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Diálogo Abierto

"Puerto Viejo es de Paraná y no de los vendedores de merca"

Entrevista a Luis Berón. Herencia minuán y de don Pocho. Hervidero artístico de Paraná. Puerto Viejo. Topadoras de la dictadura y desidia de los demócratas.

Martes 14 de Septiembre de 2021

Luis Berón relata en primera persona la vivencia de haberse criado y vivir actualmente en uno de los lugares de Paraná otrora más ricos culturalmente, Puerto Viejo, devastado sin pausa casi hasta las ruinas, y donde hoy se enseñorea el narcomenudeo y el narcotráfico. “Era muy febril, con muchas fuentes de trabajo y lleno de personajes, artistas, poetas y viejos locos, propios de los puertos de todas las ciudades”, describe el hijo y continuador del recordado fileteador de esa zona, quien no renuncia a la esperanza de pintar con otros colores el oscuro y decadente panorama de la cuna de la capital provincial.

Pocho, doña Generosa y la tradición minuán

—¿Dónde naciste?

—En Buenos Aires, San Isidro, por loco que parezca (risas), porque los viejos en ese tiempo iban a buscar el futuro a otro lado. Mi abuelo paterno, eran tres hermanos, llegaron acá, probablemente desde el norte de Entre Ríos. Conocí gente con este apellido en otras partes y todos en actividades vinculadas al río. A mí me tocó ser pintor, porque mi viejo trabajó en el Ministerio (de Obras Públicas) hasta los 30 años, en el túnel, que le cambio la vida por hablar con gente de afuera fascinada por Paraná, y después se hizo pintor.

—¿Cómo era don Pocho Berón?

—Un tipo despierto en función del lugar donde estaba; cultivó mucho el canotaje como un deporte y fiesta popular. Si bien tuvo canoas, encontró en el kayac algo que podía llevar y traer a la casa. Me dijo que fuimos minuanes. Soy nieto de una mujer, doña Generosa, que conoció el calzado a los doce años, quien me dejó mucho por su gran abnegación y espíritu de supervivencia. Con 64 años, dejó de ir a la iglesia y comenzó la escuela. Me marcó y enseñó mucho, y sigo encontrando sobre esa cultura negada.

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"Puerto Viejo es de Paraná y no de los vendedores de merca"

—¿Practicaba costumbres ancestrales?

—Tras muchos años en la iglesia la mejor práctica ancestral fue apartarse de esa institución, independientemente de la doctrina. Me dejó cosas sobre las cuales nos hacen creer que son supersticiones. Cuando yo era chico me contó que vio salir de abajo del cajón de su abuela un pájaro negro. Con los años, lo entendí, al conocer determinadas tradiciones. Se curaba el dolor de cabeza con una hoja de rosa o una rodaja de papa en la sien, y la salud se lograba con las plantas. Con el tiempo reconceptualicé y revaloricé todo eso, porque es mi tradición.

—¿Hasta cuándo viviste en Buenos Aires?

—Hasta los tres años. Quedaron parientes y muchas veces volví.

—¿Tu mamá?

—Hubo una ruptura en la familia y se separaron.

Del esplendor a la devastación.

Dictadura y democracia

—¿Dónde te criaste acá?

—En una casona que ya no existe, de (Manuel) Marchese, el antiguo pintor de Puerto Viejo, que estaba en la Bajada de los Vascos, al lado del viejo almacén de los Patriarca y Corsiglia, y de la cancha de pelota a paleta, costumbre de los vascos. Era muy lindo y sigo enamorado del lugar, porque aquí está la cultura que me enseñaron a cultivar y hay muchas virtudes, no obstante el bombardeo de la incultura. Nos desplazaron pero la gente volvió.

—¿Cómo era en tu infancia?

—Muy febril y con muchas fuentes de trabajo: la cerámica, la portland, el trabajo en el puerto y en el arroyo, sacando piedras; me crié cuando aquí había cinco restaurantes. Algo de lo que no destruyeron todavía queda. El gran cambio fue cuando era adolescente; haber andado por otros lugares y comparar, me hizo valorarlo mucho.

—¿Había lugares vedados?

—No; había que tenerle respeto al río, y además sabíamos que la gente de la costa tenía sus costumbres y reglas propias, que luego se mimetizaron con las demás reglas sociales. Pasaban cosas, como en todos los puertos…

—¿Viste algún duelo a facón?

