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Suplemento Aniversario 2019

Reflexión de una monja joven en tiempos de Francisco, feminismo e Instagram

Ana Laura es oriunda de La Paz e ingresó a la Congregación de Hermanas Mercedarias en 2015.

Miércoles 13 de Noviembre de 2019

Me presento, mi nombre es Ana Laura Aranguiz, tengo 28 años, soy hermana Mercedaria del Niño Jesús. Primero y principal, deseo felicitar en este día a toda la gente de UNO en su 19° aniversario, y agradecer la posibilidad de comunicar también la Buena Noticia.

Cuando me pidieron esta nota me han dicho que la idea es reflexionar sobre la vida consagrada joven, por eso estas humildes líneas intentarán contar un poco sobre nuestra entrega cotidiana atravesada por los paradigmas de la actualidad.

Cuando en el año 2015 decidí ingresar a la Congregación, lo hice movida por un fuerte sentimiento de amor y una profunda convicción de que pase lo que pase, mi meta es Cristo. Por supuesto que fue una decisión fruto de un discernimiento, para lo cual necesité un considerable tiempo de acompañamiento espiritual para confrontar mi vida, mi historia, mi humanidad e ir encontrando por dónde me hablaba Dios. También realicé un retiro vocacional y una experiencia con las hermanas. A la par, mi vida seguía su transcurso normal: intentaba crecer, compartir con mi familia, salir con mis amigos, trabajar, estudiar, conocerme más… pero mi vida de oración y de apostolado en la parroquia me endulzaba cada vez más hacia una entrega radical a Jesús, esa Persona soberanamente libre que un día con su Palabra desató en mí un proceso liberador (que aún continúa, obviamente).

Hoy en día ya soy hermana profesa, de votos simples. Mi consagración religiosa fue el día 2 de marzo de 2019 en nuestro Templo de Casa Madre en Córdoba; ¡qué día hermoso, cuánta gratitud, cuánto gozo, cuánta alegría compartida con mis hermanas, familiares y amigos! Ese día confié en la fidelidad y misericordia de Dios, y una vez más le dije Sí, sostenida de la presencia de María de la Merced y del padre Torres (nuestro fundador) y de la fraternidad de mis hermanas… y así fue que el Señor me llamó junto a Él y me consagró para continuar su misión al servicio de la redención de los cautivos, y le prometí voto de obediencia, castidad y pobreza en esta Congregación que tanto amo. Esta etapa se llama “juniorado”, cada año se renuevan los votos, y al sexto año se realiza la profesión perpetua.

Actualmente vivo en Buenos Aires, en una comunidad en la que somos cuatro hermanas, y estamos al servicio en un colegio, entre otras cosas. También continúo con mis estudios académicos de Ciencias Sagradas, y participando de la vida diocesana y otros equipos de trabajos congregacionales como la pastoral juvenil (grupo Crisol, misión) y pastoral vocacional. La vida en Buenos Aires –y más como religiosa– es bastante diferente a la del interior, pero todo es un regalo de Dios y un desafío para que el corazón se ensanche.

Hoy día se viven situaciones difíciles, como la pobreza, la agresión constante, la contaminación ambiental, la tensión socio-política, la soledad, la manipulación, el narco, la corrupción, las adicciones, la marginación de migrantes, la violencia de género, la trata de personas, el abuso de poder (en toda su índole), entre otras tantas cautividades. Lo que requiere estar formados, atentos y dispuestos a servir allí donde Dios nos pida, y hablo en plural porque somos varios los religiosos y religiosas jóvenes que estamos apostando a sembrar semillas del Reino, llevando una vida normal, coherente, alegre, contemplativa y de oración para distinguir los signos de los tiempos, es decir, hacia dónde nos impulsa el Espíritu hoy en la Iglesia. Y a veces sucede que hay cosas que no nos gustan de la Iglesia, como esas noticias tristes que todos ya sabemos… pero queremos quedarnos, perdonar, reconciliar, hacer justicia, ser “odres nuevos para el vino nuevo”, tenemos una crítica constructiva y queremos (con nuestros límites, dones, errores aciertos, y sobre todo con nuestros sueños) gastar la vida amando, sirviendo, aprendiendo, acompañando, y volviendo a poner en el centro a Jesucristo, el Hijo de Dios, ese que no excluye a nadie, que libera, que dignifica, que cura, que sana, que perdona, que promueve, que llama, que envía, que camina a nuestro lado, que nos ama sin que tengamos que hacer nada para que nos ame; y como decía un santo, a veces no es necesario hablar de Él para mostrarlo, sobre todo los que optamos por una vida activa, inserta en la vida de la sociedad.

