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Sabrina Verón, diseñadora de indumentaria se rearmó y apostó por la creatividad

La diseñadora nogoyaense Sabrina Verón se rearmó después del largo paréntesis que vive la alta costura y apostó por los tapabocas de autor.

Miércoles 07 de Octubre de 2020

Primero siguió su vocación, después se insertó en el mundo laboral y luego apostó a su crecimiento y desarrollo profesional. De pronto el mundo cambió por una pandemia y los sueños se desvanecieron. Sin embargo, la creatividad superó la adversidad y nuevos proyectos alumbraron en el horizonte. Así fue como la diseñadora oriunda de Nogoyá, Sabrina Verón, se rearmó después del largo paréntesis que vive la alta costura y apostó por los tapabocas de autor.

—¿Cómo se dio tu vocación por el diseño de ropa?

—Quería estudiar diseño de indumentaria y cambié mi viaje de estudio del secundario por una máquina de coser. Al principio pareció raro pero hoy estoy trabajando a full y entre todos mis implementos de diseño está esa primera máquina. Me fui a Rosario y paralelamente a la carrera que estudié en el Instituto Superior Roberto Piazza también trabajé.

—¿Cuándo te volcaste a la alta costura y por qué?

—En realidad nunca me gustó la moda en general y por ahí lo que tiene la alta costura es que no se siguen tanto las tendencias o cortes que sí no son de moda no están buenos; en cambio la alta costura te permite crear más allá de cualquier tendencia. Uno va a un diseñador y pide un vestido de fiesta y el diseñador no va a desarrollar una idea de moda -salvo que su pensamiento sea precario- siempre se va a volcar por moldear la figura de la clienta, conocer su estilo y crear más allá de lo básico que impone la moda.

—¿Qué detalles se deben tener en cuenta en el diseño de alta costura?

—El detalle tiene que ver con lo simple y minucioso. El setenta por ciento de una creación es a mano, la clienta se convierte en la mannequin muchísimas veces porque se trabaja sobre el cuerpo, no es lo mismo que una remera fabricada en talles a nivel industrial, es mucho más minucioso. Es romperse la cabeza, en definitiva (dice entre risas) pero es lo que me encanta, para lo único que tengo paciencia en esta vida.

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Sabrina Verón, diseñadora de indumentaria se rearmó y apostó por la creatividad

Sabrina Verón, diseñadora de indumentaria se rearmó y apostó por la creatividad

—¿Cómo era tu actividad laboral antes de la pandemia?

—Cuando se generó todo el tema de la enfermedad yo hacía tres meses que había abierto un nuevo local, me había mudado a un lugar súper céntrico, un alquiler más caro, apostamos a una estética muy delicada. Me había tirado de lleno por mi emprendimiento, me la jugué porque ya voy por los 10 años de haberme recibido. Así que me trasladé cerca de la plaza de Nogoyá, por calle Caseros y empezamos muy bien. Era todo el tiempo recibir quinceañeras, gente de ciudades cercanas que venía de paseo y veían el salón e ingresaban. Empezaron a salir muchos trabajos. Estaba súper feliz, veía un futuro espectacular. Vino la pandemia y se me cayó todo, los primero quince días de cuarentena fueron muy feos porque no veía nada claro, lo único que sabía era que iba a tener que cerrar. La gente se adelantaba muchísimo a lo que iba a suceder y decía “no se va a poder hacer esto, ni lo otro” y yo pensé “chau, ¿qué voy a hacer?”. Estuve muy deprimida. Después de unos días le pedí a mi novio que me fuera a buscar la máquina de coser porque lo necesitaba. Y empiezo a hacer barbijos para regalar, tengo que haber regalado alrededor de 200 barbijos. Publiqué en el facebook que hacía para el que necesitara y un día mi novio Cristian me sugirió realizar otro tipo de barbijos –no el típico con tablitas– sino más sofisticados. Y yo no estaba de humores, así que empezó él con un molde. Cuando vi que estaba copado lo ayudé a acomodarlo y así empezamos. Me saqué una foto, la posteé en el facebook y explotó. Y desde ese día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, estamos haciendo barbijos. Ahora disminuyó un poco pero porque toda la gente tiene, yo salgo a las calles y veo nuestras creaciones. Empezamos con todo lo que es empresas, instituciones porque ampliamos el panorama y estampamos, sublimamos. También largué una línea súper exclusiva que la gente la aceptó. Cuando decae un estilo, empezamos con otro. Así pasó con el barbijo negro liso, después pasamos a las empresas, cuando afloja un poco lo empresarial, arrancamos con lo artístico, empiezo a bordar, a trabajarlo.

