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Suplemento Aniversario 2019

Ser maestra y todo lo demás

En la calle, en la lucha. Cuatro microhistorias de docentes que hacen historia en algún espacio del territorio provincial.

Miércoles 13 de Noviembre de 2019

A lo largo y ancho de nuestra provincia, en la ciudad capital y en las zonas de islas; aquí, allá y más allá también, hay escuelas. Como mojón y como faro, y uniendo las diferencias que osarían separarlas, todas están ligadas por el trabajo de hombres y mujeres que ejercen la docencia. Y, en ello, mil cosas más.

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Entrega y sacrificio, y también alegría.
Entrega y sacrificio, y también alegría.

En una proporción notablemente mayor, son muchas más las mujeres que se han dedicado a la tarea de enseñar. Recorrer escuelas de los Departamentos Paraná, Feliciano, Islas o en las afueras de Federal podría para cualquiera ser un ejercicio de diferencias que saltan de la sola mención, pero conociendo a las mujeres que se ponen al hombro estas instituciones, es que las similitudes toman cuerpo.



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Graciela viaja a dedo por la ruta 127 para ir a trabajar.
Graciela viaja a dedo por la ruta 127 para ir a trabajar.

Una figura en el campo deshabitado

Son casi las 6 de la mañana de un agosto frío y Graciela hace dedo en la Ruta Nacional 127. Es a las 10 que comienza, en la formalidad, su horario de trabajo, pero sabe que estar a las cinco y media allí, es el margen necesario para trasladarse a dedo, de auto en auto, hasta llegar a la escuela donde ejerce de Maestra Orientadora Integradora (MOI). Sube al vehículo que la arrimará a destino y la charla se hilvana entre el código de traslado que no alcanza, los medios directos inexistentes para llegar, el paro de municipales en su Bovril natal y, cómo los lazos de solidaridad se tienden entre los que menos tienen: “No estoy en casa ni una hora sin que suene el timbre. Los municipales no cobran hace más de tres meses, así que hacen de todo: pizzas, pan, empanadas… todo para subsistir. Y yo les compro lo que puedo, porque la verdad es que a mí tampoco me alcanza”, cierra con un silencio. Lleva en su morral violeta una bolsita de tela y nos cuenta: “Hay una seño que tiene naranjas y huevos. Los lleva a la escuela y los vende más baratos… como está todo, le compramos siempre. Vuelvo cargada, pero me conviene mucho. Nos ayudamos entre nosotras”, cuenta.

Graciela se baja del auto cuando apenas clarea y se acomoda en el otro tramo de la ruta para esperar nuevamente. Solo se ve su figura en el campo deshabitado y una ruta solitaria y poco transitada. Así, día tras día. “Poca gente anda por ese tramo”, dirá quien maneja, rogando que Graciela no tome tanto frío en la espera… rogando que nada le pase.

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Laura es admirada por los niños por su esfuerzo.
Laura es admirada por los niños por su esfuerzo.

“Estos gurises en la escuela encuentran magia”

“El profe de música es el único varón”, dirá el grupito de seños que, junto a directora y vice, nos acompañan a recorrer la escuela en la que trabajan, en Feliciano. Hablarán de faltantes y logros como quien describe los avances en la consolidación de la casa propia. Son “seños” frente al aula pero se convierten en gestoras ante todos los organismos habidos y por haber para conseguir el techado del patio de la escuela. Enseñan con el pizarrón en su espalda cada mañana y luego son cocineras hasta la madrugada, en sus casas, haciendo desde alfajores de Maicena hasta empanadas, para vender. Alfajores y empanadas que se convertirán luego en mapas, sillas, cartulinas, libros… lo que haga falta.

Llegamos a un aula grande que funciona de salón de reuniones, aula de proyecciones, espacio donde guardar instrumentos y biblioteca, entre otras cosas. Allí conocemos a Laura, la bibliotecaria, y nos enteramos que, año a año, esta joven que los niños miran enamorados, vende ropa en casas de familia para juntar plata y asistir a la Feria del Libro. Con el resultado de esas ventas adquiere en Buenos Aires muchos de los materiales que amorosamente descansan en los muebles de la Escuela. “La mayoría de nuestros alumnos no tienen ninguna de estas cosas en sus casas… vienen acá y es todo como mágico. Cuidan muchísimo cada libro que agarran para leer. Siento que les encantan”, nos cuenta Laura.

