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Delitos de Lesa Humanidad

"Sin los juicios de lesa humanidad no sabría que mi papá fue un genocida

María Luz Olazagoitía, actual concejala en la vecina provincia nació en 1983 y habla acerca de cómo superó contradicciones y sobre su cambio de apellido.

Domingo 31 de Mayo de 2020

Eugenia Langone

Especial para UNO

Memoria, verdad y Justicia”. El grito que el movimiento de derechos humanos levanta desde el retorno de la democracia se hace carne en cada condena por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura cívico-militar. “Es la posibilidad de reparar, que el Estado venga y condene lo que se hizo en su nombre. Eso sana en lo colectivo y en lo individual”, dice María Luz Olazagoitía. Es rosarina, nacida en 1983, militante de la agrupación Causa y por los derechos humanos, feminista y ahora concejala por el Frente Social y Popular en su ciudad. Encontró en las sentencias de las llamadas Causa Feced II, III y IV “la posibilidad de verdad” sobre quién había sido su padre, Ovidio Marcelo Olazagoitía. “Sin los juicios yo no sé si sabría que mi papá fue un genocida”, afirma, y cuenta que ahora espera otra decisión de la Justicia que le permita cambiar su apellido por el de su abuela materna.

El Vasco, integrante de la patota de Agustín Feced que operó en el centro clandestino de detención del Servicio de Informaciones (SI), fue condenado a 18 años de prisión en febrero de 2014 en el marco de la Causa Feced II. Un fallo que Luz escuchó sentada ante el Tribunal Oral como ya había hecho otras veces. Si bien falleció en enero mientras cumplía su condena con prisión domiciliaria, también estaba entre los acusados por los delitos cometidos contra 188 personas que la Justicia Federal condenó el 14 de mayo en el tramo III y IV de la causa. Un proceso que se cerró con perpetuas para seis de los genocidas, y un fallo que por primera vez en la región condena los abusos sexuales agravados como delitos de lesa humanidad. Luz volvió a estar presente, esta vez a través de la pantalla como obliga la pandemia.

—¿Qué recuerdos tenés de la infancia y de ese vínculo con tu papá?

—Fue un vínculo difícil. Mi papá era muy mayor, había tenido otro núcleo familiar antes con dos hijos. A mi madre la conoce en el 78, y de ahí resultamos cuatro hermanos. Estaba retirado de la Policía desde cuando éramos muy chicos por un ACV, y estaba jubilado, y era un padre de todos los días en la casa con todo lo que significaba su presencia. Fue una persona cruel, violenta, autoritaria, hipermachista y patriarcal. Yo le era una ofensa y más cuando adopté una actitud confrontativa. Y no lo digo orgullosa, fueron una adolescencia y niñez de mucha tristeza y pesar.

—¿Qué discurso circulaba en tu casa sobre su accionar mientras estuvo en la Policía?

—El discurso era que él era policía. Se había jubilado en Drogas Peligrosas, donde había conocido a mi mamá en un operativo en una farmacia donde ella trabajaba. Hubo cosas que pude desnaturalizar después y poner en dimensión, como la presencia continua de armas en mi casa. Además lo que él había hecho era un secreto. En el 2000 con la crisis, se hablaba de política y él refería a los movimientos de izquierda como guerrilleros y subversivos, y a las Madres y Abuelas (de plaza de Mayo) como terroristas, y yo que ya estaba en la universidad entraba en crisis. Llegué a preguntarle a mi mamá y a mi hermano mayor, pero me dijeron que era “imposible” porque él era “un perejil”. Cuando en 2012 lo llevaron preso yo ya no vivía en la casa familiar y hacía tiempo no tenía vínculo con él, pero estando preso mis hermanos y mi mamá referían que era una persecución política. Yo ya militaba, iba a los juicios, y la detención sólo confirmó las sospechas.

—Habías preguntado, te latía en algún lugar...

—Cuando mi hermano me llamó y me dijo que se lo habían llevado preso el peor miedo de mi vida se confirmó. Sí, me latía. Pregunté, pero me dijeron que no y en ese momento no investigué más, era doloroso. El día de la detención me senté y lo googleé para ver qué había. Me había atrevido a preguntar, pero me lo negaron. Recién en la última charla que tuve con mi mamá, años después de la condena, ahí llegó a esbozarme que podría ser verdad.

—¿Tampoco sostenés el vínculo con tu mamá y tus hermanos?

—Ninguno de nosotros tuvimos un vínculo amoroso con mi papá. Trato de no ser dura con mis hermanos, pero estamos políticamente en veredas opuestas, y para mí la política y la militancia son mi estructura vertebral, y yo cambié la estructura familiar por la militancia porque desde ahí es mi posibilidad de ser.

—Ya en ese espacio propio de la militancia te encontró en 2014 su primera condena, luego su muerte y hace semanas, un nuevo fallo. ¿Cómo atravesás esos momentos tanto en el plano colectivo como individual?

—Los juicios marcan mi vida porque son la posibilidad de pensar lo familiar y lo político, fue develar un secreto, la posibilidad de verdad. Sin los juicios yo no sé si sabría que mi papá fue un genocida. Cada sentencia repara el tejido social, es el Estado el que condena con nombre y apellido lo que se hizo en su nombre. Ahí hay un valor de restauración colectiva, y en estos dos fallos lo sentí individualmente. Fue poder saber que todo ese padre abusivo y violento que yo sufrí en el ámbito privado, también tenía una condena colectiva porque era la misma persona en su rol de genocida y en su rol de padre.

 —Ahora iniciaste un proceso nuevo, un paso más.

—Estoy en el proceso de cambiar mi apellido para tomar el de mi abuela materna. Tampoco quería el de mi mamá, porque al igual que el de mi papá, me vinculaba desde el dolor y la tristeza. Estoy esperando para ser María Luz Ferradaz.

  —¿Qué había en esa abuela materna?

—Mi papá y mi mamá eran hijos únicos, no tuve tíos ni primos que contaran su adolescencia y su juventud. Tenía mis abuelas y tías abuelas, todas Ferradaz. Con el tiempo pude ver cómo mi abuela estaba muy presente en nuestras vidas, desde un lugar de resistencia y protección. Pude repensar esas tías abuelas también muy presentes, que iban todos los miércoles a mi casa, resistiendo porque sabían quién era mi papá. Primero no fue una necesidad porque me vinculaba al resto de mi familia, pero con el tiempo fuimos sentando posiciones ante esto y otros temas. El feminismo me dio herramientas para repensar esos vínculos y encontrar lazos de familiaridad en otras corporidades. Voy a ese otro apellido que también es familiar, y que me da alegría cuando lo pienso.

 —En este último fallo se dio un hecho inédito que fue condenar las violaciones como delito de lesa humanidad.

—La agenda feminista irrumpe, y en cada situación importante para el desarrollo de la sociedad hay una impronta feminista. Que la causa Feced haya logrado incluir como crimen de lesa humanidad una violación habla de las compañeras del movimiento feminista llegando a todos los discursos. Es central avanzar en ese sentido porque recoge el trabajo, la militancia, el sufrimiento de tantas compañeras.

—¿Qué te provocó su muerte?

— Fue un alivio y un cierre en un sentido, pero fue movilizador y angustiante. Fue otra vez una presencia que yo no tenía en mi cotidianeidad, de golpe volvió a irrumpir de muchas formas. El cambio de apellido viene a saldar algo, es poder nombrar lo que me da felicidad y no dolor. Y que allí el Estado me dé esta posibilidad es también una reparación. Una reparación para mí y para que todos podamos nombrarnos desde el lugar que elegimos.

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