—Hay relatos, y conocí gente que andaba vestida con traje de fantasía y guitarra, cantando a la gente en la calle, como don Bautista Arquiel, payador y panadero.

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—¿Otros personajes?

—Había muchos: don Caferata, el violinista…

—¿A qué jugabas?

—Andábamos en karting por la calle, jugábamos en el río, con chilcas y barro, en la cancha de pelota, después vino la manito… éramos felices.

—¿Cómo era tu relación con el río?

—Aprendí a remar en piragua de lona esmaltada y estructura de madera. La canoa es algo cultural del lugar.

—¿Cuándo comenzó la devastación edilicia y cultural?

—Durante la dictadura militar fue triste cuando tiraron abajo el caserón rosado, el conventillo donde vivían artistas, poetas y viejos locos, quienes hacen a la cultura en todas las ciudades del mundo. Aquí estaban las putas, los pintores, los bares, los borrachos… en fin, era el puerto. No les dimos ningún valor y lo hicimos desaparecer. Al desplazar a la gente apareció Anacleto Medina y Pancho Ramírez, adonde fue mi vieja, mientras que mi viejo ya vivía en calle Mendoza y México, donde estuvo hasta que falleció. Sacaron la reja que decía “1871”, algo que era nuestro, donde no quedó “ni el lugar”. En algún momento en esta zona (próxima a intersección de avenidas Laurencena y Estrada) colocaron un cerco, lo declararon “propiedad privada” y la Municipalidad tuvo que comprarlo (risas). ¡He visto cada cosa que mejor ni hablar! Hoy, lamentablemente, para los pibes la mejor opción es la droga, pero hay que darles algo de lo que se sientan parte. ¡Está muy bravo y vos sabés mejor que nadie, pero hago como hizo mi viejo conmigo, les muestro otra opción! Esperamos que este lugar renazca, para que tenga su rol de barrio primigenio de la ciudad. Lo poco que queda es muy valioso.

—¿Qué es lo que más te angustia de lo que desapareció?

—Extraño que en las fiestas la gente sacaba las mesas a la calle, una al lado de la otra, había quilombo, puteríos… pero era parte del lugar. Ahora, hacerle ver todo esto a los chicos es un trabajo muy grande porque no tienen dónde educarse y están condicionados.

—¿Lo más dramático de lo social?

—La desesperanza de esos pibes, que no ven un horizonte, al contrario, son víctimas de la publicidad que te vende que la felicidad es una 4x4, y la mejor manera de alcanzarla es vendiendo merca, porque laburando no se puede. Hay un desamor por el barrio, porque en realidad están refugiados en él y eso pasó en toda la costa, lo cual cambió todos los códigos culturales. Nos despojaron de la familiaridad barrial y las pérdidas son cada vez más aceleradas.

—No obstante todo esto, trasmitís una energía esperanzadora…

—Y sí… en cualquier momento a alguno de los pibes le cae la ficha como a mí y sacan la cabeza.

—¿Qué se puede hacer?

—Que la gente de Paraná se dé cuenta de que Puerto Viejo no es de los pibes que venden merca sino de toda la gente y de quienes viven acá. Los pibes no tuvieron elección y la idea de la sociedad es correrlos. Si tienen un estímulo positivo en lo educativo, no los sacás más de acá, porque construirían su identidad.

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La ESMA, el zen y el Tao

—¿Desarrollaste alguna actividad regularmente en aquel entonces?

—Aprendí a trabajar de letrista, oficio que me enseñó mi viejo, pero cuando me tocó la colimba, en 1983, me fui a la Escuela de Mecánica de la Armada.

—¿Por qué?

—Era una opción a la colimba y siempre me gustó navegar; hoy soy timonel de yate. Estaba fascinado pero cuando me dieron la especialidad de “armas submarinas”, huí a Brasil.

—¿Te gustaba la disciplina militar?

—Estaba perfecto y no era indisciplinado; me gustaba nadar en invierno, había un gimnasio impresionante y a los tipos les gustó mi estado físico, por haberme criado entre la Naturaleza. Tuve buen puntaje.

—¿Habías terminado la secundaria?

—Nunca la terminé aunque me gustaba mucho Geografía, por el anhelo de conocer. Mi mamá, por el deseo de mandarme a un lugar mejor, me anotó en la Escuela Normal. Era el único hombre y el bicho más raro que pisó esa escuela (risas), estuve unos meses y me fui porque me sentía extraño.

—¿Leías?

