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#Argentana

Soy de aquí y soy de allá

Una ventana con doble exposición, argentina e italiana, a través de la cual contaré historias. Costumbres, nostalgias y corazones curiosos.

Martes 23 de Abril de 2019

¿Qué nos llevamos cuando nos vamos a vivir a otro país? Besos y abrazos escandalosos, un pecado original argentino, la necesidad de cosas intensas.

Sentimientos comunes, costumbres diferentes, nostalgias, creencias, y a uno mismo, siempre a cuestas. Argentana es una ventana con doble exposición, argentina e italiana, a través de la cual contarles historias, mías, de ustedes, de acá y de allá.

Argentina tiene una ventana que da al Río de la Plata, por donde entraron hombres, mujeres y niños, dialectos, costumbres y valijas rebosantes de nostalgia. Por esa ventana se entra y también se sale. Se salta aterrorizado, se escapa haciéndose el distraído o se sale con el corazón curioso, con hambre de nuevos cielos.

Mis bisabuelos entraron por esa ventana de jóvenes, y después salí yo, sin terror ni distracción hace catorce años. Según cómo se mire, en parte me fui y en parte regresé a Italia. Y después de muchos años de "falta un sello" –porque si algo funciona bien en estos países tan parientes, primos hermanos, es la burocracia– después de tres hijas, una pasta alla amatriciana decente y un diez en lecto-escritura, tuve mi segunda ciudadanía: italiana. En Argentina diríamos: tana.

La palabra tano en Italia es un nombre, que deriva de la simplificación de Gaetano y de Stefano. En cambio en Argentina, llamamos así a los italianos, inicialmente por napolitano, amalfitano, palermitano, y de allí hemos trasladado el apodo a toda persona de tuviera esa nacionalidad.

Así es que como tantos de ustedes, soy argentina e italiana. Digamos, argentana.

Pero la verdad tampoco es esa (la verdad, qué pretenciosa), porque Paraná no es Entre Ríos y esta no es Argentina; así como Milán, donde vivo, no es Italia. La "tana" que nos imaginamos, que fuimos accidentalmente enseñados a imaginar, es muy distinta y lejana a la mujer de Milán. Su acento, sus caderas, su manera de vestir, sus intereses y los confines de su deseo son distintos a esa Sofía Loren materna y sensual que cocina spaghetti en la película La Cociara de Vittorio de Sica.

Lo mismo pasa con el imaginario que se despliega en otros lugares cuando dicen "Argentina". Hace catorce años en Milán uno decía Argentina, y la gente decía automáticamente "Maradona". Tiempo después empezaron a decir "Messi", luego "Belén" y por último "Papa Francisco". Ninguno es entrerriano, y yo, más allá de cierta inclinación a los excesos y al uso prolongado de los mismos zapatos, no tengo la genialidad, el talento, la delgadez ni la fe que tienen ellos.

En el mejor de los casos uno se lleva puestas algunas cosas de todos ellos, como la capacidad de gambetear las adversidades, de creer en algo superior, de ser espontáneos, informales.

Uno se lleva también la costumbre de besar, de abrazar y tocar a las personas. Me pasé los primeros meses dando besos inesperados primero y luego frenando a mitad de camino. Anduve a los cabezazos hasta que aprendí a dar la mano. Acá uno no se besa con todos y no se besa siempre. Hay quienes tildan esto de frialdad. Yo creo que el calor se ve en los gestos que perduran en el tiempo, muchas veces silenciosos. Acá las relaciones son diesel, empiezan más despacio, con menos exageración e intimidad, van ganando cercanía de a poco y con el tiempo llegan a una velocidad de crucero, y uno se hace de muy buenos amigos, en los que puede confiar lo mismo, sin tanto beso.

Las casas son impecables, los roperos ordenados, los espacios reducidos. En Milán casi nadie tiene lo que nosotros llamamos casa, con un árbol, un patio. En la ciudad la mayoría son edificios de cuatro o cinco pisos, excepto las construcciones más recientes que son más altas. Se vive en departamentos, donde el manejo del espacio es un arte, y cuando cambia la estación del año se hace "el cambio del armario", así la ropa de invierno se guarda en bolsas al vacío, y sale victoriosa, con libertino desparpajo, la ropa de verano.

Todos los barrios, desde el más céntrico al más periférico, tienen bares. El bar es un lugar de paso y de encuentro. Se toman un café –mucho más corto que el nuestro– o desayunan cappuccino y una brioche, que es una medialuna francesa, y el cappuccino simplemente un café con leche, con una distinción: los barman de Italia saben montar la leche para dejarle una espuma densa, deliciosa, que le da al café con leche una cremosidad diferente. Nada de todo esto hierve, y nada de lo que pidas frío tiene hielo (excepto los tragos, pero este es otro tema).

Esto para un argentino es muy difícil. Todo nos resulta tibio. Lo que debería estar hirviendo o congelado, todo tibio, y no queremos, preferimos pelarnos la lengua o anestesiarla, pero tibio, no. Nos llevamos esta necesidad de intensidad y con el tiempo la vamos domando, y después de varios años entrenamos el barman de nuestro bar amigo y logramos tomar el café con leche más caliente que tibio y más frío que hirviendo, porque vemos que no perder la sensibilidad de la lengua por cinco días está muy bueno.

A veces nos llevamos puesto también un sentimiento de culpa primordial, una especie de pecado original argentino. Hay un nivel de conciencia civil al cual ya no estamos acostumbrados, y entonces si sos libre de hacer algo bien sin que te controlen, como timbrar un pasaje del colectivo, querés que por lo menos alguien te vea, que vean que no estás traicionando esa confianza, que estás haciéndole honor a esa libertad.

Como la primera vez que fui al bar sola, pedí un cappuccino, me serví una medialuna de la fuente rebosante sobre el mostrador, y cuando llegué a la caja dije "no tengo comprobante de lo que pedí", y el barman me dijo "basta tu palabra".

Pero no todo es el Papa y Maradona. También hay otros, los que leyeron a Cortázar y a Soriano, los que escucharon el Rey del Compás y a Goyeneche, los que bailan tango y saben que existe una yerba amarga, que se toma chupando una bombilla de metal y lo que es más raro: sin lavarla se comparte.

El que tiene un primo del abuelo que se fue hace muchos años y se sorprendió de que, después de días y noches de navegar doce mil kilómetros de incertidumbre contra la guerra y el hambre, en un país tan rico, le dieran de comer zapallo. Él creía que en Argentina no había zapallo como yo creía que en Milán no había mosquitos. Están los que comieron un asado y empanadas, el que conoce Nogoyá y conserva en el alma esa unión de cielo y tierra de color atardecer de verano, que no se olvida, que se sueña con los ojos abiertos esperando el verde del semáforo, con el respiro corto que a veces produce la ciudad.

¿Cómo estás en Italia? Me preguntan. Estoy bien, estoy mal, estoy contenta y triste y nostálgica y sarcástica, como estaba en Paraná, en Córdoba, en Rosario, y en todos los lugares donde me he llevado a cuestas.

¿Extrañás Argentina? ¿Extrañás Paraná? Qué pregunta. Quién no extraña a su madre.

Soy Mercedes y soy doble, como la ventana por la cual se entra y se sale, para decirlo al estilo de Cabral: soy de aquí y soy de allá. Y esta columna es también una ventana con doble exposición, de un lado argentina del otro italiana, a través de la cual entraré de visita o los llevaré conmigo, a tomar unos mates, un café, y a contarles historias mías, de ustedes, de otros, de acá y de allá. Nos encontraremos los domingos temprano, acá, en Argentana.

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