artículos y las preposiciones. De ser así, son verdaderamente pocas si consideramos que desde “Podemos tranquilamente…” hasta acá, llevamos usadas ciento catorce. En éste reducido repertorio tendría que incluir también las palabras clave para las conferencias de prensa como: continuidad, equipo, trabajo, institución y resultado. Con cien o doscientas palabras seguro se pueden dar ordenes a los jugadores y decir una frase de circunstancia para una derrota, otra en ocasión de una victoria, y mezclar las dos para el empate. Pero para conmover un vestuario deprimido por una goleada en el primer tiempo se necesita mucho más que eso. Muchos de nosotros no hemos jugado a nada, pero todos hemos estado tristes alguna vez. Cuando uno está profundamente triste los pies pesan como frazadas mojadas, los brazos cuelgan y las manos no tienen ganas de nada, respirar se hace difícil, y todo adentro es lentitud.

Para conmover un vestuario en estas condiciones, de cualquier deporte, se necesita un historia que los vaya a buscar allá abajo en el foso, donde están tirados desconsolados, y les diga que los entiende, les dé la mano, y de a poco los levante y los lleve hacia arriba y luego hacia fuera, les lave la cara, los peine un poco, les enderece la espalda y les acelere el corazón, que es un músculo que les da aire y fuerza a todos los otros, incluyendo el de la imaginación. Palabras que trasformen el dolor en caballos salvajes, las lágrimas en cascadas temerarias. Aplaudir gritando “vamo vamo”, no es suficiente. Pedro Luis Barcia, gualeguaychense ex presidente de la Academia Argentina de Letras, dijo en una entrevista que “el argentino medio está hablando cada vez más pobre y vulgarmente” y que los adolescentes hablan con un total de aproximadamente doscientos cincuenta vocablos. La cantidad de palabras que se necesitan para manejar una lengua extranjera a nivel principiante, va de doscientas a quinientas. Es ese nivel en el cual te faltan palabras expresar tu parecer en una conversación, para hacer un chiste, para responder rápidamente, para incursionar en temas que entren en ámbitos un poco mas específicos que lo estrictamente cotidiano. Digamos que te alcanzan para ir al supermercado siempre y cuando no tengas que preguntar cuando se vence el yogur de arándanos y si venden cereales de maíz y avena con almendras y pasas de uva. Con doscientas palabras nos aburrimos en el cine y no entendemos las distintas tesituras de las notas de los diarios bien escritos, y a veces ni siquiera el sentido general. No pasa solo en Argentina, también en Italia sucede. Se reduce el vocabulario, se normalizan las que llamábamos malas palabras, se escuchan en la radio y en la televisión a cualquier hora, y se leen cada vez menos libros. Los mensajes de texto podrían haber sido el inicio de una nueva era poética, hordas de adolescentes que en vez de papelitos abajo del banco mandaran versos y rimas por whatsapp a los amores maravillosos y eternos de esos años. En cambio…quedó todo en un te kilómetro (tkm). Porque te quiero mucho suena como lo que dice, solo si está escrito al completo. Como lpm, que así pierde potencia ofensiva y se queda en long play metro. Cuando se reducen las palabras se reduce el pensamiento, la capacidad de reconocer y decir lo que sentimos y pensamos, de elaborar lo vemos, de criticar lo que nos dan. Y nos convertimos en hinchas cargados de memes, inválidos del pensamiento. Nos agitan la emoción y cuando estamos bien calentitos nos abren dos puertas y allá vamos, despotricando hacia una u otra, creyendo que eso sea elegir. Las palabras son maravillosas. Son las velas en el cajón de la cocina cuando se corta la luz de noche, son la duda que nos sorprende y nos hace encontrar la solución, son ese chamullo tan hermoso, tan bien hecho y cuidado que aunque sea mentira lo preferimos a las verdades mal vestidas de las canciones de verano. Sin palabras no podemos nombrar lo que hay, lo que nos pasa, lo que queremos, donde no hay palabras hay acción, a veces brutal. Leamos de todo, cualquier cosa. Leamos diarios, revistas de chismes, publicaciones científicas, libros de misterio, de amor, de política, de Argentina y de Sudamérica y del mundo entero.

Las etiquetas del champú mientras nos lavamos los dientes, la receta de la torta y el lugar de almacenamiento de la harina en la cocina. Leamos autores que piensan como nosotros, y autores que piensan distinto. Leamos historias de cosas que jamás haríamos, que nos incomoden, que nos lleven a mundos que ya no existen o que jamás visitaremos. Ese es el poder liberador de la literatura. Leamos catálogos y diccionarios. Regalemos a nuestros hijos, nietos y sobrinos la posibilidad de volar sobre un cuento contado a la noche antes de dormir, sin robarles palabras ni personajes, con lobos y príncipes y princesas, con momentos trágicos y finales felices. Las palabras son maravillosas, son puente y salvavidas. Leamos sabiendo que no dos sino infinitas son las puertas de éste mundo. Y escribamos te quiero, si queremos por kilómetros, con ocho letras y un espacio.

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