Emociona ver cómo los gurises dan fe de cada una de sus palabras cuando entran al lugar. Estas maestras y maestros han puesto todo de sí para que este espacio sea eso para ellos: magia.

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Militar la vida

En una limpia mañana de invierno la quietud y la tranquilidad parecen instaladas en las calles de Aranguren, Departamento Nogoyá. Ingresar a la escuela Nº 102 hace que el ritmo sea otro, y el ir y venir de gurisitos y gurisitas llena el aire de algarabía. Conocemos a Silvina y ella nos guía hasta el jardín, donde recorre mesitas y charla con pequeñitos y pequeñitas que le muestran construcciones de plastilina, que la llaman, que se le prenden del guardapolvo. Silvina es la primera maestra trans del sistema educativo entrerriano en titularizar su cargo: Maestra Orientadora Integradora.

“Durante mi cursada del profesorado yo vestía… unisex, podría decirse. Pero tenía otro nombre, otra identidad. Cuando empecé la docencia, lo mismo. Pero en mayo de 2012, ni bien salió la Ley, al mes nomás ya hice el cambio”, relata con una sonrisa cómplice. “Fue justo en vacaciones de invierno. Terminé las clases con una identidad, avisé a los directivos, hice el cambio y me reincorporé”, relata triunfal y convencida de una decisión que no admitía dilaciones. “A los chicos se les explicó que había una Ley nueva, según la cual la persona, de acuerdo a como se sentía, tenía una identidad y había que respetársela. Que ahora me llamaba Silvina”. Agrega entonces algo que ya hemos escuchado en estos casos: “Los chicos y chicas reaccionaron bien, ningún problema. Tal vez algunos colegas… pero los estudiantes bien”. “En lo personal, lo viví como un recorrido, como un proceso, una transición paulatina pero sostenida en el tiempo, que llegó cuando tenía que llegar”.

Silvina afrontó un salto enorme en su vida cuando debió hacerse cargo, de la noche a la mañana, de sus cuatro sobrinos: “Tenerlos fue lo que realmente me cambió la vida para siempre. Yo tenía mi historia, soltera, con mi trabajo… y de golpe… tuve que hacerme cargo de cuatro chicos, víctimas de femicidio, acompañarlos en las terapias, en sus vivencias, en sus procesos de duelo y de crecimiento a la vez”. Nos contará que los niños hoy tienen 17; 15; 13 y 8 años, que les va muy bien en la escuela… “No se llevan ninguna”, dice como al pasar, pero con notorio orgullo.

“Hace unos días empecé a tramitar la pensión para ellos, que se da a partir de la sanción de la Ley Brisa. Llegaron conmigo sin nada. Nada. Se merecen todo, por eso comencé los trámites, y por eso he peleado siempre para que estén bien. Y lo seguiré haciendo”, afirma con contundencia, y no nos caben dudas.

“Soy una convencida de que uno milita en la vida. Ser trans es ya estar militando, porque todos los días salimos a pelearla. A mucha gente todavía le cuesta aceptarlo, pero para mí es porque no se han despertado, no se han dado cuenta de todo el poder que tenemos hoy en día a través de las leyes que conseguimos. Si uno o una no exigen, las leyes no se cumplen. El mensaje es ese: Vivir la vida y seguir para adelante”, enfatiza mientras suena el timbre y el aire de Aranguren se llena de olor a recreo.

FOTO Reemplazo historia de Concepción (Cocina) Credito Césa Pibernus.JPG
Concepción. Fuerza, empuje y corazón por la escuela.
Concepción. Fuerza, empuje y corazón por la escuela.

“El discurso es lindo, pero la cocina en la escuela hace falta”

Pleno centro de la ciudad de Paraná. Edificio añejo que de albergar historias en guardapolvo blanco sabe mucho. Concepción, la directora, va y viene por los pasillos mientras coordina planes de evaluación propios de fines de octubre, con una joven maestra a quien presenta como “la nueva delegada”; guarda en un sobre de papel madera los números del bono contribución que le quedan por vender; acomoda en su oficina las cajas de la canasta de productos comestibles que será premio; anota el número de teléfono que le pasa la ordenanza y nos explica: “necesitamos un músico para el próximo acto y los tiempos se acortan”.