—Leo. Por aquel entonces me fascinaba la serie Cosmos, de Carl Sagan. En la secundaria leímos los libros de José Mauro de Vasconcelos y Mi planta de naranja lima “me tocó”, porque yo me veía como Zezé (risas). En casa leí a Juan Salvador Gaviota y Sidarta, de Hermann Hesse, y cuando fui a la ESMA me sacaron un libro sobre (budismo) zen. ¡Imaginate! Me dijeron “esto no es para un aspirante, mi amigo”. El tipo que me lo quitó me ayudó, porque si no podía leer no era lo mío. El zen me llevó al Tao y lo seguí para siempre, por los horizontes filosóficos y espirituales que me brindó para desdogmatizarme y reconceptualizar muchas cosas, entre ellas la cultura. Además, gracias a Dios, encontré hombres notables, como también lo fue mi viejo, que me hizo amar este entorno.

—¿Cómo llegaste a la práctica zen?

—Por una hermana que falleció; con el tiempo le fui dando dimensión y fui replanteando cosas: imagínate que me crié a una cuadra de la iglesia del Carmen y estuve en un colegio para ser cura, cuando se separaron mis viejos. Me encantó y quería ser cura, pero estar en contacto con la cultura de los alemanes del Volga fue chocante porque me sentía extranjero. Después comencé a conocer los hilos que me llevaban a mis raíces y me arraigué a Puerto Viejo.

—¿Qué te enseñó tu papá en torno al oficio?

—La técnica del pincel, que la quiero pasar a los pibes. Me dejó libros y me crié entre la pintura artística, aunque no me evalúo desde ese punto de vista porque el arte es una conexión consigo mismo, y el fruto lo evalúan quienes dicen saber. No trabajo como me enseñó mi viejo porque no estoy condicionado por ninguna escuela, hago retratos, paisajes y lo que me piden. Él era un enamorado de los impresionistas, al punto que ando con un libro de (Camille) Corot. Mi idea es pintar lo que siento en el momento.

Huir para curarse y el

regreso a la “república”

El artista, quien también cultiva la música, habla con conocimiento de causa cuando analiza la crítica situación de muchos jóvenes de Puerto Viejo por las adicciones y de quienes consideran como única alternativa el narcomenudeo, ya que en un momento él mismo decidió cortar con su círculo más íntimo para “reencontrarse”.

—¿Por qué te fuiste a Brasil?

Generacionalmente nos vendieron la historia del rock and roll y todo eso… Así que, a los 30 años me fui lejos, para encontrarme, curarme y evaluarme mejor, como le dije a mi viejo. Para cortar con el entorno. En esos años falleció mi abuela.

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—¿Dónde te radicaste?

—En Salvador de Bahía, “la ciudad de Dios”, cuando llegué me decían “gringo” y ¡no lo podía creer, porque en mi familia me decían Negro! (risas). Después me dijeron “indio”, que no me caía tan mal.

—¿Qué buscaste hacer?

—No estar con ningún conocido. Comencé a pintar, me fue muy bien económicamente y me descubrí. Viví en favelas y en un barrio que tenía un millón de habitantes. Fue un choque cultural impactante. Hay mucha pintura y arte cotidiano, y los primeros cuadros que hice fueron en una iglesia jesuítica de 1700.

—¿El mayor desaprendizaje?

—Sacarme la mochila de las drogas y el condicionamiento generacional. Tuve muchos amigos enfermos y muertos. Encontré que había otros valores y le di sentido a la educación que me dieron. Y descubrí otro gran amor, la lengua y los nombres de las cosas.

—¿Cómo fue el impacto al volver?

—Fue en 2000 y ahí noté el cambio, ya no había nada de lo otro: ningún restaurante, la cerámica… bueno… se la robaron…

—¿Te readaptaste?

—Sí, bien, porque fue volver a ver mucha gente que también hizo sus cambios.

—¿Qué estás haciendo ahora?

—A este muralsito (en el Puerto de la Memoria) le puse República de Puerto Viejo para que la gente y los chicos que andan en el ambientalismo sepan que lo fue (1932) y debiera releerse la historia, cuyo primer presidente, don (Manuel) Marchese, fue puesto para restaurar los paisajes originarios. Fue un avanzado del ambientalismo. En algún momento si no sos socio de algún lugar, no vas a tener acceso al río, lo cual es una locura sin sentido. Mi canoa no la puedo dejar en el río por la falta de respeto que hay de los padres que hacen subir a sus hijos, como si yo me subiera a una camioneta que no es mía.

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