Nuestra Iglesia, junto al papa Francisco, está en búsqueda de caminos nuevos, superadores y simples en tiempos complejos. Yo personalmente admiro mucho al Papa, el tipo se banca muchas cosas, es un hombre de Dios que quiere lo mejor para el pueblo y está sentando muchos precedentes con sus gestos de cercanía, con sus exhortaciones, encíclicas, sínodos y cartas pastorales. Y nos anima siempre al diálogo y a una espiritualidad del cuidado… en esto las mujeres somos un gran signo de los tiempos hoy día, creo que nuestro lugar en la Iglesia es sumamente importante, porque con nuestra presencia y servicio estamos logrando una mayor inclusión, mostrando la ternura de un Dios que es Padre y que es Madre también. A mí, de manera particular, me interesa y me gusta mucho ahondar en la teología feminista, una teología sana, abierta, buscadora, que pone en el centro a los más pobres y vulnerables, porque si ellos están en el centro ganamos todos, varones y mujeres, ricos y pobres.

Una mirada de amor capaz de interpelar un sistema anquilosado en el patriarcalismo y machismo, promoviendo la valoración de tantas mujeres que han roto con estereotipos mandados y se han animado a estudiar más, formarse, preguntar, expresar, denunciar, animar, consolar, servir, trabajar, sanar, y esto requiere no solamente superar el clericalismo (que nos compete a todos, no solo a los curas), sino también un trato más fraterno entre nosotras mismas, juzgándonos y criticándonos menos, dando ejemplo de acogida en nuestras comunidades eclesiales, sin apegarnos a roles o puestitos de poder. Una propuesta linda podría ser crear espacios de diálogo para la igualdad donde se compartan experiencias a la luz de la vida y la Palabra. Hay que seguir por el camino que el Espíritu nos marcó hace más de 50 años con el Concilio Vaticano II, sin relación de jerarquías, más bien una horizontalidad como organización eclesial.

No digo estas cosas en tono reactivo y de lucha, sino desde un lugar en el que a mí también me toca crecer y aprender, ya que este cambio epocal que transitamos pone en evidencia una presencia de las mujeres más reivindicativa, al tiempo que destaca la diversidad como un valor propio de nuestro tiempo ¿cuán dispuestos estamos a acoger al distinto? Porque fácil es decirlo y levantar estandartes, pero cuántas murallas construimos ante la otredad… en todos los ámbitos, credos y edades. ¡Gran desafío!

Una manera práctica hoy de derribar muros y distancias es la utilización de las redes sociales para dar mensajes de cercanía, esperanza y reconciliación, y poniéndonos a la escucha (creo que la escucha es una necesidad fuerte hoy). En nuestra Congregación y en muchas otras se utilizan estos espacios propiciando un encuentro entre pluralidades de personas, informando, ayudando a rezar, recibiendo intenciones, publicando imágenes y videos. Lo que nos gusta hacer con mis hermanas jóvenes –y a mí me encanta–, es la transmisión de vivos de Instagram de 30 minutos para dialogar e interactuar con la gente sobre diferentes temáticas abordadas desde nuestro carisma mercedario. Todo se puede usar para bien. Y ante cualquier dificultad, recordemos que Dios dispone todo para bien de los que ama. Deseo que cada persona que haya leído esto, se sienta muy amada hoy.

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