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Preciada pesada bolsa

Relato sobre lo esencial de la vida, desde la óptica de un entrerriano de Concepción del Uruguay que reside en la ciudad de Paso de los Libres.

Viernes 28 de Agosto de 2020

Guillermo Mazzoni

Especial para UNO

El joven se echó a correr, no le quedaba otra; el amanecer no lo podía atrapar.

Su consigna era escapar del mundo, de aquel que no soporta más.

Entre ánimas que lo seguían trataron en vano de esquivar el destino. Sorprendidos y confusos como siempre no llegaron a ningún refugio.

Sus ojos, dos huecos vacíos de vida o esperanza, no lloran más.

Y de repente apareció un caminante, aquel que sin ser ángel o demonio le tendió una mano, y en la otra sostenía una bolsa echada al hombro. No se percató de ella, ni de la ropa ni de la apariencia que este extraño llevaba.

Sus vidas se cruzaron antes, pensó, y lo recordaba bien por un incidente hace ya muchos años. Lo mencionó enseguida, como si fuera un rayo de luz que le daba algo de razón. Se aferró como el náufrago que encuentra el escombro que flota en la inmensidad del mar y se aferra para descansar su cuerpo.

Pero solo era eso, un descanso, una tibia siesta, sabiendo que aún no había rumbo.

Aceptó la compañía del caminante, pero tomó distancia su desconfianza y confusión, lo que provocó la charla.

Emprendieron un camino incierto, el joven descubrió dolorosamente que estaba lleno de piedras, de aquellas filosas que cortan si no se va con prudencia. El caminante ya se lo había advertido, pero el joven no comprendió el significado. Su marcha ansiosa provocó las heridas, sus pies sangraron. Y el camino era más y más doloroso.

Encontraron un carro abandonado, viejo, descolorido, sus maderas quemadas por el sol y con una rueda rota que lo hacía más ruin.

El caminante le dijo: -reparemos la rueda, lo he examinado y su estructura está sana, su madera es buena.

El joven lo interrumpió:

—¿para qué lo repararemos si no tenemos caballos que lo tiren? Por algo lo abandonaron, no sirve.

El caminante, sin responder, levantó la rueda rota y le dijo: —tú que eres una persona inteligente y práctica me ayudarías a rearmarlo.

-¿Con qué fin? –expresó el joven con irascible impaciencia.-Es un medio de transporte que alguien descuidó y no supo aprovechar –respondió aquel.

-Tiraremos nosotros de este carro, yo le cargaré mi preciada pesada bolsa, y cuando tus doloridos y sangrantes pies no puedan avanzar subirás y yo lo tiraré solo, cuando el camino no sea tan duro. Como ves no puedo cargarte y llevar mi preciada pesada bolsa cuando el camino es difícil.

En ese instante el joven se preguntó: -¿qué llevará en la bolsa y por qué es tan preciada y pesada?

Su pregunta tenía un fundamento, en la forma tan firme, segura y orgullosa que el caminante tenía en decirlo, como si en esa bolsa estuviera su tesoro más preciado; lo que provocó en él una inesperada e intrigante atención.

Al fin unieron sus fuerzas, repararon el carro y siguieron su camino tal cual como se había pactado. El caminante cumplió su parte cuando el camino se lo permitió, tiró del carro y cargó con el joven y su preciada pesada bolsa.

Pasó el tiempo y con este la comunión se afianzó, como en todo viaje de aventuras se viven alegrías, tristezas, decepciones, previstos e imprevistos.

Hasta que un día el caminante, que tiraba del carro, le dijo al joven, que estaba recolectando objetos que encontraba por el camino: -¿te has dado cuenta de que cargaste el carro de objetos preciosos, otros no tanto y muchos inútiles?

El joven lo miró exaltado y molesto ante esta observación. El caminante, sereno y con la firmeza de siempre, continuó: -estás en tu derecho de hacerlo, pero tu bolsa para guardarlos será muy grande y muy pesada querido amigo, pero algún día llegaremos al final del camino y no seguiremos juntos, por esas cosas del destino, llegado este te cederé mi mitad del carro para que continúes tu camino y lleves tan pesada carga. Es posible que compres un caballo y soluciones el problema de quién lo tira, o encontrar otro socio, lo que sería difícil ya que vería que tiene que acarrear una pesada y valiosa carga en donde no cabrían los frutos que él pudiera recoger, en su defecto pagarás por sus servicios y seguirás.

-Sí –respondió el joven- aprecio tu análisis pero ya he tomado los recaudos.

-Seguro, no me caben dudas –dijo el caminante- Has aprendido en todo este viaje a ganarte la vida, has tomado confianza, firmeza y el don de compartir querido amigo, y me llena de orgullo.

-Sí, es así mi querido caminante y amigo –dijo el joven. Gracias a ti lo he aprendido, he multiplicado las riquezas y se me hace difícil encontrar una bolsa para llevarlas, necesitaría al menos cuatro bolsas como la preciada y pesada bolsa tuya.

El caminante sonrió, con un dejo de compasión del maestro que ve en su alumno agradecimiento y que su entusiasmo por seguir en el vertiginoso viaje que propone el conocimiento no le permite detenerse a meditar. Y con voz suave, el caminante le dijo: -¿te acuerdas el día que nos encontramos?

-Sí, jamás lo olvidaré -dijo el joven.

-Yo llevaba mi preciada y pesada bolsa, y sé que en algún momento te preguntaste qué había dentro. Jamás me interrogaste y quizás llegaste a tus propias conclusiones, que la has definido como preciada y pesada por el tesoro que contiene. Pues no te has equivocado en que es un tesoro, pero has notado que he omitido siempre el término y mi bolsa guarda la preciada vida que supe ganarme y que hoy, como en aquel momento, empecé a vivirla gracias a conseguir respeto, dignidad, honestidad. Aprendí a compartir, amar y tener fe, pero con el peso de que aprender es cometer errores, injusticias, indiferencia, intolerancia… hasta mentí. Toda la pesada carga de hipocresía y falencias del ser humano.

Pero es el equipaje que puedo llevar cuando me vaya de este mundo, esta preciada pesada bolsa contiene el equilibrio de lo malo y lo bueno que ha sido mi vida, por eso la llevo con orgullo sabiendo que la consigna es que viví libre, al menos la mayor parte de ella, y con el convencimiento de darme cuenta de que es así, lo cual no es poca cosa.

Que la bolsa es pesada porque lleva tesoros que no tienen precio ni cotizan en el mercado. Tiene el valor de lo más preciado, el derecho de haber vivido, esa fuerza que une mi alma y mi cuerpo ocupando un espacio en una fracción de tiempo entre nacer y morir, la razón de mi existencia, haber pertenecido a este mundo.

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