Ser directora en una escuela implica muchos años de formación y carrera docente. Libros, apuntes y más libros fueron parte de ese recorrido, pero a la hora de traspasar como protagonista principal la puerta del aula con el cartelito que reza “Dirección” la cosa toma otros tintes, y se complica aún más.

Concepción tiene en su cabeza y en sus muchas agendas la atención puesta en mil aspectos, uno más diverso que el otro, y los sobrelleva a todos con la gracia de una directora… de orquesta. Dirá entonces que en medio de todas sus ocupaciones surgió el problema de que la escuela se quedó sin artefacto de cocina: “y resultó que se dio la posibilidad de que una marca conocida ofreció donarnos una nueva. Un profesor me salió con que ‘cómo íbamos a dejarnos tentar por una multinacional’ y yo lo entiendo… Pero si les digo que no, se la llevan a la escuela de dos cuadras más allá… y nosotros sin cocina. El discurso es lindo, pero yo tengo que pensar en que acá no falte nada” nos dice con una contundencia bañada de realidad que mata cualquier pose.

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Muchas trabajadoras anónimas detrás de cada historia.
Muchas trabajadoras anónimas detrás de cada historia.

Las historias se multiplican por cientos y miles si el viento nos lleva de una escuela a otra por la provincia. Aun así, el panorama general, no cambia demasiado: arremangadas, tozudas y obstinadas, son mayormente mujeres las que, guardapolvo firme mediante, llevan adelante las escuelas a fuerza de empuje y corazón. No dejan de lado reclamos salariales a la patronal; ni su formación constante; ni le quitan esfuerzo al dictado de clases que sostienen, ni a sus propias familias. Pero ven en los muros de las escuelas una contención necesaria que es impostergable para los gurises y gurisas que tienen enfrente a diario … Y ahí van, y así suman tareas, y así se llevan trabajo a casa… y así. Maestras entrerrianas. Que son maestras, y todo lo demás también.

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Virginia Serotkin es coeditora del boletín La Lucha en la Calle, una publicación de Agmer.
Virginia Serotkin es coeditora del boletín La Lucha en la Calle, una publicación de Agmer.

EN LA CALLE, EN LA LUCHA

Virginia Serotkin es coeditora, junto a César Pibernus, de la Revista La Lucha en la Calle, de la Asociación Gremial del Magisterio de Entre Ríos (Agmer). Es redactora, fotógrafa y diseñadora gráfica. Su trabajo la lleva a recorrer las escuelas de la provincia, de donde fueron tomadas estas microhistorias.

En Agmer Virginia lleva editados numerosos materiales que se difunden en escuelas de toda provincia, desee dossiers sobre Educación Sexual Integral (ESI) para trabajo áulico o legislación sobre educación sexual, hasta folletos y cartelería para jornadas como el #8M Día Internacional de la Mujer, el #25N Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, pasando por coberturas y notas sobre el colectivo LGTBIQ, entre otras piezas.

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Los materiales que trabaja Virginia Serotkin se distribuyen en toda la provincia.
Los materiales que trabaja Virginia Serotkin se distribuyen en toda la provincia.

“Cada vez que abordamos temas sensibles como femicidios, violencia de género, abusos, grooming, diversidad sexual, consultamos fuentes especializadas en género o niñez y adolescencia, como agencia de noticias LGTBI para América Latina “Presentes”; UNICEF, Gobiernos nacionales o provinciales, por citar algunas. Y, en las notas y los materiales, las fuentes siempre son citadas con referencia o links de accesos”, describe.

Virginia entiende el periodismo con visión de género como “aquel que hace visibles las desigualdades, para revertirlas”, y lo ejerce. “En mi trabajo es un camino cuyo recorrido estamos iniciando. Hay mucha responsabilidad para crear contenidos que respondan a las nuevas demandas de la sociedad y un esfuerzo por comunicar lo más correctamente posible. Dado mi lugar de trabajo, y el público al que van dirigidos estos materiales, cada paso que damos tiene un sustento y también un empeño para cambiar años de comunicación sexista, machista y unidireccionada”.

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