—¿Qué características tienen tus tapabocas?

—Hubo un profesional de la salud de Nogoyá me empezó a recomendar, la gente estaba muy atenta a lo que se decía por esos días y el doctor pidió que se hiciera para Nogoyá el tipo de barbijo que yo confeccionaba. Porque nuestros barbijos son seguros, no sólo estéticamente bonitos.

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—El barbijo es un accesorio de moda, publicidad, dice mucho de quien lo usa. ¿Pensás que será así la nueva forma de presentarse?

—A nadie le gusta vivir con una cosa en la cara, pero si nuestro futuro, hasta que esto tome un rumbo seguro en materia de salud, es usar un tapabocas que al menos tenga estilo. Hace unos meses que las mujeres más que nada no buscan el barbijo para cumplir con la exigencia, sino también para verse bonitas.

—¿Cómo te imaginás el futuro de la moda? ¿De los desfiles?

—Estos días no he parado de pensar en mi desfile. Yo hace siete años que hago una presentación anual en Nogoyá y para este año pensaba algo especial por mis 10 años. El año pasado no lo hice por una serie de sucesos que me llevaron a tomar la decisión de no hacerlo, convengamos que ya veníamos de un año complicado, muy raro. A fin de año, si las medidas lo permiten, si está controlado el tema de salud, tengo pensado realizar un megaevento público, quiero que toda la ciudad tenga la oportunidad de ver un gran espectáculo. Amo el arte y por eso lo comparto, me gusta que otros artistas también muestren su pasión. Vamos a ver qué pasa con la pandemia y las restricciones. Con respecto a lo laboral, ya no se va a poder hacer alta costura por un largo tiempo, voy a cambiar, no sé si por un tiempo o después me enamore de la nueva línea. Por lo pronto me estoy equipando para encarar un nuevo proyecto de ropa urbana, por supuesto con mi estilo y diseño. Estoy abocada a pensar en mi línea y en instalarme en un taller más grande para producir.

Sabrina x Sabrina

Sabrina tiene 31 años y vive en pareja con Cristian -su novio- y un perrito.

El trabajo final para recibirse de diseñadora fue un vestido pintado a mano que logró ser admirado por el diseñador Roberto Piazza, quien lo eligió para que lo luzca (en el año 2011) una modelo santafesina, para un concurso de belleza nacional.

—¿Tenés referentes en la moda o el diseño?

—No me gusta seguir a nadie, pero si tengo que nombrar a alguien que me da orgullo es Roberto Piazza, porque me formé en su academia. Me invitó a Buenos Aires en dos oportunidades. También tuve la oportunidad de ir al espacio Clarín en Mar del Plata y representar a mi provincia. Siempre voy a un desfile que se realiza en Arroyo Seco porque tengo gente que me invita. Es un ambiente difícil, aparte del talento las oportunidades son escasas. Veo muchos jóvenes que están estudiando diseño de moda con las mismas expectativas con las que yo arranqué y me da nostalgia, hay que ser muy perseverante, es muy difícil pero no hay que perder la esencia de querer volar.

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—¿Cómo es un día tuyo?

—Por la mañana trabajo con mi pareja, a la tarde él ya se va a su trabajo y yo al negocio a entregar y vender. Así que me levanto y preparo el mate como buena entrerriana y ya empezamos a prender las máquinas para estampar, a ordenar los pedidos, si tengo telas empezamos a cortar, la mañana es demasiado corta y a las 16 me voy con todos los trabajos, la mercadería, para entregar a las empresas. Me gusta conservar mi clientela, no perder el contacto.

—¿Qué te gusta hacer cuando no estás diseñando?

—Siento que en todo momento estoy haciendo un trabajo. Estoy cosiendo o bordando. Hago un poco de bici porque la cuarentena trajo algunos kilitos, me distraigo un poco y me acuesto a dormir. Hemos tratado de aflojar con los trabajos los domingos, pero siempre estamos en actividad. Hace cinco o seis meses que la vida se ha convertido en trabajar y trabajar.

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